LA LUZ DEL SUR DE FRANCIA

Rafael Caunedo

Estaba de vacaciones por el sur de Francia, callejeando con las manos en los bolsillos por aquel pueblo que olía a pan. El empedrado del piso me transportaba a otra época en la que los cascos de los caballos resbalaban los días de lluvía. Caminaba por la acera de la sombra, con espíritu inactivo, imaginando cómo sería vivir en un lugar así, apartado del mundo. Era un pueblo tan pequeño que cuando me di cuenta ya estaba fuera. Me di entonces la vuelta y volví sobre mis pasos, pero por la acera del sol. ¿De qué vivirá esta gente?, me preguntaba con envidia.

Cuando mi poco dotado cerebro cavilaba sobre las distintas posibilidades de montar un negocio allí, el sonido de una campanita llamó mi atención. Provenía de una calle perpendicular a la principal, una callecita tan estrecha que su calzada no recibía la luz del sol. Al fondo vi un cartel de madera y hierro oxidado. Antiquités, decía. Me animé a adentrarme en aquel pasadizo para traspasar el umbral a otro mundo.

La campanita volvió a sonar al abrir la puerta. Olía a cera, a madera y a desván. Nadie salió a ofrecerme su atención. La tienda estaba repleta de muebles, cuadros, lámparas, escafandras, máquinas de todo tipo, esculturas, vajillas…, y todo iluminado con bombillas de escasa potencia distribuidas en cualquier parte. Me vi de pronto caminando entre muñecas de porcelana, de esas de las películas de miedo, segadoras de principios del XX, partituras ajadas y cuberterías de plata amarillenta.Tuve la sensación de que el tiempo no corría al ver todos los relojes parados colgando de las paredes. Entonces me pareció oír las notas de un piano, muy bajito, al fondo. Era un local lleno de recovecos y cuando creías que terminaba, aparecía otro en una esquina. Me orienté de oído y fui hacia Eric Satie. Me encontré con un hombre de mi edad, con mi barba, despeinado con mi estilo y tomando un té como yo suelo hacer. No me vio, tan absorto que estaba en su libro.No quise molestarle. Sentí envidia, lo reconozco. Tal vez él estuviera harto de estar allí; no sé si tendrá problemas económicos; puede que esté deseando largarse al Caribe. No sé, pero la sensación era que no le hacía falta el mundo.

En ése estado tan zen, me encontré de pronto, antes de irme, con una lámpara en una esquina. Era de cerámica pintada a mano, cuarteada por la base, con la pantalla torcida y algo quemada por un lado. Quise encenderla. Tenía un interruptor de perilla, como los que tenían mis abuelos, amarillo y algo pegajoso. La encendí con prevención no fuera a estallar la bombilla. Pero no. Al momento quedé prendado.

Compré su luz, no compré la lámpara, compré su luz.

Hoy la uso en mi casa asturiana. La dejo encendida cuando estamos fuera. Se ve desde fuera a través de la ventana y da la sensación de que Satie suena dentro y de que alguien lee evadido del mundo mientras toma un té.

De igual modo he comprado sillas desparejadas y mesas que cojean.No sé qué es lo que me ocurre pero no lo puedo evitar.

 

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