Gente que escupe a los espejos

Por Francisco de Paula Pestaña Parras

Roberto Veras ©

 

-No me importa el latir de su hígado, le repito que voy a cerrar el bar.

Parecía que la camarera, lejos de conmoverse, empezaba a perder la paciencia, así que agitó el gintonic y con un gruñido le pidió al menos poder acabarlo. Cuando ella volvió tras la barra, él siguió mirando la calle. Visto a través del cristal y con el chaparrón que caía, el mundo no era muy distinto de esos cuadros pintados sobre la acera y que se borran cuando llueve. Todo se descolora, pensó. Todos acabamos, como esa agua sucia, deslizándonos hasta debajo del suelo.

Aquella no era como su ciudad de la que apenas si había salido un par de veces y siempre para pocos días. Estaba de paso, los desconocidos no le eran allí familiares y ni siquiera podía tararear la melodía de las gotas que caían sobre los tejados. Tan lejos de las calles que lo anduvieron, los problemas estaban desorientados. Lo buscaban fuera del bar, entre la gente, para seguir persiguiéndolo. Sólo necesitaba algo más de tiempo y recuperar el aliento jadeando ginebra. Después volverían de nuevo las preocupaciones: la pensión de la ex mujer, los estudios de los críos, las facturas o el préstamo para la boda de la niña. En esa mesa todo parecía esquivado, hasta su trabajo.

Era curioso. Cuando empezó creía que sería algo temporal y últimamente se sorprendía calculando su jubilación. Llegó a él como se llega a una habitación de hotel, preguntándote a qué hora tienes que abandonarla y descansando del peso de tu equipaje, aunque sepas que pronto volverá a magullarte las manos.

Había dejado sin acabar los estudios y necesitaba una nómina que avalara sus deudas. Por fin, una mañana fría de labios morados, decidió que aquél era un oficio tan malo como cualquier otro. Se presentó a la entrevista con sus zapatos viejos y unos pantalones prestados de un amigo al que perdió antes que la prenda. Cuando llegó lo eligieron enseguida pues el jefe le vio pronto unas aptitudes naturales para el puesto, un talento que con los años, él mismo también se descubriría.

Ese lunes fue a la oficina a que un empleado con experiencia le enseñara. Le pareció un buen tipo, de vino blanco en las comidas y perversiones decentes.

– Bien, hijo, te explicaré lo que debes de hacer, no es muy difícil. Fíjate: aquí está todo lo que necesitas– puso la mano sobre unas carpetas de colores que había en la mesa- .Tendrás que estudiarte el informe del cliente y si las hay, las dos o tres frases que debes decir. Ten cuidado con esto, es lo más importante.

-¿Lo de las frases?- Preguntó sólo para fingir interés.

– Exacto. Piensa que el cliente ha escogido esas réplicas y lleva las últimas noches oyéndolas en su cabeza hasta empaparlas en la almohada. La entonación debe ser la correcta.

Se puso nervioso. Sabía que el empleo no iba a ser tan sencillo como le contaron, pero eso parecía demasiado complicado. Se echó hacia delante y comenzó a inquietarse:

– Pero, ¿cómo pretende usted que sepa la forma exacta en que quieren oírlas? Es imposible- dijo dudando.

– No te preocupes. Pronto descubrirás que la mirada que tienes enfrente te sugiere el tono. Cuestión de práctica. A veces ni siquiera eso. Sólo tendrás que colocarte frente al tipo y esperar calladito el tiempo que haya pagado, ¿de acuerdo?

Le mintió que sí. De todas formas no le resultó fácil porque tuvo que aprender a ser director, cornudo, criminal, Dios, profesor o incluso amante. Era un sumidero de silencios.

Por supuesto que la agencia no se anunciaba así, pero en eso consistía. A ellos acudían para que los escucharan quienes están obligados a callar: el empleado que no soporta al jefe; el profesor de escuela que mira lascivo al pupitre; el cura que acaricia estatuas en su iglesia vacía; la doctora a la que moribundos engañados hablan de la próxima estación o la cajera que te responde que la culpa es suya. En fin, los mendigos de desahogo.

Pero la mayor parte del tiempo su tarea era bastante monótona. Infieles, perdedores y cobardes. Gente que escupe a los espejos.  De entre ellos los malos poetas eran los más coñazo. Te citaban en un café, comenzaban a leerte sus libretas sucias y tú debías mirarles con una ridícula mueca de emoción. Había más poesía en algunos informes de autopsia. Desesperante. Además, a su edad las confidencias de la gente que le buscaban escondían cada vez más un siniestro matiz de despedida.

Al principio era distinto, más probable que algo consiguiera calarle. Como aquella vez, todavía sin la conciencia encallecida:

Debía entrar a un museo y a una hora concreta, detenerse ante cierto cuadro. Supuso que era el encargo de algún historiador del arte, un pedante que aparecería para aburrirle hablando de perspectivas y profundidades. A él, que nunca le interesaron esas cosas, casi se le hace tarde. Al entrar la sala estaba vacía y casi a oscuras por la fragilidad de las obras. Deseó, a pesar de la carrera que se había dado, que el tipo no apareciera. Metió las manos heladas en los bolsillos y con pereza comenzó a mirar la pintura.

Incluso sin entender de arte, supo que era muy antigua. Vio a un guerrero luchando frente a un dragón y a la dama que los presenciaba. Montaba un caballo blanco y tenía una lanza larguísima que se estrechaba hasta la transparencia. La clavaba en la cabeza humillada de su enemigo. Era fantástico ver una vara tan fina, un rayo de luz a pincel, doblegar sin romperse a una bestia que se retorcía con todo el odio al que se aferra la vida para continuar. Un dragón de un verde oscuro y esmaltado, que sangraba por la boca saliva y barro. Se dio cuenta que no tenía patas delanteras, eso hizo que le resultara más siniestro, pues le negaba ese parecido que buscamos en los demonios y que tanto nos consuela. Pero algo lo volvía aún más irreal: sus alas. Estaban desplegadas, extendidas en desesperación… y eran de mariposa. Porque esa bestia esparcía el dolor desde el cielo -desde donde proviene aunque nos aterre reconocerlo-, y lo hacía con alas de mariposa. Por fin, a su lado estaba la doncella, lo único sereno de la composición. Permanecía de pie y sin miedo junto al engendro. En verdad le pareció que lo consolaba en la muerte, susurrándole hasta acunarlo que renunciara a luchar, que se dejara morir. Vestía traje tenue y una palidez que envolvía en niebla sus labios pintados para rasgar besando. Suya era toda la belleza de las traidoras. Imposible saber cuál monstruo sometía a cuál.

Fue el sudor de sus manos lo que le sacó de la distracción. Mientras se secaba con el pañuelo se dio cuenta que habían pasado varios minutos y que el historiador continuaba sin aparecer. Miró a su alrededor y seguía solo. Decidió que mejor así y que era el momento de irse antes de que llegara y le estropeara el recuerdo del cuadro con academicismos estúpidos. Si tenía queja que se pasara por la agencia, él no podía esperarlo más con tanto trabajo pendiente. Ya se marchaba cuando descubrió a la vigilante de sala en su silla. Era casi imposible verla con tan poca luz y porque estaba escondida adrede en un rincón para no estorbar la intimidad de la visita. Al pasar a su lado ella se levantó, sin mirarle a los ojos le puso la mano en el hombro y muy bajito, como confesando un delito, le susurró:

-Te he amado como durante medio minuto no te ha amado nadie.

Sólo dijo eso, después la chica apartó la manó y le dejó salir. Volvió a caminar confuso, escuchando en su cabeza la frase sin saber qué pensar. Ya fuera, se sentó en la escalinata y comprendió entonces que ella era la cliente. Por su voz ambos tendrían más o menos la misma edad. La imaginó día tras día en ese museo olvidado, sentada tantas horas frente a cuadros que a fuerza de verlos se le acabaron borrando. Una chiquilla tan joven escondida en esa sala oscura de luz y tiempo encontraría a veces a un visitante que le gustara. Entonces lo observaría, lo vería caminar entre los marcos y le imaginaría respuestas a preguntas que tenía prohibido hacerle. Por un momento la rutina le sería cómplice. Hasta que se marchaban sin siquiera descubrirla y volvía a quedarse sola entre rostros muertos hacía siglos. Supo enseguida lo que la muchacha necesitaba decirle a todos esos hombres y le había dicho únicamente a él. Ella, que era allí apenas una mancha de humedad ensuciando la pared.

La botella de tónica, prácticamente llena, volcó y fue rodando por la mesa a estrellarse contra el suelo. El hombre la había golpeado con el codo mientras se buscaba el mechero por los bolsillos. Eso no iba a gustarle a la camarera que fastidiada recogía ya las sillas a su alrededor. Encontró el encendedor y lo acercó al cigarro.

Desde que su mujer se marchó, nadie le llevaba la cuenta de todo lo que fumaba. Ahora sabía que jamás se libraría de ese hábito porque el tabaco volvía a engancharse a él una y otra vez. Parecía que no le ofendía las veces que lo había abandonado, regresaba a los pocos meses, lo traía de la mano algún amigo común (la última vez en la boda de la niña) o se lo topaba en un sucio quiosco de estación, junto a los periódicos, fingiendo casualidad. “ Te acabaré haciendo daño”, le advertía, pero le daba igual, porque le era ya un vicio, se había convertido en un empedernido de aquel tipo.

Ocurría sólo en los bares, pero había una hora para recordar sin querer a los compañeros que tuvo, aproximadamente cuando el tintineo de los cubitos anunciaba las en punto. En aquella ocasión le vino a la memoria alguien que le hizo sonreír. Descendía de una familia ilustre venida a menos, los Santos. Le gustaba que lo llamaran por el apellido porque sonaba más a cuartel. Era uno de tantos jóvenes  falangistas que había entonces, de los que enseñaba el carné del partido antes que el retrato de la novia. Ciertas cosas nos hacen creer que si  algo gobierna el mundo es la ironía y que ella es tan cruel como cualquier otro dios. Con los años su compañero fue perdiendo el pelo, la cara se le aflojó y le apareció una papada que le daba aspecto de marioneta sin gracia. Sólo le faltaba el bigote porque la mirada boba la tenía, que supiera, desde que se conocieron. Pronto comenzaron a multiplicarse sus encargos. Lo requerían viejos republicanos, valientes soldados con arrugas cubriendo sus cicatrices y que veían cerca el final de una guerra que no era la que más sentían perder. Cuando estaba frente a  ellos comenzaba a escuchar sus recriminaciones; o le traían recados de parte de compañeros que se ahogaron en el profundo de las cunetas; o simplemente le hacían preguntas que quedaban flotando. Nunca pudo dar una réplica, cuando iba a hacerlo, la mirada cansada y orgullosa que la esperaba le obligaba al silencio. Santos, a pesar de ganar mucho con las comisiones, dejó la agencia asqueado y, según le contaron, ahora gritaba estupideces a los televisores de las pensiones.

A él no le pasaban esas cosas. Nunca se pareció a alguien, incluso apenas a sí mismo. Siempre tuvo una cara vulgar, sin rasgos peculiares. No era nadie en particular. Otras veces era menos aún, acaso los pasos que doman la respiración de quienes se tocan tras los coches hasta que desaparecen y los dedos vuelven a ser ternura y blasfemia.

Por ello con frecuencia le llamaban personas que buscaban hablar con alguien que no conocieron. Hacía unos meses le vino un chico, más cerca de los treinta que de los veinte. Resultaba que se le había muerto el padre cuando era muy pequeño y ahora iba por ahí queriendo ajustarle las cuentas, así que quedaron en una terraza. Cuando apareció, el chico le miraba sin especial interés y comenzó a decirle:

“Te hablo de este manera porque es tan absurda como la otra. Me cansé de buscarte por las calles numeradas con vírgenes del cementerio. Sé que no estás ahí. Vengo humildemente a odiarte, padre, como todo hijo, y no imaginas cuánto. Te odio casi desde que acabaste. Porque no tienes ni idea de lo que llegó a escocer tu sombra por mis venas. Y esa gente… siempre diciéndome lo que me parecía a ti. Yo nunca los creía porque casi no te recordaba y tus fotografías me eran ajenas, pertenecían a un mundo que yo apenas si habité. Y me repetían todo lo que conseguiste. Cómo pesaba tu nombre, padre, tanto que tuve que largarme. Me alejé de las miradas decepcionadas de tus amigos, de lo extranjero de tu voz en las grabaciones y de esa celda que era el armario con tus abrigos metidos en fundas, esperándome a cumplir la edad. Huí de ti, padre, menos mal que no lo viste, fue bochornoso. Corrí hasta donde mi rostro por fin me perteneciera, hasta donde no pudiera escuchar tu aliento. Allí escondido me hice adulto. O me deshice niño, como quieras, y me convertí en la clase de tipo al que negarías el saludo por los pasillos. Ya no creo tus creencias; tus dogmas son para mí la piel muerta que perdí arrastrándome sobre los libros. Te he desobedecido en todo lo que he podido. ¿Recuerdas? Decías que lo mejor que puede ser un hombre es valiente y cristiano y soy todo lo contrario. El hombre que te habla es la suma de sus mujeres, padre, y te lo dice orgulloso.”

Entonces se detuvo un momento y pareció descansar. Tras unos segundos continuó:

“ …Y ya ves, justo aquí, después de tantos años y tantos mapas corregidos; cuando me han echado de los peores bares y los mejores museos; ahora, que sé que siempre mentías porque ahora miento yo mejor que tú; ahora por fin te reconozco. Te comprendo más que ellos. Te confesaré algo: Mis amigos también me creen mejor de lo que soy. Y como tú puedo pasarme horas mirando una lámina del Greco y me regaña la mujer que me aguanta por no sonreír a sus conocidos; y he descubierto lo bien que se duerme acurrucado en las esquinas de las botellas…”

Dejó sin acabar la frase. De repente adoptó un tono más enfadado. Le costaba respirar:

“¡Joder, hay tantas pequeñeces que no nos permitieron…! Me hubiera gustado darte fuego, y sentir de nuevo el olor de tus manos, a nicotina y frutos secos, es una de las pocas cosas que recuerdo de ti; y dejaría que me corrigieras en lo que tengo razón. Porque eso es algo que he descubierto. Todo lo que nos diferencia en el fondo es una tontería, ¿sabes? Es lo que más me duele decirte, que no importa quién estaba en lo cierto: exista tu Paraíso de los Justos o la nada que aguardo, porque haya lo que haya, jamás volveremos a estar juntos.”

Pensaba en esas últimas palabras cuando la chica volvió a acercarse para aconsejarle con falsa comprensión:

-En serio, amigo, es mejor que se vaya.

Tal vez fuera una buena idea. Necesitaba descansar, al día siguiente debía de estar de vuelta y no le gustaba conducir con resaca. Al incorporarse la mesa tembló, el cubata dudó un momento, pero al final decidió no caerse. Se acercó a la barra buscando algo en la gabardina empapada que no se había quitado en toda la noche. Sacó un billete tan arrugado como lo están todos a esas horas ante los ojos impacientes de la camarera. Era algo menos de lo que se había bebido.

-Es todo lo que me queda, lo siento.

-No importa, estamos en paz. Ahora váyase, por favor, me están esperando.

Entonces el hombre puso una sonrisa imposible de ver a través de la nube de alcohol que le salía por la boca y le propuso:

-Ah, ¿te esperan? Es una pena, tengo una botella en mi habitación, había pensado que tal vez quisieras subir, me voy mañana y…

Lo miró sin enfadarse, más bien cansada y le suplicó:

-Lárguese de una puta vez.

-Está bien, lo siento- dijo sin convicción.

Se tambaleó hacia la salida, ella iba detrás para asegurarse de que no tirara nada más. Resoplaba como si cada paso fuera un enorme esfuerzo. Pero al llegar a la puerta se detuvo y se quedó mirando al cielo.

-¿Qué le pasa ahora?

-Llueve mucho y he olvidado el paraguas. Por favor, deja que espere aquí a ver si para, no te molestaré mientras recoges, yo… -lo decía con una voz de torpe lástima que lo hacía todavía más patético.

Todo eso fue ya demasiado y la chica acabó perdiendo la paciencia. Lo agarró por la espalda y llamándole borracho lo echó de allí.

No tuvo que hacer mucho esfuerzo. Con el empujón el tipo enseguida perdió el equilibrio y se abalanzó fuera por la inercia, dando zancadas hacia delante. Hundió la rodilla en la acera mientras se apoyaba en una pared para no caerse. Oía a la camarera como seguía maldiciéndolo dentro. Cuando consiguió ponerse más o menos de pie se arrastró por el muro hasta el final de la calle.

Al torcer la esquina se detuvo y respiró hondo. Se incorporó totalmente, luego se abrochó la gabardina sin olvidar sacar antes un pequeño paraguas y abrirlo. Caminaba ahora de forma segura, esquivando fácilmente los charcos ya fueran de agua o de farola.

Cuando se retirara, esa sería de las cosas que no echaría de menos. Odiaba esos encargos. Plantarse en otra ciudad a ver a la novia de un cliente; conducir hasta la dirección escrita en un papel ahora desfigurado en el cenicero por quemaduras de colillas; plantarse allí y sin que ella lo supiera hartarla, desesperarla hasta que no pudiera más y lo vomitara encima de él, que se desahogara por cada borracho que arrancaba de la tarima antes de cerrar. Y que volviera a casa con su novio, sin enterarse nunca de la razón del incidente. Para que al menos por una  noche, la de su cumpleaños, la del aniversario o cualquiera, las sábanas no le fueran vendas y pudiera descansar tranquila, sin maldecir en duermevela.

Por fin llegó a su coche. Sacó unas mantas del maletero y durmió lo poco que la tos le permitía. Toda la madrugada siguió lloviendo contra él.

 

 

 

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