Jueves de contacto

Por Alicia González

 

Ignoraba lo que iba a pasar ese jueves, día que olvido por las noches mi estancia en la frontera y la labor que realizo de lunes a viernes. La curiosidad y ser sensible me llevaron a ese taller resguardado de paredes blancas. Marilyn Monroe me miraba y estaba a punto de mandarme un beso a blanco y negro. La claqueta estaba a punto de gritar acción ante la representación de una escena sin límites, salvo permanecer con los ojos cerrados y no despegarme de mis compañeras de viaje. Éramos tres mujeres las que sucumbiríamos ante el paseo corporal que no iba a ser medido por preferencias o tabúes sexuales, sino por el instinto sutil de una orquesta de flores ejecutada con las manos, piernas, nariz y cabello principalmente. La única regla era no soltarse, ser como una unidad que solamente mantenía un diálogo con el cuerpo. Y lo dejamos fluir. Creamos una aldea que destilaba calor con el recorrido pronunciado por la yema de los dedos. Poco a poco identificábamos el tramo recorrido: la colonia del cuello en dirección hacia la carretera de la espalda que presagiaba una vuelta en la glorieta de las nalgas y solicitaba regreso a la avenida de los vientres planos, dándole bienvenida a manos extranjeras, cómplices de este triángulo experimental. En este ritual no había gestos, solo respiraciones que comenzaron a dialogar por nosotras. Durante el letargo pude escuchar a Clara oliéndome, yo también lo hacía mientras la dulzura de su perfume me sonreía. Lia también comenzaba a unirse. La tomé de los cabellos de sangre mientras las tres íbamos descendiendo lentamente como si fuéramos un elevador sin soltarnos. Poco a poco volvíamos a subir pero faltaba una de nosotras. ¿Dónde está nuestra fuente de calor?, nos preguntamos Lia y yo. Alguna corriente de aire masculina la secuestró por unos instantes. El desamparo seguía. Me sumergí jugando con mis dedos en la antorcha de su melena, me detuve en la habitación de su rostro para descubrir un secreto similar al mío: somos iguales. Las piernas se rozaron, una diminuta trenza se formaba y recorrió el tramo de las pantorrillas, mientras las manos trataban de dibujar las formas percibidas. Los dedos tropezaron con los pozos de los senos que parecían ofrecer sin querer una profundidad. Clara había vuelto. Nos entregamos a la cadencia del impulso sin director más que la conciencia que nos dictaba hacia dónde dirigir los sentidos que nos hacia preguntarnos —¿Me habré sobrepasado? Quién sabe, quizá no. No recuerdo haber oído quejas, sino suspiros correspondientes al tacto tripartito. El Contact nos llevó a explorar un bosque en la ciudad, a despertar al ello sin tanto miedo, sin despojarnos de la ropa que envolvía féminas siluetas que veían rebasados sus veinte.

 

 

Fuente: Sin Embargo

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