Campos de trabajo en verano, una opción en la educación de nuestros hijos

Por María D.  Babot

Siempre quise ir a un campo de trabajo. Desde que desde que me hablaron de ellos por el año 1980. Los había en Francia, en Italia… el campo estrella de aquella época era el kibutz, en Israel: “¿te gustaría ir este verano a un kibutz?” nos preguntábamos las amigas. Personalmente los que de verdad me atraían eran los de arqueología: tener la posibilidad de estar en contacto directo con otras épocas era y sigue siendo una de mis quimeras. Por una u otra razón no llegué a ir a ninguno de ellos. Pasaron los años y los olvidé, hasta que, buscando actividades para mis hijos adolescentes, se me aparecieron como por arte de magia, ya no en los clásicos folletos sino en la pantalla de mi ordenador.

“¿Campos de trabajo? ¿y en verano, mamá?” preguntan, alterados mis hijos. “¿Qué pueden ser con ese nombre tan siniestro?”  Y es que en un mundo donde los niños se suben antes a un avión que a un triciclo, donde el único interés en visitar una ciudad se reduce a ir a aquella tienda que no ves ni los precios porque está casi a oscuras pero te haces una foto con un modelo en la puerta. Donde los viajes low cost permiten a familias enteras plantarse en un pis pas en playas al otro lado del planeta (verdadero lujo que ya ni valoran), me parece más importante que nunca el ofrecerles la posibilidad de unas vacaciones diferentes. Viajar para aprender, viajar para ayudar. Viajar con normas, con  horarios, con respeto a las normas que se comprometieron a obedecer. Viajar con la conciencia de ir a cumplir un proyecto, una misión, grande o pequeña. Viajar para vivir una experiencia, y no para estar pensando en lo que contarás al regreso. Colgar las fotos en su Facebook sin intención de epatar.

 

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Y así me puse, ilusionada, a investigar las posibilidades que existían tanto dentro como fuera de nuestro país. Siguen los clásicos de arqueología (como por ejemplo este que he encontrado en Francia: Archeologie pour tous)  y los medioambientales, sociales, restauración de patrimonio… Israel  sigue ofreciendo sus kibutz, y lo más novedoso respecto a hace 30 años es que se han extendido a otros continentes. La duración mínima es de dos semanas y la máxima unos cuantos meses, dependiendo del país y del proyecto. No son gratuitos, pero tampoco son caros. Será un dinero bien invertido. A la satisfacción de conocer un país por dentro se une la de implicarse en algo auténtico y que dará frutos que quizás nuestros hijos no lleguen a ver cuando acabe el Campus. Todo eso formará parte de la riqueza de esta experiencia. Consulté al señor Google, quien  me mostró muy amablemente 1.520.000 resultados, así que no será por falta de información. Me pongo manos a la obra con mis hijos para buscar el que más les atraiga, convencida que será uno de aquellos veranos que dejan huella en sus espíritus.

 

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