Días de vino y prosa – El increíble vino cambiante

Por Mariano Fisac

No sabemos nada.

Les mencionaré un proyecto del que ya he hablado en Mileurismo Gourmet. A grandes rasgos, trata de un médico en Monforte y de una ilusión, hacer vinos de su tierra y de su tiempo. De una lucha en Ribeira Sacra, en las deliciosas orillas del Sil, contra viento, marea, minifundio y una arraigada tradición de vinos ligeros y del año, mejores y peores, pero cortados por un mismo patrón.

 

Todo esto empezó hace diecisiete años, cuando D. José Mª Prieto comenzó a controlar una importante extensión de viñedo, hasta entonces inédita en la zona, y decidió hacer tan solo vinos de crianza, basados en la gran variedad local, la mencía, con un pequeño aporte de Alvarello, del que es el mayor productor mundial, por cierto. El primer vino tardó en llegar, allí en 2006. Luego todo siguió rodando, y hasta ahora.

 

Tengo la enorme suerte de poder visitar anualmente a José Mª y conocer de cerca la evolución de sus vinos. Un extraño Régoa 2007 al que todavía está por llegar su momento, un fresco y sabroso 2008, un 2009 más maduro y un 2010 por ensamblar. De las demás cuvée hablaremos otro día.

 

Cuando el pasado verano de 2011 volvía a probar en 2006 no me cabía duda de el mejor momento de este vino iba tocando a su fin. Le costaba salir y afloraban ya algunas notas metálicas y de evolución. Incluso los taninos parecían desintegrarse.

Lo tenía claro, hasta hace un par de días, en que un ejemplar de Régoa 2006 me puso en mi sitio.

 

Mostraba un tono cereza pálido y algo apagado que parecía asentir mis expectativas al inicio, pero su nariz empezaba a llevar la contraria con algo de botica, zumo de arándanos, miel de brezo, boletus y tierra mojada, con notas de quitaesmalte y mina de lápiz al fondo. Recordaba a algunos tintos de Priorat o, incluso, de Barolo más que a Galicia.

 

En boca se puso firme, seco y amplio en ataque. Carnoso, fino, delicado, con taninos arenosos. Buena acidez que compensaba el alcohol, y peso de fruta madura. Terminaba su largo recorrido con notas amargas y vegetales, mostrándose complejo en conjunto, con un leve recuerdo mediterráneo, frutal y muy ligeramente evolucionado, pero sabroso, con músculo. Único y pleno de vida. Eran muy pocas las aristas que lo separaban de ser un gran vino.

 

Si hubiera que maridarlo con algo, pienso en pulpo a la brasa, en verduras asadas o en un arroz con pitu de Caleya, con el que me acabaría la botella yo solito.

 

Me identifico con una frase que se repite con frecuencia en un libro que me tiene fascinado, “You know nothing Jon Snow”.

 

Bendita ignorancia.

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