¿Quién lleva los pantalones?

 Por Sandra Ferrer

 

perfil1El título de la columna de hoy no me gusta nada, lo que significa, quiero decir. Es una expresión del todo machista que por suerte cada vez se oye menos pero que antiguamente era utilizada para menospreciar a aquellos hombres que se dejaban dominar por mujeres que cambiaban sus faldas sometidas por unos pantalones dominantes. Y es que, nos gusté o no, el vestir ha sido reflejo, también, de la lucha de las mujeres por conseguir una mínima igualdad. Si ya lo decía Cocó Chanel, quien consiguió, (¡En el siglo XX!) que nosotras, las féminas, pudiéramos incorporar semejante atuendo varonil a nuestros fondos de armario. Pero lejos de frivolidades, muchas mujeres, a lo largo de miles de años se han jugado la vida por querer no sólo vestir como los hombres, sino emular su libertad.

Ya en el Antiguo Egipto encontramos a una reina, Hatshepsut heredera legítima de su padre el faraón Tutmosis I, consiguió reinar en solitario pero para ello, para afianzarse en el trono, actuó siempre como un hombre y como tal se hizo representar. Igual que aquella reina – faraón que buscó el respeto vestida de hombre hizo muchos siglos después una doncella de Domremy, conocida por todos como Juana de Arco  quien con armadura de caballero, consiguió guiar a la victoria a una Francia agotada y acorralada por su enemiga Inglaterra. Y a pesar de toda su valentía, fue precisamente eso, vestirse como hombre, una de las razones por las cuales fue quemada en la hoguera. Injusticias del destino, pues Juana vivió en un tiempo en el que aquella mujer que decidiera vestirse como hombre solamente podía estar guiada por el maligno. Otra Juana también medieval, fue aún más lejos y no escogió emular a un soldado sino a un papa, lo que le valió un trágico fin y la desaparición de la historia oficial de la iglesia. La existencia, o no, histórica de la Papisa Juana  aún hoy sigue provocando encendidos debates.

 

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Y seguimos con otra Juana, y no nos movemos de la Edad Media, cuando en la España de finales del siglo XV, una guerra civil entre los defensores de Juana la Beltraneja y los de Isabel de Trastámara  tiñó de rojo los campos de Castilla. Entre cientos de hombres dispuestos a morir por una u otra dama, una mujer, de nombre Juana pero conocida por sus rudos compañeros como Diego, luchó por la gloria de los que pasarían a la historia como los Reyes Católicos. La Dama de Arintero, que así la conoce la tradición, no recibió el aplauso de aquella a la que había ayudado a subir al trono. Pues no todas las mujeres aprobaban dichas bravuras aunque fuera por solidaridad de género.

Terminamos este repaso saltando en el tiempo hasta el siglo XVII donde encontramos a Catalina de Erauso, conocida popularmente como la monja Alférez, pues dejó el convento y los hábitos monjiles para vestir como un hombre y guerrear como tal allende los mares. Como hizo también otra mujer un siglo después, Ana María de Soto, quien atraída por el mundo militar, no dudó en vestirse de hombre y enrolarse en el ejército. Ambas mujeres no pudieron mantener el engaño pero a ninguna de las dos se las condenó, al contrario, fueron alabadas por sus compañeros e incluso por los reyes que entonces gobernaban nuestro país. ¿Un signo de que las cosas iban cambiando? Quizás.

 

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