Hortensias, el frescor, el color

 

Por Áurea Moltó

Entre mis aspiraciones vitales está tener un jardín o un patio, pequeño o grande da lo mismo. De momento, tengo dos balcones de edificio típico de Chamberí, lo que significa que apenas dispongo de 60 centímetros de ancho para unas, escasas, plantas de exterior. Pero volviendo al inicio, si tuviera una zona verde, creo que se parecería mucho a un tipo de jardín o patio que siempre he asociado al norte de España, pero que he visto también en Portugal, Francia y Estados Unidos. Consiste en un espacio dominado por uno o dos árboles de hoja caduca –castaño, olmo–, algún frutal y alguna conífera, macetas desperdigadas con flores de temporada y un gran arriate de hortensias.

Me gustan las plantas duras, populares, esas que tienen un aire de autosuficiencia. Y ahí está la hortensia (hydrangea), que de unos palos casi secos en invierno es capaz de hacer brotar, primero, grandes hojas carnosas, verde brillante, y luego, montones de corimbos agrupados en enormes ramilletes de flores de cuatro pétalos, simples y perfectas. Pero es que además la hortensia es una de las pocas flores –no sé si quizá la única– que nos permite cambiar su color.

Azules, rosas, blancas, malvas o incluso verde-lima. Todo depende de la acidez del suelo donde se cultiven. Al igual que las camelias, las azaleas y algunos rosales, las hortensias crecen mejor en un suelo ácido. Si el PH de la tierra es demasiado alcalino, darán un bonito follaje verde, pero difícilmente llegarán a florecer con todo su potencial.

Para decidir su color o para cambiarlo bastan unas breves indicaciones químicas. Hay que advertir que es mucho más fácil conseguir que una hortensia rosa pase a azul, que lo contrario. El azul se consigue añadiendo un fertilizante con aluminio a la tierra, pero con cuidado de no quemar la planta. La conversión a rosa exige, lo primero, extraer el aluminio del terreno, añadiendo fertilizantes con alto nivel de fósforo, o cultivando la hortensia en una maceta o en un lugar con tierra libre de aluminio. Para acentuar el rosa, los fertilizantes deben ser ricos en fósforo y nitrógeno, con muy poco potasio.

El procedimiento del cambio de color lo explica con detalle Judith King en su web, todo un altar a las hortensias. Judith es una de esas mujeres estadounidenses aficionadas a la jardinería y comprometidas con su divulgación. Su devoción a las hortensias solo es superada por su maestra, Penny McHenry, fundadora de la American Hydrangea Society.

Las hortensias transmiten el frescor de una casa de piedra, igual que los geranios el calor de una calleja de Córdoba. Para crecer necesitan agua abundante y un ambiente húmedo. No soportan la sequedad ni el exceso de sol. Su sitio perfecto es a la sombra, bajo los árboles o alrededor de un muro. Es preciso podarlas anualmente para evitar que el arbusto crezca demasiado hacia arriba, ya que debido al peso de las flores, los tallos muy largos se doblarían.

Entre las bondades de las hortensias está la duración de su floración, que puede ser superior a un mes. Si se deja de abonar el terreno con fertilizantes para el color, las flores irán paulatinamente aclarándose, degradando el rosa o el azul de sus flores. Este desvanecimiento cromático es en sí un espectáculo. Ploërmel, un pequeño pueblo en la Bretaña francesa, tiene un espectacular paseo alrededor del lago, con más de 5.000 hortensias de 520 variedades.

Mi abuela tenía un patio extremeño, con naranjos, limoneros, buganvillas, jazmines y claveles. Siempre le pedí que pusiera hortensias, pero se negaba en redondo: “Las hortensias traen mala suerte”, decía. Ella, tan aficionada a las flores, solo tuvo hortensias cuando ya era muy mayor. Eran blancas, las únicas hortensias que no pueden cambiar de color, estaban en dos enormes macetas.

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