“Aimer, manger, boire et chanter”

Por Alcaraván

Se observa el lema, con dificultad, en la viga del comedor

“Querer, comer, beber y cantar”. Así reza el lema pintado en una de las caras de la viga de madera que sostiene el techo del comedor de este restaurante de Montmartre al que fui con Laura a solventar una de las, cada vez más frecuentes, crisis de nuestra relación. Fue un amigo común el que, conocedor de nuestro actual desencuentro y de que teníamos que ir un par de días a París a  rodar un spot publicitario, nos sugirió este restaurante musical en la misma Place du Tertre, a escasos metros de la Basilique du Sacré Coeur. Nuestro amigo está convencido de que como Laura nunca ha estado en París, mostrándonos sinceros en semejante ambiente podemos  encontrar el punto de encuentro que está ahí cercano, merodeándonos; pero pensil.

La Place du Tertre, más conocida por “la de los pintores” es uno de los puntos más altos de París, en pleno corazón de Montmartre, nombre cristiano que denomina la colina y también distrito en honor de Saint Denis, que fue decapitado en aquella colina y que, actualmente, es el Santo Patrono de Francia. Laura, que debido a su juventud, casi no habla francés pues no la tocaron los antiguos planes de bachillerato, en ejercicio de simplificación y comodidad se refiere al distrito como al monte del mártir San Dionisio.

Es un día fresco y ventoso del mes de abril; pero no llueve y es una pena porque me gusta la lluvia en París. Como son las cinco de la tarde y no tenemos cita en el restaurante hasta las siete menos cuarto, subimos paseando, por la preciosa e interminable Escalier de la Butte (aquí os muestro una bellísima imagen de Brassai).  El aire arrecia y nos embiste por la espalda lo que supone una ayuda suplementaria para superar los numerosos peldaños de granito. A medida que ascendemos se agradecen las pausas obligatorias que implican los rellanos adoquinados. La escalera está flanqueada por enhiestos arbolitos. Laura se cuelga de mi brazo y apoya su cabeza en mi hombro cargando su peso sobre mí e inclinándome lateralmente. Me ayudo apoyándome en la barandilla metálica que divide por su eje longitudinal toda la escalera, intercalándose con las farolas borneadas que hay en cada meseta.

Pausadamente vamos ascendiendo impelidos por el viento, que cada vez es más fuerte. Laura no dice nada. Asciende pensativa, con la mirada fija en las huellas de los escalones y yo respeto su silencio aunque me gustaría que dijese algo. El día de rodaje nos ha ido según lo previsto y creo que no hay motivo para estar triste. ¿O sí lo hay? Culminamos la ascensión como dos octogenarios pisando los últimos peldaños  inclinados hacia adelante como dos alcayatas y respirando por la boca como queriendo masticar el oxígeno. Nos volvemos, simultáneamente, sobre nuestros pasos para contemplar la empinada travesía que acabamos de concluir. “¡Joooder!” dije como única y escueta expresión. A pesar de haber dejado de fumar hace unos cuantos años, el corazón no me cabe en el pecho. Me suelta el brazo, sonríe mientras me mira y coge mi mano en silencio cuando iniciamos el camino hacia la plaza.

Archiconocido es que estas calles, con sus cafés, sus cabarets y estas casas fueron transitadas y habitadas por artistas, literatos y filósofos de fama mundial que situaron esta colina como el paradigma de cualquier actitud vital relacionada con la bohemia y el librepensamiento. Menos conocido es para muchos que esta colina fue el escenario en el que se instauró el proyecto político popular y autogestionario (la famosa Comuna de 1871) que gobernó París, efímeramente, durante un trimestre.

En estas cosas voy pensando mientras vamos paseando de la mano; pero envueltos en un  silencio pétreo, únicamente interrumpido por algún comentario banal expelido por mí para mitigar la intranquilidad y el desasosiego que me produce. Conozco a Laura y sé que esa mirada perdida acompañada de una ligera mueca complaciente, denota abstracción y tristeza. Me distraigo pensando que esta colina, hace tiempo, estuvo poblada de molinos y de viñedos para evitar pensar en la dureza de esta situación cuando estemos sentados a la mesa.

Llegamos a la plaza y  enfrente, en dirección al Sacré Coeur, vemos en una esquina el restaurante. Nos cuentan que la casa tiene unos cuatrocientos años. La decoración es del 1900 con multitud de pinturas. Dispone de un jardín privado que no llegamos a ver. Es agradable y acogedor aunque, al ser sábado, está repleto de gente y  de diferentes lenguas que se entrecruzan en el aire. Nos muestran  el menú y Laura me coge otra vez la mano y me vuelve a sonreir. Por fin habla y me dice que  traduzca los platos. Creo que está dispuesta a tener una velada agradable y cariñosa lo que me alegra muchísimo. Yo también  miro a sus ojos dibujando una sonrisa.

Hay tres opciones de cada plato, por lo cual no es muy complicado decidir. Ella pide una Soupe â l´oignon gratinée (Sopa de cebolla gratinada) y Cuisse de canard a l´orange (Muslo de pato a la naranja). Yo pido Escargots de Bourgogne (Caracoles de Borgoña) y Filet de poisson du jour (Filete de pescado del día). De postre pedimos fromages, (quesos), para compartir. Hay un vino de la misma colina que queremos probar; pero sólo se vende con fines benéficos y encajado para llevar,  por loque pido un Bourgogne (uva Pinot noir).

La velada está siendo muy agradable y nos acompaña  la música de un acordeón y una pequeña orquesta. Suena, cómo no, La Vie en rose, entre otras. Miro su cara y pienso lo guapa que es Laura y lo que la favorecen los zarcillos plateados en las orejas. No sé si empujada por el vino; pero está sonriendo y habla constantemente de sucesos pasados, evocando y seleccionando sólo los momentos más gratos y positivos. Ni un solo reproche, ni una sola recriminación. ”Por qué te quiero tanto Alfonso”, me pregunta y se pregunta al tiempo que envuelve mis manos con las suyas y las aprieta fuertemente.

Vamos abrazados, paseando hasta el mirador del Sacré Coeur y comento que estamos muy cerca de la Place des Abbeses donde está el Mur des je t´aime (el Muro del Te Quiero). El muro está dividido en cientos de parcelas cuadradas en las que está escrita la frase “Te quiero” en más de 300 lenguas. Está salpicado, también, de multitud de pequeñas manchas multiformes de color rojo que simulan corazones rotos. “No me apetece verlo. Esta noche, si tú quieres, es la última que dormimos juntos. Te quiero mucho y quiero que te vayas de mi casa y de mi vida”, dijo encaminándose al hotel.

Contemplo gélido e impertérrito, durante más de una hora, el impresionante panorama que de la ciudad de París se disfruta desde la basílica.

La ciudad de la luz. La ciudad de la luz y la humedad de mis ojos  no me permiten ver, apenas, las luces de la ciudad.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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