Alusionaciones (1)

Por Francisco de Paula Pestaña Parras

 

la foto

 

Su padre guardaba aquella pistola en el escritorio. Decía que sólo la quería para defenderse, no para nada malo, pero todos en casa sabían que a veces se quedaba encerrado con ella y pasaba horas mirándola cuando quería dejar una vida que le asqueaba. Entonces la abría para comprobar que todas sus balas estuvieran ahí. Escogía una de ellas, la miraba, la estudiaba y llegaba a desear que fuera precisamente esa la que se lo llevara.

Una tarde descubrió que él y los demás se habían ido y que estaba sin cuidado alguno. Enseguida fue a buscarla conociendo muy bien el peligro que suponía, con esa lúbrica perversión de la infancia por la catástrofe. Le sorprendió que no quemara, ni siquiera estaba caliente, por alguna razón imaginaba que abrasaría igual que una pedrada. La cogió y sintió una seguridad que ahora sabe ingenua. Pensaba que mientras la esgrimiera los malos nunca le harían daño; se creía irresistible con ella, ningún amor le faltaría ya; la acercaba a los ojos cada vez más queriendo adivinar su maquinaria… y entonces ocurrió. El proyectil le dio de lleno. La detonación sigue ahí, en algún lugar entre sus oídos y desde aquello no ha vuelto a estar en total silencio. Cuando todo calla aún escucha muy bajo, muy silente, y ya para el resto de sus días, las reverberaciones de la explosión. Le encontraron horas después contra la pared, pues hasta allí le estrelló el retroceso, sin conciencia y con la pistola todavía en la mano. Las secuelas le dejaron inútil para vivir decente, con un caminar entre el cojeo y los primeros pasos de los resucitados. Su rostro quedó desfigurado, los ojos, la boca, la expresión que todo eso transmite, terminó siendo una mueca extraña que aterra o da lastima.

La poesía es un arma cargada de futuro que siempre acaba disparándosete en la cara.

 

(A Celaya)

 

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