En la India, con los cinco sentidos

Por Fernando Garea
La India es una anciana tirada en el suelo en mitad de una aldea, rodeada de todos sus enseres y sin esperar nada más que la muerte, porque su familia no tiene para mantenerla. Es también una mujer de una pequeña aldea que explica con naturalidad cómo cada vez que le viene la regla debe marcharse al margen de todos, porque es impura para los dioses.
La India es el país en el que se sigue considerando que hay un grupo de personas que son intocables. Son los dalits que ni siquiera pueden entrar en los pueblos durante el día porque hasta su sombra es impura y no puede tocar a nadie.
Todo eso convive con ciudades como Bandalore, en la que se han establecido multinacionales vinculadas a la informática, que pretenden constituir algo así como un “silicon valley” asiático. Las grandes empresas punteras conviven con la miseria. Esa es la India que encontré con el equipo de A vivir que son dos días de la Cadena Ser, en el estado remoto de Andhra Pradesh.
Esa India, alejada de las rutas turísticas del norte, es la de Bandalore y Anantapur. La que no tiene monumentos y donde opera la Fundación Vicente Ferrer.
Bandalore es una ciudad caótica en la que los sentidos quedan casi anulados por exceso. La vista porque todo es barroco, recargado y colorido y porque se mezclan los amarillos chillones de los miles de triciclos de transporte público con las ropas de tonos fuertes y las imágenes de mendigos tirados en las aceras.
El oído porque se conduce con el claxon para advertir de cada movimiento de coches y autobuses y se termina por quedar aturdido con el estruendo.El olfato porque los olores son intensos. El de la contaminación y el humo en la ciudad y el de los animales mezclados con las personas y moviéndose a su aire en las aldeas y los excrementos por todas partes. El gusto por la intensidad de las comidas, tan cargadas de especias y de picante que resultan imposibles para los occidentales.El tacto hay que tenerlo para estar a la altura de la amabilidad de la gente y para que no te perciban como alguien que pretende invadir sus costumbres.El tacto lo tienen los voluntarios de la Fundación que trabajan con paciencia para convencer, no para imponer.
Cuenta Moncho, el hijo de Vicente Ferrer, que la mejor forma de ayudarles es la de la paciencia. La de vencer el impulso de obligarles a abandonar sus costumbres y buscar fórmulas para que te acepten y terminen por convencerse de que hay otra forma de hacer las cosas. Así, Vicente Ferrer consiguió que años después de su muerte sea venerado en cada aldea de la zona de Anantapur y que sea homenajeado en cada aldea en ceremonias llamadas “puyas“, en las que cantan, engalanan con coronas de flores el busto de Vicente y juntan las manos con devoción cuando se les pregunta por él.Y así Moncho se sigue ganando a los habitantes de las aldeas jugando con los niños al cricket y prometiéndoles una pala que sustituya el tronco que utilizan.
En la aldea a la que nos llevan las únicas casas que pueden llamarse así son las que ha construido la Fundación. El resto son chozas, confundidas con los bueyes, los perros y las ratas enormes que se mueven entre el barro y los excrementos y pasan a centímetros de los pies descalzos de sus habitantes.
Al lado de donde varios niños comen con los dedos de un plato común, sin molestarse siquiera en espantar las moscas posadas sobre el arroz, omnipresente en cada comida en la India.
Sus habitantes son dalits, en cualquier aldea de la zona, con accesos complicados, en mitad de ninguna parte y rodeados de terreno árido, seco e inhóspito. Apenas hace unos años que han empezado a estudiar y a tener algo parecido a las mismas oportunidades de cualquier persona en cualquier lugar del mundo.
En la aldea de Chavala, un conjunto de chozas a tres horas de Anantapur, vivía Yuvaraju, un dalits de 23 años. Ahora él vive en Bangadore, es ingeniero informático y trabaja en IBM.
En la aldea sigue viviendo su familia que explica con orgullo que su hijo es el primero de esa casta que ha terminado la carrera. Muestran la modesta casa pagada con el dinero que envía su hijo y cuentan que el medio centenar de niños que les rodean han empezado a estudiar gracias a la Fundación y al dinero que Yuvaraju envía para ayudar a los de su misma casta.
El proceso es lento. Muy lento, tan lento como que a su lado una mujer cuenta al equipo de la Cadena Ser que ha dado a luz sola en mitad del campo, porque la tradición le obliga a hacerlo, porque es impura en ese trance.
La higiene o la educación no ha llegado a la mayoría de las aldeas, en el país en el que florece una industria cinematográfica que supera a la de Hollywood y en el que se venden más teléfonos móviles que en cualquier otro. El país en el que es normal que la gente muera de hambre en la calle.
India es el país en el que los dalits te agradecen con ojos infantiles y las manos juntas que , a través de la Fundación, puedas apadrinar a su hija, para que pueda estudiar y dejar de ser intocable. “Namasté“, dicen cada poco inclinando la cabeza y con el peculiar movimiento de cabeza que para nosotros quiere decir “no” y para ellos es “sí”.

La anciana que espera la muerte

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