Arezzo se esconde tras La Gioconda.

 

Por Raúl Fernández de la Rosa.

La sonrisa enigmática de La Gioconda es un inevitable lugar común cuando se piensa en el cuadro. Pero no ha sido el único misterio que da Vinci legó. Ahora que hemos descubierto el penúltimo secreto, el cuadro gemelo y discípulo que se puede ver en el Prado, podemos recordar el enigma de su paisaje. Durante mucho tiempo se creyó que era un paisaje inventado, pero un puente sutil cual sonrisa, ponte a Buriano, dio la clave: Arezzo.

Nos encontramos en la Toscana, en el punto de encuentro de la Val di Chiana y la campiña aretina. Por el puente romano pasa la antigua vía Cassia. A través de ella llegaremos a Arezzo. Si la sonrisa escondía un puente, Florencia eclipsa a Arezzo, una ciudad desestimada por el turismo internacional. Antes de llegar al núcleo urbano la vista se perderá en una paleta de colores que va desde el rojizo caduco al verde perenne, pasando por ocres y amarillos. Un sinfónico paisaje de valles, viñedos y campiñas que varía con el fluir del tiempo.

El núcleo urbano más reciente se extiende en la llanura, el centro histórico vive en el valle. Antes de acometer la subida, si entramos por la Porta S. Lorentin, veremos La Quimera de Arezzo, emblema de la ciudad y de su glorioso pasado etrusco. Aunque, desgraciadamente, es sólo una copia, la verdadera fue trasladada al Museo Arqueológico Nacional de Firenze, para más inri de los aretinos. No es la vecindad sinónimo de amistad.

Una vez dentro del núcleo histórico, todo es monte empedrado, moteado de plazas, hasta llegar a la cima. Allí encontraremos su Duomo, con su campaniley la historia de amor que los separa, las campanadas dañaban las vitrinas y una corriente acuífera desestabilizó la segunda construcción, así se llegó a la tercera construcción, separada y vuelta a unir al cuerpo. Pero la catedral no está sola, Il Prato d’Arezzo la flanquea. Un gran parque y mirador panorámico en medio de los tres valles de la zona. Con el monumento a uno de sus ciudadanos, Petrarca. Más allá, a pocos metros, tras los muros del Prato, quizás descanse Laura.

Todas las ciudades italianas –salvo Roma, Milán y poco más- están hechas a la medida del hombre; obviamente, Arezzo no es una excepción. Es un placer indescriptible caminar por sus empinadas calles de arquitectura medieval, lejos de la idea de oscuridad que del medievo se tiene fuera del país de las Ciudades Estado. Aún hoy en día se respira ese largo periodo de autosuficiencia urbana. El esplendor de otro tiempo que ilumina el presente con su fisonomía y tradiciones.

La ciudad vive volcada en las justas de la Edad Media. La Giostra del Saracino, es el acontecimiento más esperado de la ciudad. Pone en vilo a todo habitante, se vive con pasión inaudita, pues los cuatro barrios de la ciudad se enfrentan en ella. Unas banderas ondeantes nos indican durante todo el año en que zona nos encontramos. La justa tiene lugar dos veces al año. Una nocturna, el penúltimo sábado de junio, Giostra di San Donato; la otra diurna, Giostra di settembre, el primer domingo del mes de septiembre. Siempre en el mismo bello y desnivelado lugar, Piazza Grande ad Arezzo.

Pero no se preocupen si no tienen la oportunidad de ir uno de esos días o la suerte no les sonríe con algún ensayo. Seguramente podrán disfrutar de su Fiera Antiquaria, el primer domingo de cada mes y el sábado siguiente, es una belleza recorrer sus callejuelas llenas de antiguallas. Además, es muy habitual ver coros y conciertos en medio de sus plazas, la cultura musical de estos toscanos les precede. Como la fama de la bistecca alla Fiorentina, típica de toda la región, con el hueso en forma de cruz, y amada en toda Italia; si no son vegetarianos saboréenla acompañada de un buen Chianti, esta vez, sí que pueden elegir olvidando el nombre de la capital Toscana, Chianti Colli Aretini.

Un paisaje onírico, decían y dicen algunos expertos sobre el fondo de la Gioconda. Leonardo lo sabía bien, la masificación turística lo ignora. No olviden ver los cuadros de Piero Della Francesca. Buen viaje.

 

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