Cerca de la Chiesetta.

Por Raúl Fernández de la Rosa.

La luz se filtraba entre las hojas de parra que prendían la pérgola de aquel pequeño cenador, oculto a los demás, recuerdo para mí. Todo empieza con un parpadeo de hojas, con el tintineo del sol del membrillo y el suave siseo insinuado en esos vientos serenos y silenciados.

Valpolicella

La comida había sido copiosa y, el vino abundante, con el café quise fumar. En aquel tiempo mi italiano era, más bien, de gestos. Y así se lo hice entender al viejo abuelo que servía la negra ambrosía, mientras -yo- casi salía por la puerta. Pero él descorrió unas cortinas metálicas que caían en cascada, ocultando otra puerta, el sol, por un momento, me cegó.

Era una pequeña terraza hecha de roja piedra, un rojo tierra. Una mesa robusta, y de madera, ocupa el centro a una altura serena: dejando el justo espacio para echarse a su lado, el muro remataba su vida en una especie de triclinium: lugar donde comían tumbados los ancestros romanos.

No sé cómo, pero puedo imaginarlo, la taza de café se convirtió en instrumento de lectura. Ahora, reclinado, veo la madera

decorada de esa pequeña porcelana, mientras mi brazo recorre la distancia a medida: para posar y beber una la luz de limón, pues en la tierra del vino se mata al café, a veces, con licor de limón y alma de cielo – que se pronuncia chelo en italiano.

No recuerdo sonido más allá de las hojas. Pero sé que tras el muro se escondía un profundo valle de verde murmullo, de sol estivo en las alturas. Éste se descubría sólo detrás de la cascada, pues todas las cascadas esconden secretos lugares. Las hojas de parra danzaban al viento y el astro reía al verse reflejo de estrella fugaz en pupilas oscuras.

En un lugar de Valpolicella de cuyo nombre no quiero acordarme, viví un viejo momento que, sin avisar, vuelve relámpago. Quiero decir que se olvidó.