…En tiempo de miseria (XIV) – Historia y olvido

Por Luis Martínez-Falero

LuisMartinez-FaleroCuando yo era un niño y viajaba a Madrid con mi padre para ver a la familia, lo que más me gustaba era estar con mi primo Pepe, que por entonces era estudiante de Medicina en la UCM. Estoy hablando de la primera mitad de los años 70’, cuando los estudiantes llenaban las avenidas de la Ciudad Universitaria y los grises se empleaban con saña en el uso de la porra y otros medios disuasorios, pero no menos violentos. Mi primo, muy vinculado a los movimientos estudiantiles (en los que se encuadraban anarquistas, varias familias del Comunismo y otros idealistas que creían que un cambio era posible), me contaba las razones de todo aquello, lo que hacía que yo abriera los ojos como platos, acostumbrado a escuchar conversaciones de política en el seno de una familia tradicionalmente conservadora. Como era habitual, acabó siendo detenido y conducido a la tristemente famosa Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Creo que dice mucho de Esperanza Aguirre el que se empeñara en colocar la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid precisamente en ese símbolo de la represión franquista. Mi primo, que perdió un curso porque se sancionó a los estudiantes no de manera administrativa sino académica, y que recibió incontables bofetadas y palos, pertenecía a un grupo muy numeroso de jóvenes que querían cambiar España, humanizarla, modernizarla. Eran los luchadores por la libertad, quienes se atrevían a gritar en las calles consignas contra un régimen dictatorial que, como los dinosaurios, se movía muy lentamente y se resistía a su extinción. También hubo profesores que perdieron su cátedra por ello. Y estudiantes y obreros que perdieron la vida ante la represión policial: por ejemplo, Enrique Ruano, en 1969, o, ya en la Transición, la muerte de cinco obreros en los “sucesos” de Vitoria, en 1976. O también con las razzias de los defensores de los valores eternos, de las que fueron víctimas, entre otros, los abogados de la Calle Atocha, en 1977; o Yolanda González, en 1980, cuyo asesino trabaja o trabajaba para el Ministerio del Interior del actual gobierno.

Y ahora viene Paul Preston y en su biografía de Santiago Carrillo nos dice que el dirigente del PCE era un ser oscuro y traicionero, sin lealtades conocidas excepto para su estalinismo disfrazado de eurocomunismo y otras cosas por el estilo. Bien: reconozcámosle su derecho al hispanista inglés, si está en posesión de la documentación histórica (suponemos que contrastada) que así lo justifica. Sin embargo, lo preocupante del libro de Preston es que le quite importancia a los movimientos antifranquistas para que el Régimen acabara, dejando el asunto en manos de la voluntad de Juan Carlos de Borbón y de Adolfo Suárez, en calidad de escudero del monarca. Entonces, ¿qué queda de la infraestructura creada por el PCE en la clandestinidad, cuando el PSOE estaba a verlas venir? ¿Qué queda de la lucha en las calles, en las aulas o en los talleres? ¿Todo fue inútil, entonces? ¿Se trató, por tanto, de la voluntad de un solo hombre, guiado por fuerzas sobrenaturales?

Preston ha cometido, sin duda, el mismo error que la sociedad española: ha olvidado a quienes salieron a la calle a pedir la libertad en un país donde muy raramente se ha sabido en qué consistía la democracia. Porque aquellos estudiantes y obreros que se movilizaron fueron los verdaderos artífices de una toma de conciencia de que algo tenía que cambiar. Son los verdaderos héroes de la democracia. Los dirigentes sólo llevaron al papel de las leyes (con una evidente oposición de la AP de Manuel Fraga en muchas cuestiones) lo que era un clamor en las calles. El error fue prescindir de ellos, sustituirlos por los profesionales que se habían mantenido en la sombra o que procedían directamente del Régimen, para tomar las riendas de los partidos; excepto el PCE, que acabó perdiendo su razón de ser en un mundo donde las utopías sólo se encuentran en la literatura o el cine, pero no en la sociedad. Ya no había ideales, sino gestión. Ya no hay ideologías, sino poder. Esto explica los Bárcenas o las sucesivas reencarnaciones de Luis Roldán o las fotos de Feijoo o los comentarios de Felipe González contra el movimiento anti-desahucios o los enjuagues con Corina o la vie en rose de una clase social creada por especialistas en la política y que vive en su planeta, muy lejos de los ciudadanos. ¿Realmente ésta es la democracia que aquellos idealistas de los 50’, 60’ y 70’ soñaban entonces? No, no puede serlo. No lo es. Un país gobernado a base de decreto y a callar, no es un país democrático. Es una dictadura de la mayoría parlamentaria, que no tiene por qué representar a una mayoría de ciudadanos, máxime cuando los programas políticos se los lleva el viento apenas un día después de las elecciones.

Se le atribuye al político argentino Nicolás Avellaneda la frase “Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. Nuestra historia es larga y nuestra memoria, débil. Pero aquellos principios democráticos que otros reclamaron hace varias décadas siguen manteniendo hoy su vigencia. Ahí están la PAH, el 15M, la idea de una democracia de los ciudadanos y para los ciudadanos, una sanidad, una educación y unos servicios sociales públicos de calidad, la no prescripción de los delitos de corrupción y tantas y tantas reivindicaciones que hoy leemos y escuchamos. Y eso nunca debe caer en nuestro olvido porque tales reivindicaciones (desgraciadamente) forman una parte fundamental de nuestra historia.

 

 

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