La liberación de Poggio Mirteto.

Por Raúl Fernández de la Rosa.

 

En el corazón del antiguo Estado Pontificio y en el albor de Italia un pequeño cerro declaró su independencia clerical. La revuelta estalló un 24 de febrero de 1861; un año después, inició la tradición celebrada el primer domingo de Cuaresma: Carnevalone Liberato. El carnaval, cualquier carnaval, ha sido siempre liberación: revuelta, revolución o inversión del canon. Del mismo modo, en el susodicho domingo, se pasa de aldea a urbe.

El peregrinaje desde toda Italia es una tradición. Entrar en un tren es tarea de chinos o de japoneses en el metro. Lo importante es llegar. Una vez en Poggio Mirteto, los disfraces todo lo inundan. Con especial predilección por el demonio de cuernos y tridente; no en vano, es el símbolo de la fiesta. Eso sí, mientras persigue a un clérigo; por una vez, no es él el expulsado.

 La fiesta  no es sólo cosa de  jóvenes amantes del vino, hay espacios dedicados a los niños: payasos que hacen las delicias de esos locos bajitos. Una decena de stands gastronómicos con los productos típicos de la zona o ese olor profundo de carne a la brasa. Otra decena de conciertos de música, con sus componentes debidamente disfrazados. El vino no es un vino de calidad, es un Tavernello o vino sfuso: vino de mesa o a granel

A medida que el día se acerca a la noche, las familias dejan paso al desenfreno. Pero antes de que desaparezca el último niño, es necesario presenciar la quema de una especie de ninot italiano. Este preside la plaza central del pueblo, delante del ayuntamiento, Piazza dei Martiri. Nombre, éste, que recuerda la época en la que no eran muñecos, sino personas, los que ardían ante los conciudadanos; origen, todo ello, del anticlericalismo del poggio, cerro en italiano.

 Este año, el mártir fue una notoria escena de la actualidad política italiana. Su protagonista y sus lágrimas rompieron fronteras para dar que hablar. Ya saben que, cuando algún político llora, el pan sube. «A la política y a los ministerios se va llorado de casa», se dijo, entre otras cosas, en una ocasión más ibérica.

 Dejando a un lado un gran meandro del Tevere, inicia la ascensión de bosques de encinas y mirtos que antiguamente escondían las torres del cerro de Poggio Mirteto. Viejo feudo medieval labrado en piedra. Su última hoguera quemaba una criatura mitológica: cuerpo de mujer, lágrimas y cola de cocodrilo.

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