LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE TU CHABOLO: EL INTERIOR DE LAS CASAS DE LAS PERSONAS DE ETNIA GITANA.

Por Joaquín Castro. Juez sustituto

Ya puede uno buscar por donde sea, lo puede enfocar del modo que quiera, puede tratar de tamizar la información y de enforcar el asunto de mil maneras distintas que al final llega al mismo resultado, y es aterrador: en España, cualquier mención a la vivienda y a los gitanos conduce a lo mismo, al chabolismo y a la infravivienda. Si uno elige algo malo, algo pésimo, seguro que aparece citado en todos los estudios sobre la materia: racismo, pobreza, analfabetismo, exclusión social… todo aparece citado cuando se habla de los gitanos y de sus condiciones de vida. Y a este respecto, las fuentes son fiables: la Unión Romaní, el Secretariado General Gitano, hasta el Defensor del Pueblo Andaluz, todos ellos hablan o han hablado de la cuestión, y establecen en porcentajes variables la población gitana que reside en infraviviendas, pero que de hecho en el más amable de los informes no bajaba del 30%-40% de la población gitana. Incluso, el informe del Defensor del Pueblo Andaluz de hace ya unos años (1997) cifraba en un 90% la preeminencia de la etnia gitana en este tipo de asentamientos. Algo atroz.

Y aún peor: en ese mismo informe del defensor del pueblo andaluz se recoge la existencia de una corriente de opinión que defiende este modo de vida, relacionando la trashumancia con la tolerancia a la vivienda insalubre, y viniendo a decir que, con el tipo de vida que llevan, itinerante, la vida en chabolas acaba siendo un rasgo cultural, y no algo que, lisa y llanamente, es indigno. No está a favor de ello el defensor del pueblo andaluz, por supuesto, pero sí que lo cita y destaca como prueba de la persistencia de un racismo contra los gitanos tan nuestro, tan español; el peor racismo de todos, el que viene a decir algo así como “no, si a ellos les gusta vivir así”.

Racismo: así, como suena. Es lo que ha habido y lo que hay con los gitanos; como etnia, los gitanos fueron uno de los objetivos de la solución final nazi durante la guerra. En la página web del Museo del Holocausto de Estados Unidos (United States Holocaust Memorial Museum
100 Raoul Wallenberg Place SW, Washington DC),  se lee lo siguiente: “no se sabe precisamente cuantos roma (gitanos europeos) murieron en el Holocausto. Aunque las estadísticas y los porcentajes exactos no se pueden establecer, los historiadores calculan que los alemanes y sus aliados mataron entre 25 y 50 por ciento de todos los roma europeos. De los aproximadamente un millón de roma que vivían en Europa antes de la guerra, aproximadamente 220.000 murieron”.

Ahora bien: como los galos, los gitanos tienen una pequeña aldea donde resisten ahora  y siempre al invasor, como dicen los tebeos de Asterix el Galo (Astérix le Gaulois, en el original; Renne Goscinny y Albert Uderzo, treinta y cuatro títulos entre 1959 y 2009), que se llama Buzescu, a 100 kilómetros de Bucarest, un pueblo en el que los gitanos, otrora nómadas, construyen ahora palacios sin licencia a su antojo y sin un plan previo en mitad de Valaquia, una región de Rumanía.

En este pequeño pueblo, habitado en su mayoría por gitanos kalderash (“caldereros”, en rumano; gitanos que se dedican al comercio de la hojalata; en España, tradicionalmente, se les llamó “quincalleros”, por su comercio con quincalla, y que devino en el despectivo “quinqui”), a lo largo de las últimas décadas se han ido levantado, ajenos a la planificación urbanística, inmensas viviendas que no se parecen en nada unas a otras, salvo el denominador común (y en mi humilde opinión, subversivo) de utilizar todo lo que en el resto de occidente se considera inadecuado o inapropiado: rematar una vivienda con una gran escultura en metal de la estrella de la Mercedes-Benz, labrar en piedra el nombre de los miembros de la familia, al modo en que las iglesias se relacionan los nombres de los apóstoles o de los santos, lámparas con forma del signo del dólar, suelos negros pulidos, mármoles rosas, todo y más. Son los elementos de un lenguaje formal hasta ahora arrinconado, y que ha sido reformulado. Lo que antes parecía mal, ahora está bien. Y punto. Porque soy gitano y porque yo lo valgo. Más o menos.

Un trío de arquitectos y de artistas, Mariana Celac, Iosif Király y Marius Marcu-Lapadat, fueron los primeros no gitanos que llamaron la atención sobre este fenómeno en 2001, mediante un trabajo fotográfico de varios años bautizado Tinseltown (Villa Oropel). Mariana Celac, como arquitecto, ha encontrado un eje común en todas las construcciones, una simetría en la planta de los edificios (como los palacios, todos tienen un cuerpo central y alas a ambos lados) que sorprendentemente los hace muy habitables, sobre todo con la alta ocupación de estas viviendas; y al final, si uno lo piensa, eso es la arquitectura: el lugar en relación con el que lo habita.

Sí, pero, ¿y el interior? Las fotografías que acompañan este reportaje hablan por sí solas. Volvamos a dar la palabra a Mariana Celac: “Su estilo es como una improvisación en música. La libertad se pierde cuando intentamos encontrar normas e instituciones”. Cierto, cierto. La verdad es que cada una de las estancias que se muestran apabullan; apabullan por la sobrecarga, por el colorido, por el abigarramiento, por las dimensiones… esto, espera un momento: el colorido, las dimensiones, la sobrecarga, eso es lo que apabulla, pero a lo mejor es que no lo estoy expresando bien, lo que de verdad impresiona es la imaginación irredenta, el ejercicio de libertad irrestricta que supone cada dormitorio, cada cocina, cada salón. Es significativo que en todas, absolutamente todas, sus moradores han querido salir retratados, orgullosos de su creación: este es mi chavolo, y lo decoro como quiero.

El título de este artículo no es simplemente un chiste fácil: IKEA, la multinacional que ha conseguido homogeneizar los hogares de occidente, y que ha conseguido que un adosado de Cádiz tenga los mismos muebles con nombres con diéresis que un apartamento de Upsala, presenta sus campañas promocionales como un homenaje a la libertad de elección individual, y el resultado, a la vista está, es el contrario, todas las casas decoradas con muebles de IKEA se parecen. Los gitanos Kalderash, al final, son la aldea gala, resisten hoy y siempre al invasor y, de un modo u otro, pese al racismo, la persecución, o la pobreza, hacen valer lo más valioso: la libertad. Quizá no queramos ver gitanos en nuestra calle, en nuestra ciudad, en nuestro puesto de trabajo o en el colegio de nuestros hijos; pero sus casas son como les da gana, porque son libres y así lo expresan. Al final las casas de los payos son todas iguales porque tenemos libertad para elegir siempre que IKEA lo tenga en catálogo, y eso no pasa en las casas de los gitanos, que no hay dos iguales porque ellos realmente sí han podido elegir cómo tenerla. Sus casas, por dentro y por fuera, son un canto a la libertad. Y, la verdad, visto con esos ojos, son bonitas. Muy bonitas.

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