EL ALCE

Rafael Caunedo

Por Rafael Caunedo.

Mi abuelo sólo ha cazado una vez en su vida. Lo hizo por compromiso y ayudado por el vodka. También algo crecido ante la expectación que levantó su presencia entre el público femenino. La verdad es que el trofeo pudo haber tenido la prestancia de un tigre de bengala, la ferocidad de un león africano,  o la elegancia de un oso polar, pero no fue así. Tuvo que conformarse con el alce más raquítico de toda Noruega, uno desgarbado y medio lelo que caminaba desorientado sobre el hielo. No tenía cara de listo, así que se quedó allí mirando mientras mi abuelo cargaba el fusil. Nunca lo reconoció, pero la verdad es que tuvieron que hacerlo por él ya que los nervios y el vodka le impedían meter la bala en la recámara.


Mi abuelo ha sido el único español que ha matado un alce en Noruega estando borracho perdido. Le dio de casualidad, entre bandazo y bandazo. Fue un tiro certero que ni él mismo se creyó. Cuando vio al alce caer, se quedó mirando a sus acompañantes preguntando si había sido él. Fue entonces andando hasta el animal y al llegar sintió como se le revolvía el cuerpo. Fue tal la pena que le dio que pidió la cabeza para disecarla y llevarla  a España.

Y así fue como llegó el alce a la casa familiar hace un montón de años. Mi abuela se casó con mi abuelo y con el alce. Todo era discutible menos aquella cabeza. De hecho, terminó cobrando el protagonismo que le otorgaba el presidir el salón desde lo alto de la chimenea. Mi padre se crió allí mismo, a la sombra de sus cuernos. Siempre le dio una mezcla de miedo y asco, aunque nunca supo qué sensación era la predominante.

A la muerte del abuelo, el alce temió que su cornamenta acabara en el vertedero, pero el destino se alió con él, y una fuerza superior hizo que mi madre superara aquel espanto y lo aceptara en su nueva casa de Madrid. Eso sí, no lo quería ver en habitaciones “visitables”, de suerte que el alce acabó abajo, en el garaje. Por empeño paterno, la cabeza estuvo muchos años colgada en la pared del fondo, de manera que cuando metías el coche por la noche, las luces de los faros hacían que le brillaran los ojos como si estuvieran vivos.

Hubo un año en que propuse subirla a mi habitación, pero el revés que me sacudió mi madre me quitó la ilusión.

Yo crecí con un alce en casa. Cuando se lo contaba a mis amigos, no se lo creían. Tuve muchas visitas, incluso pensé en cobrar por ellas. Pero no.

Ya de adolescente, las fiestas en mi garaje eran famosas por el alce. Un año hubo alguien que le colocó un tercio de Mahou en la boca, y allí sigue. La verdad es que el animal ha soportado estoicamente todo tipo de humillaciones: fue perchero durante años, alguna foto junto a él con el culo al aire también se ha hecho alguno, sombreros de paja, matasuegras en las orejas…., en fin, de todo, pero el pobre sigue sin quejarse.

Con el tiempo me tocó a mí en herencia. Ahora está en casa. Yo lo tengo en un cuarto de baño. Mi mujer por poco me mata, pero la magia noruega la ha llegado a convencer. Mis hijas cuelgan las toallas en sus cuernos y a mí me hace gracia. Lo que no saben es que algún día el marrón les caerá a ellas. No sé, le miro y me enternece, me da pena. Es feo pero le quiero.

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