Para tratar con el poeta,middle part (¿raya en medio?)

 

Por Tura Varla

Después de la oferta de fornicar en plena calle madrileña, con el tiempo que le gustaba a Noé, a las tres de la mañana más o menos, empecé a plantearme si mandar a Poeta Posmoderno a que le diera el aire en otra parte. La idea de la tapicería de un taxi contra mi cuerpo mojado era lo más atractivo que se me podía pasar por la cabeza.

Sin embargo, él, que me había pedido matrimonio nada más conocerme, estaba muy lejos de dejarme marchar así por las buenas.

-Un amigo mío tiene una copia de la llave. Vamos a su casa a por ella.

Por supuesto, al engancharme por la muñeca y tirar de mí como si le fuese la vida en ello, hizo que mis tacones lo siguieran por puro instinto de supervivencia. Rogué a todos los dioses del Olimpo y del Valhala para que el amigo con llave estuviera en casa y viviera cerca. No caí, y él tampoco, en que eran las tres de la mañana de un jueves. El mundo literario, algunos días, carece de educación.

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Por suerte sí, vivía cerca. Pero no, no estaba en casa. Posmoderno, nervioso, sacó el móvil y se puso a llamarlo compulsivamente. Yo decidí encenderme un cigarro aprovechando que todavía no me sentía lo bastante ridícula. En algunas ocasiones, ¿no le ocurre a todo el mundo?, de golpe te ves metido en una situación a la que no sabes cómo has llegado ni por qué te has dejado arrastrar. Y el truco en no sentirse lo bastante ridículo y dejarse llevar por la inercia. Mañana será otro día, que decía Escarlata.

-Viene para acá. ¿No es terriblemente romántico? Tú y yo en un portal, lloviendo en Madrid, las luces eléctricas…

-El frío, el absurdo, que se me está pasando el calentón…

-Mujer, no seas así.

Y pestañeó como lo hubiera hecho Betty Boop. Vale, Posmoderno, no puedo resistirme. Y lo besé como si no me importase todo aquello. Hasta que, claro, tuvo que hablar. ¿Por qué los poetas no se callan nunca?

-Vas a tener que dejar de fumar. Es malo para ti y quiero que me dures mucho.

En fin, ni siquiera Posmoderno podía dejar que un momento fuera perfecto. Antes de que le replicase, por suerte para él, apareció el amigo con una melopea del quince. Resultó ser Raya en Medio, un popular intelectual mucho mayor que nosotros, que se dedicaba básicamente a ir de debate en debate con su aire de dandi de los cincuenta y sus modales aristocráticos. Yo lo conocía a él y él me conocía a mí. De tal forma que le dio su aprobación a Posmoderno con una mirada que parecía decir que el poeta había pegado el braguetazo. Y aquí hago un pequeño inciso antes de continuar: ¿por qué nosotras siempre salimos perdiendo? En este caso yo soy editora y tengo cierto poder, por lo que Posmoderno era un guay por haberme ligado. ¿Pero y si hubiera sido al revés? Si él hubiera sido el editor, lo más probable es que Raya en Medio hubiera pensado que me quería pasar por el arco de triunfo a Posmoderno a cambio de una publicación. En cualquier caso, la mujer sale perdiendo en el intercambio. Y porque era Posmoderno, hombre del que una mujer inteligente no debería enamorarse en ningún caso, pero, ¿y si hubiera amor? ¿Siendo yo editora tendría que sospechar per secula seculorum que él quiere que lo lance al estrellato dudoso de la literatura? ¿Y si fuera escritora podría ganarme su confianza para que se percatara de que lo quiero de verdad y no a cambio de favores? ¿El poder destroza las relaciones en especial si la que lo tiene es una mujer?

-Arriba está Escritor Famosísimo. Pero no me extraña que no os haya abierto la puerta. Se esconde en mi casa para ponerle los cuernos a su mujer -Rió divertido Raya en Medio-. No os quedéis ahí, subid que aquí os estáis empapando, niños.

Raya en Medio me caía bien. Me gusta la gente educada y este especimen hasta iba vestido como un lord. Subimos por las escaleras de un piso antiguo, bien conservado, con ese aire como a perfume pesado, caro y viejo que también tenía el mismo Raya en Medio. Poeta Posmoderno parecía reverenciar a su amigo de tal forma que, su presencia, era lo único que lo había mantenido callado, cosa que yo agradecí.

Al entrar en el piso, Raya en Medio se puso a rebuscar en un bol de madera donde parecían estar las llaves de todo el vecindario. Reconocí el tipo: hombre mayor soltero y culto que se dedica a proteger a los jóvenes escritores desorientados que llegan a la gran urbe. Si viven solos, se queda sus llaves de repuesto. Si se van de vacaciones, les riega las plantas y alimenta a sus gatos. Si rompen con la novia los consuela. Si le quieren poner los cuernos a la novia, los esconde y les proporciona coartada. Defiende en público sus obras, les da de comer los domingos, tiene sus fotos sobre la chimenea. Coleccionista de pupilos, Raya en Medio llevaba haciendo aquello muchos años y, posiblemente, eso le convertía en una especie de mecenas oculto y en una de esas escasas buenas personas del mundo literario que podía jactarse de haber descubierto a gente que triunfó mucho más que él y nunca le dio las gracias. Pedí ir al baño mientras Posmoderno ayudaba a su colega, al que en cuanto triunfase olvidaría, a encontrar las llaves de repuesto en el descomunal bol.

Me metí en el baño, me subí la falda empapada, me bajé los pantys y las bragas y me senté en la taza. Y en ese preciso instante en el que el cerebro se pone reflexivo y estás a punto de llegar a la conclusión de que lo más inteligente es salir de allí como si te persiguiera un perro rabioso de tres cabezas, la puerta se abrió y apareció Famosísimo en calzoncillos, con cara de llevar dándole trabajo a los muelles del somier un par de horas. Creo que nos quedamos petrificados ambos. Lo que yo vi fue un exitosísimo escritor en paños menores y señales de violencia sexual en el cuerpo semidesnudo, parado en la puerta. Lo que él vio fue una editora empapada, con el maquillaje corrido, el moño deshecho y cara de pánico, sentada meando. Un cuadro perfecto de esos que llevan a alguien a tomar por la calle de en medio y decir:

-Lo siento, no sabía que Raya en Medio tuviera más invitados.

Sonrió y yo me pregunté cómo pretendía hacer sus necesidades en ese estado de erección. Y ni siquiera me dio tiempo a sentirme mal, ni ridícula, por estar sentada donde estaba sentada, bastantes emociones había tenido ya aquella noche. Se dio media vuelta y cerró. Yo terminé, tiré de la cadena, me atusé, salí, lo vi parado contra la pared con los brazos cruzados, me volvió a sonreír, entró en el baño y sí, en ese justo instante fue cuando tuve ganas de salir corriendo de allí, gritando por la calle como las locas. Pero no lo hice porque Posmoderno había encontrado las llaves, se despedía con dos besos y dando las gracias de Raya en Medio, me enganchaba por la muñeca y me arrastraba escaleras abajo con un ímpetu que casi ni me percato de que de nuevo estábamos en la calle y había dejado de llover.

-Y ahora es cuando aparecen los Monty Python diciendo que nunca se espera a la Inquisición Española -Dije.

-¿Qué?

-Nada, que se ha quedado buena noche.

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