LA PARED DESANGELADA

Rafael Caunedo

Por Rafael Caunedo.

Un domingo que llovía a mares descubrí que la taladradora engancha.

El aburrimiento y mi tendencia a hacer algo por muy absurdo que sea, me hizo descubrir que la pared de la escalera estaba algo desangelada, (me encanta la palabra desangelada; mi madre la usaba mucho y yo no tengo posibilidad de aplicarla con frecuencia, así que,  con vuestro permiso, aquí la coloco). Bien, pues como decía, la pared estaba desangelada y se me ocurrió que quedaría bien colgar un par de fotos.

Elegir las fotografías que van a decorar tu escalera no es una tarea fácil ya que puede generar suspicacias. Si optas por colgar fotos tuyas, puede que el resto de ‘habitantes de la casa’ (mi mujer, tres hijas, una perra y una cobaya) se sientan discriminados y soliviantes sus recelos. Como no era ésa mi intención preferí repartir el protagonismo entre aquellos contra los que nadie podía poner objeciones; es decir, los abuelos.

En la bohardilla, metidas en cajas, hay cientos (por no decir miles) de fotografías que nunca he tenido la paciencia de colocar en álbumes. Elegir entre tanto material y con tanta significación emotiva, me hizo que pronto pudiera conmigo la nostalgia y comenzara a llorar de una manera lenta y pausada. Nunca me gustaron ver las fotos ni los videos de mi infancia, pero eso era algo que debía superar y qué mejor excusa que una pared desangelada.

Cogí entonces dos fotos al azar, una de mi madre en Navacerrada, a los veinte años, una foto en blanco y negro de formato pequeño en la que con unos esquís de madera, una joven con un pañuelo en el pelo me miraba y me decía que me echaba de menos. La otra elegida fue la de los padres de mi mujer. Un hombre guapo y elegante vestido de chaqué, que con mirada seductora departía en una fiesta con una joven de peinado elaboradísimo con la que se casaría meses más tarde.

Por fin cayó en mis manos entonces la taladradora. Hice dos agujeros que me supieron a poco. Colgué las fotos en dos marcos viejos que andaban por casa. Me separé para mirar en perspectiva y resultó que me gustó el efecto. Cometí entonces el error de repetir la operación. A aquellas fotos siguieron cerca de treinta más, de todos los tamaños y temáticas. La pared desangelada pronto quedó totalmente cubierta de recuerdos. Unas cuantas veces tuve que salir a comprar más marquitos a IKEA, único sitio abierto en un asqueroso domingo lluvioso.

La mano me temblaba después de tanto taladro, quería más, pero me controlé y guardé el arma antes de que cayera de nuevo en la tentación. Orgulloso, me abrí una cerveza belga para brindar con todas aquellas fotos de familiares, amigos y escritores venerados, todos ya desaparecidos, que a partir de entonces iban a acompañarme en mi ascenso por la escalera.

Al día siguiente, lunes, un amigo de baja por depresión se presentó en casa. Al ver la nueva decoración de la escalera, se quedó unos segundos recapacitando para de pronto sentenciar con voz cavernosa: “¿Y éste cementerio?”

Tal fue mi decepción que le eché de casa aduciendo mucho trabajo. Entonces, apremiado por la angustia, cambié una a una la treintena de fotos. Retiré la de los muertos y coloqué las de las vacaciones pasadas. Amigos riendo, fiestas, celebraciones, bailes y fanfarrias, mi padre con un gorro de Papa Nöel, mis hijas jugando con los delfines y una mía besando a mi mujer en la fiesta de su cuarenta cumpleaños.

Nunca agradeceré lo suficiente a mi amigo ‘el depresivo’ el favor que me hizo con su apreciación. Hoy, visto el día tan asqueroso que hace, ya he puesto a cargar la taladradora ultramoderna que me acabo de comprar.

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