…En tiempo de miseria (XVIII) – Yo no soy yo, evidentemente

Por Luis Martínez-Falero

 

LuisMartinez-FaleroCuando en 1987 Gonzalo Torrente Ballester publicaba Yo no soy yo, evidentemente, no podía sospechar que, poco más de un cuarto de siglo más tarde, otro gallego iba a desdoblarse en personajes distintos, como el Uxío Preto protagonista de su novela. “Mariano Rajoy o la encarnación de Uxío Preto” podría titularse una tesis doctoral o una semblanza del actual presidente del gobierno. O se ha reencarnado en su persona el espíritu de Rimbaud, que no deja de repetirle: Je est un autre. Porque hemos llegado a un punto tal de pérdida de todo (del estado de bienestar por parte de los ciudadanos a la vergüenza por parte de algunas altas instancias del Estado) que hasta Rajoy ha perdido su identidad. No es casual, por tanto, que iniciara su intervención el miércoles pasado ante el pleno del Congreso con la frase “Señor Presidente del Gobierno”, lo que debe interpretarse como una autoapelación (es decir, se dirigía a sí mismo) o como una apelación a un desdoblamiento de sí mismo. Si fue esto último, resultaría preocupante que viera a ese interlocutor, máxime si acaba por convertirse en algo habitual y sus comparecencias ante el Congreso terminan por resultar un remake de Los otros. Claro que no es un caso único, pues hay periodistas que aseguran: “A veces veo a Rajoy”, por lo que Iker Jiménez terminará dedicándose a la crónica política, sobre todo si tenemos en cuenta que la letra del Presidente resulta tan ininteligible para él mismo como una psicofonía para el común de los mortales. Eso sin contar mi preocupación personal por la salud mental del presidente, pues me lo estoy imaginando saludándose al pasar ante los espejos: “Buenos días, señor presidente”; “Que tenga un buen día, don Mariano”. O que empiece a dar ruedas de prensa de manera conjunta con su alter ego en el plasma y, dependiendo del tema de que se trate, hable uno u otro: el presidente en directo y el presidente en diferido. Ahora comprendo mejor la adhesión de Mª Dolores de Cospedal hacia Rajoy, vista su afición a todo lo que sea en diferido, incluidas las relaciones de pareja, que formuló como “Los hombres trabajan y luego se van a jugar al fútbol; las mujeres conciliamos trabajo con el cuidado de la casa”. Me encanta el pensamiento de vanguardia.

Pero el desdoblamiento de Rajoy no es el único. Los hay igual de graves y con consecuencias más devastadoras, sobre todo para la credibilidad de las altas instituciones del Estado (si es que les queda alguna credibilidad). Ahí tienen a Iñaki Urdangarín, desdoblado en entrenador de balonmano en Catar, hasta que descubre que no tiene carnet profesional para ese trabajo; reconvirtiéndose después en relaciones públicas de la Federación catarí de ese deporte, hasta que descubre que nadie lo conoce en ese país árabe (ni los de la Federación saben que existe); hasta terminar siendo él mismo, es decir, uno de los principales imputados por unos cuantos delitos en el caso Nóos. Tanta vuelta para terminar en el mismo sitio, es decir, ante las puertas del juzgado. A Urdangarín, al contrario que a Rajoy, sí que le gustaría no ser él, porque, según ha señalado su abogado, ahora tiene que buscar trabajo. Y, conociéndolo como lo conocemos ya, imaginamos su decepción ante el parón de la construcción en España, importantísima fuente de creación de empleo desde tiempos de Aznar (allá por los visigodos). Sé de buena tinta que ya había encargado en Loewe un pañuelo exclusivo con un nudo en cada esquina, para trabajar en la obra. Acabará, porque no le queda más remedio (¡pobre!), de asesor de alguna multinacional, frustrado y mirando con nostalgia cada hormigonera, cada ladrillo que encuentre al paso, añorando esa tartera con cuatro exquisiteces de Zalacaín que pensaba llevar bajo el brazo. Y es que la crisis ya no respeta a nadie.

Puestos a desdoblar, hasta las leyes y los artículos de la Constitución se han desdoblado. “La ley es igual para todos”, dijo su Majestad en un famosos mensaje navideño, provocando que más de uno nos atragantáramos de la risa en plena cena de Nochebuena. Y para obedecer al padre, su hija Cristina (la pobre infanta casada con un futuro trabajador) se niega a entregar sus declaraciones de la renta y la Fiscalía evita que tenga que comparecer a declarar ante un juez. Así, la Fiscalía se ha desdoblado en la que acusa y en la defiende, y los jueces, en los que juzgan y en los que comulgan con ruedas de molino. De este modo, hay una interpretación de la legislación y de la Constitución para los ciudadanos, y otra para banqueros, políticos y miembros de la Familia Real y asociados. Porque lo que no nos aclaró su Majestad es a cuál de las dos modalidades se refería, ¿a la A o a la B? Desde luego, la ley es igual para cualquier ciudadano: si te piden la declaración de la renta, vas a la carrera a entregarla; si te llama un juez, estás en el juzgado a la hora prevista; y si te condenan, te fastidias (o el sinónimo que están pensando). Luego, la modalidad B también es igual para políticos y demás personal VIP: si te piden la declaración, no la entregas y punto; si te llama un juez, el fiscal evita que vayas; y si te condenan, el gobierno de turno te indulta. Nos falta un demiurgo para intermediar entre ambos mundos. O tal vez el demiurgo sea el descenso de Soraya Sáenz de Santamaría a la tierra, cada viernes, para contarnos lo que han decidido recortarnos esa semana. O quizá yo no soy yo, evidentemente, y esta columna la ha redactado un heterónimo sarcástico y borde de Mariano Rajoy. En diferido.

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