Poder y mujer I

Por Guillermo Samperio

 

Las sociedades construidas por el pensamiento del homo non sapiens masculino hasta el momento han fracasado, desde el capitalismo (liberalismo) hasta el socialismo real. De antiguo, las principales deidades primigenias fueron la luna y la serpiente y eran muy influyentes —se encuentran en casi todas las culturas; incluso, en inscripciones de la época paleolítica—. En la mayoría de las mitologías posteriores aparecen juntos, como dioses, la luna y el sol; y sus relaciones fueron tórridas. A veces estaba en el poder uno y a veces la otra. Pero en un principo tendieron a ser principales, como en la Egipcia, las deidades hembras. Esto correspondía a los momentos de matriarcado de la comunidad. Por ser la que recibe la luz del sol, representa el ying, siendo el sol el yang. El ying es receptivo y fecundo. Las druidesas dominaron al pueblo.

 

Entre los mayas, aunque le asignan la “virtud” o “el vicio” de la licencia sexual, es causa de la pelea entre Itzama (diosa de la casa de la inmensidad celeste) contra Kinich Ahau (señor-visión del sol), debido a que Itzama deseaba a la luna y que fuera su compañera (esposa); al final de la guerra entre ambos dioses, Kinich absorvió Itzama y la disolvió. Quiero decir que los dioses del sol (de lo obvio) empezaron a cobrar mucha fuerza, hasta que las deidades femeninas fueron derrocadas, como nuestra Coyolxauhqui (desmembrada), tomando el poder los autonombrados hombres; incluso, todavía durante los aztecas, los hombres no salían en las noches de luna llena, pues se corría la superstición (que para ellos era realidad) de que Mujeres Araña bajarían por sus hilos a devorar a los hombres, como venganza del destierro de las diosas femeninas. En el fondo, aquellos hombres estaban escenificando “una culpa de especie”. La dominación de los herederos del sol, de lo masculino, lo macho, lleva ya muchos siglos de fracasos. Creo que ya es momento de que las autonombradas mujeres retomen el cielo y se encarguen de encaminar los rumbos del non sapiens.

 

En mi experiencia en las ONGs, las de mayor participación en casillas y otras actividades de organización fueron las mujeres. En la elección a gobernador de Guanajuato, cuando ganó Fox, fui el coordinador de la observación electoral de Alianza Cívica y otras ONGs; como tenía yo concentrada la información, saqué (como hago en estos casos) el porcentaje de participación y el 65% fueron mujeres y 35%, hombres. Esto quiere decir que la mayor conciencia sobre la necesidad de una sociedad civil mejor se arraiga más en las damas que en los varones. Además, las hembras son menos corruptibles que los machos tendencialmente, aunque no falta la mujer tranza e, incluso, asesina; sin embargo, que existan rateras es muestra de que los famosos roles de la mujer “sensible y delicada” son, más que nada, culturales. Parece que, a nivel cromosómico y del inonsciente colectivo (Jung) se generan tendencias hereditarias de temperamento y carácter tanto en hombres como en mujeres; esto no implica que los resultados de la naturaleza sean pertinentes en esta modernidad y en el tipo de economía que estamos viviendo.

 

Según Freud, en la mayoría de los comienzos de la culturas (cuando no se distinguía entre lo que se fantasea y lo que es realidad) había el problema de que en las nupcias, el hombre tenía miedo, pues pensaba que podía pasarle una maldición al mancharse el pubis con la sangre de la novia; por su lado, la mujer sentía que su futuro marido la dañaba porque la hacía sangrar. La solución que encontró la comunidad fue que desvirgara a la doncella alguno de los viejos más venerables. Lo que destaca de esto es que tales miedos primigenios se fueron al inconsciente colectivo (léase también biología del cuerpo); se instalan en el olvido pero siguen en actividad, potenciales: de pronto, surgen en posteriores sociedades, como la nuestra. Es decir debido al miedo inconsciente del hombre a “recibir un maleficio” de la mujer, debe dominarla, someterla. Esta costumbre de desvirgar se convertiría en el derecho de pernada, que todavía perdura en algunos rincones del planeta. Hoy predomina la trata de blancas: el Este europeo ha exportado a 4 millones de damas.

 
 

 

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