…En tiempo de miseria (X) – Ficción y realidad

Por Luis Martínez-Falero

 

LuisMartinez-FaleroSherezade apoyó sus manos en el almohadón en que reposaba la cabeza del sultán Shahriar y comenzó uno de sus relatos.

Cuentan que había un hombre llamado Joseph que vivía en una ciudad dentro de otra ciudad. Inspirado por Dios, pasaba su vida decidiendo sobre finanzas y ritos, sobre sus enviados a todos los rincones del mundo y sobre la naturaleza de Dios mismo. Un día quiso saber qué quedaría de su obra cuando él ya no estuviera en el mundo. Pero para eso tendría que morir y entonces ya no habría conocimiento posible ni podría ver quién le sucedería en tales asuntos. Por ello, decidió retirarse como si hubiera muerto y que se celebraran los ritos para la elección de su sucesor. Así, él, el bendecido, pudo saber que su silla la ocupaba Francisco, cuyo nombre había elegido en homenaje al amigo de los animales salvajes, quizá incluyendo entre éstos la otrora abundante especie de los videlas (híbrido de víbora y lobo). De este modo, conoció a su alter ego y, en un juego de espejos, ambos vestían de blanco, ambos ejercían de Papa (uno activo y otro contemplativo) y ambos vivían en una ciudad dentro de otra ciudad. El sultán Shahriar preguntó que cómo acababa la historia. Sherezade se encogió de hombros y le dijo: Esta historia no acaba, sino que se mantiene en esta dualidad eternamente, como la luz y la sombra. El ausente no puede morir, porque ya no pertenece al mundo, de tal manera que, ocupe la silla quien la ocupe, siempre tendrá la sensación de esa otra presencia detrás de los espejos. El sultán quedó satisfecho con la respuesta y dio por concluida la velada.

A la noche siguiente, Sherezade inició un nuevo relato, derivado en cierta medida del anterior, según su costumbre.

Cuentan algunos que los enviados a España por el gobernante de la ciudad que se halla dentro de otra ciudad poseían varios canales de televisión y algunos de radio. Coincidiendo con el 11 de marzo, sus mensajeros relataron la historia de que la muerte de 191 personas en un atentado terrorista, en 2004, se debió a una conspiración encabezada por Rubalcaba. Poco importaba que los responsables detenidos por la policía hubieran sido juzgados y, con hechos probados, condenados. Poco importaba que la policía y los jueces hubieran considerado infundadas las posibles pruebas señaladas desde esos medios de comunicación. Poco importaba el dolor de los familiares y el dolor de un país entero, si eso servía para hacer caer sobre el oscuro Rubalcaba la sospecha de ser un terrorista de Al Qaeda, o de convertir a policías en un sucedáneo de ello. Poco importaba todo si era para que la mentira cobrara forma de sospecha y, posteriormente, pudiera aspirar a ser llamada “verdad”. Pero tampoco era algo nuevo en España, ni siquiera entre quienes dicen seguir a un Dios de bondad y verdad: ya Galdós contaba una historia en la que la idea de misericordia se comprendía precisamente al mostrar su ausencia entre las clases acomodadas, que, sin embargo, hacían gala de su moral religiosa. La verdadera moral, la evangélica (la que proclama la solidaridad y la misericordia como principios básicos), sólo tenía cabida entre los humildes. El sultán Shahriar no dijo nada esa noche. Tenía los ojos abiertos como platos y un nudo en la garganta. En silencio, pues, dieron por terminada la velada, si bien Shahriar guardó en su corazón la enseñanza de esta historia.

Aunque el relato anterior había dejado una cierta tristeza en ambos, Sherezade regresó a la noche siguiente para contar otra historia.

Esta noche voy a relatar la historia del gobernante que, imbuido de la prepotencia del ignorante erigido en maestro, quiso educar a los jóvenes en la falsa moral manifestada en esos medios de comunicación del relato anterior. Este gobernante pretendía convertir la universidad en un supermercado de esclavos para las empresas, los bancos y otros lugares donde se adoran los falsos ídolos de la sociedad actual, pero nunca al conocimiento como superación. También tenía la pretensión de eliminar la ética como materia de estudio, por considerarla inútil en los ámbitos políticos y económicos. Armado de dogmas políticos trasnochados y de los sacrosantos principios de la moral nacionalcatólica, se empeñó en demoler universidades, institutos y colegios públicos (precisamente ésos por los que debería velar). En su afán, se embarcó en una aventura que ni él sabía dónde acabaría, enloquecido como Ahab persiguiendo su ballena blanca. Cuando estaba preparando su manera de dinamitar todo el sistema, el gobernante fue engullido por una marea verde, que lo arrojó a la costa de las islas Faes, su lugar de procedencia, de donde nunca debería haber salido. El sultán Shahriar preguntó: ¿Y por qué la marea que lo arrastró era verde? Sherezade repuso con naturalidad: Porque en todos los relatos donde aparecen desgracias, lo último que queda es la esperanza. El sultán Shahriar miró fijamente a Sherezade y, antes de dar por terminada la velada, dijo: Por cierto, Sherezade, ¿sabes que me recuerdas mucho a un profesor de la UCM al que conocí hace algún tiempo? Sherezade, lentamente, extrajo de entre sus ropas unas gafas y un curioso birrete con flecos de color azul celeste y, tras ajustarse cada cosa en el lugar adecuado, sonrió enigmáticamente…

 

 

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