EL ABORTISMO DÉBIL (debate zanjado)

Por Israel Sánchez

leyes

Si un cataclismo no lo remedia, nos dirigimos hacia la revalorización legal del embrión humano, liderados por nuestro otrora “diferente” Ministro de Justicia. Nuestro Ministro de Justicia, que fue siempre simpático, campechano y buen encajador, cualidades que le hacían quedar bien en todas partes, como un Juan Carlos Primero o una Rosa DÍez, ha adoptado su aire más serio para hablar del aborto.

                  Le han reprochado que ya no es progre, y él ha tirado de literatura castellana de la de siempre, de la que nos gusta a todos.  Ha echado mano de Miguel Delibes para recordar que el literato cazador afirmó que nada había más progresista que la defensa de la vida. Los que salten con lo de que el vallisoletano debería haber aplicado ese aprecio a la vida de los animales que fusilaba a perdigonadas, ya fueran una anónima y pizpireta codorniz, o la estelar Milana Bonita, es que se están poniendo llorones. Y esto no lo dicen ni Delibes ni Gallardón. Lo dice Sánchez, que firma estos caracteres.

                  Ya conté (aquí) y terminaré de contar (vinculo pendiente) que la superación de nuestra represión sexual depende de la “designificación” del sexo, es decir, de la eliminación de las sucesivas capas de significado que nuestra cultura le ha impuesto, convirtiéndolo en un acto de carácter significante (o sea, que lo que el acto realiza sólo es una significación, y ninguna cosa más, incluso aunque aquello que signifique no tenga nada que ver, al igual que la pronunciación de los fonemas de la palabra “yunque” no tienen más relación con un yunque real que invocar su idea ) tan complejo que se vuelve inmanejable e incomprensible: una herramienta automatizadora de la conducta humana que cumple por ello a la perfección con su función de reproducción estructural. Mientras no haya quien entienda al sexo, y es difícil de entender, el sexo nos manejará a todos.

                  Explicaré también, por allí, que una de las capas de significado que convierten al sexo en un mensaje indescifrable, es la reproducción. El sexo tiene, en nuestro imaginario, una relación tan íntima con la reproducción (entre otras muchas cosas igualmente desestabilizadoras de la relación sexual misma) que resulta imposible tener una relación sexual sin que la reproducción desempeñe un papel clave, aunque sea inconsciente o pasivo.

                  Conté, por fin, que esa relación era culturalmente innecesaria, cuáles son los elementos que la perpetúan, y qué mecanismos servirían para desembarazarse de ella, liberarnos del sexo como yugo coercitivo, y descubrir el erotismo como herramienta de conocimiento y comunicación.

                  Bueno, pues la penalización del aborto no es uno de esos mecanismos.

                  A falta de espacio, confiaré a su evidencia el razonar cómo vincula el sexo a la reproducción la penalización (no desaparición, eso no) del aborto, última barrera que podría separarlos. Como creo que esto es claro, y como creo que también lo es que el aborto libre es imprescindible en una sociedad civilizada, me centraré, ya, en el objetivo de este texto, que es señalar la debilidad argumentativa que nos tiene a los abortistas a los pies de los caballos.

                  Es cierto que la razón desempeña en nuestra sociedad un papel muy inferior al que debiera, si es que como tal, como razón consciente y silogística, iluminadora y filosófica, desempeña alguno. Pero en la conciencia colectiva se van construyendo conclusiones que, si bien no obedecen a las más estrictas reglas lógicas, sí son influidas, y por tanto merece la pena alimentarla, por la verdad.

                  El argumento principal entre defensoras y defensores del aborto es el derecho a elegir libremente la maternidad. Entendemos que tener un hijo es un acto de tan enormes consecuencias en la vida de una persona que obligar a una mujer a concebirlo en contra de su voluntad es una violencia desproporcionada con respecto a cualquier responsabilidad derivada de una relación sexual.  Entendemos que incluso el aborto, siendo una intervención quirúrgica con todo lo que ello implica, es un acto de incomparablemente menor relevancia. Ésta es la idea que se resume en el “nosotras parimos, nosotras decidimos”, y en otros eslóganes derivados que hacen referencia, en resumen, a esta suerte de “habeas corpus”.

                  Los antiabortistas no se molestan en rebatir este argumento. El suyo es que todas las vidas humanas deben ser respetadas, lógicamente también la del feto, y sólo cabe plantearse el aborto en el caso de que alguna vida esté verdaderamente en juego. No poseen, sin embargo, respuesta alguna contra el argumento abortista. Y no la poseen, sobre todo, porque no les hace falta. El derecho a la vida es el derecho máximo, y ante quien lo esgrime, cualquier otro argumento palidece.

                  Entendámoslo: los antiabortistas no necesitan ser ni machistas ni desaprensivos para ver en los abortistas a una horda de monstruos. Para ellos, nuestras manifestaciones reúnen a cantidades impensables de seres, difícilmente calificables como personas, que piden disponer del derecho a matar a sus futuros hijos para no ver perjudicada la dimensión más hedonista de su existencia. De ahí a exigir el derecho a matar a voluntad a sus hijos ya nacidos va un paso.

                  Tienen toda la razón: Una vida humana vale más que las condiciones de dicha vida. Si alguien duda esto, mejor que no exprese su duda sobre una pancarta.

                  El “nosotras parimos…” conserva su vigencia sólo porque nuestro sentido común nos dice que, en el fondo, existe ese derecho; que no puede compararse un embrión con una mujer; que hablar de vida humana antes del nacimiento es exagerado, que demasiados verdaderos monstruos lo defienden desde la insensibilidad y la hipocresía. Pero si nos preguntan si, entonces, el embrión no es una vida humana, se nos encogerá el alma y diremos que algo humano hay ahí, que no somos quién para negarlo.

                  Nuestra pusilanimidad es irresponsable, y nos pierde. El antiabortismo nos pone en un legítimo callejón sin salida: debemos decidir qué juzgamos como vida humana. Si nuestra definición excluye al feto, entonces no habrá lugar a anteponerlo al derecho de la madre. Si el feto es un ser humano, entonces eliminarlo será un asesinato.

                  De modo que, ¿no nos van a dejar follar tranquilos? Estamos delegando en ellos nuestras responsabilidades, así que serán ellos también los que puedan exigir el derecho a tomar decisiones. Y con respecto a la vida humana, lo tienen clarísimo: La condición humana es adquirida por la materia en el momento en el que su dios le otorga un alma. El feto tiene alma, por decreto, y no caben medias tintas: Un feto merece la misma consideración que tú y que yo, con todas las consecuencias.

                  En El Segundo Sexo, Simon de Beauvoir nos recordó que, en Grecia y Roma, antes del cristianismo, el embrión era considerado una parte de la madre, como una víscera, y que la distinta gravedad de la culpa en la que incurría quien lo agredía dependía del valor que cada legislación le diera como propiedad del padre, incluso en calidad de heredero.

                  Más que de las bondades de volver al circo, de lo que debemos concienciarnos es de que fue el cristianismo quien introdujo la identidad de valor entre el embrión y el nacido, y que es la ideología cristiana quien, a día de hoy, la sigue sustentando. Si bien el argumento de que el embrión es humano y por tanto intocable resulta incontestable si se acepta la primera premisa, ocurre que la única tradición ideológica que ha defendido dicha premisa es la del cristianismo, basándose en el dogma de fe de la existencia del alma.

                  ¿Qué principio para determinar la existencia de vida humana utilizamos los abortistas? Tendremos que aclarar cuál es nuestro concepto de vida humana si queremos no ser alcanzados por la condena de los supuestos “defensores de la vida”. Y es muy probable que, para ello, tengamos que remitirnos de nuevo a conceptos clásicos, como que el hombre es un animal social, racional o político, y establecer el comienzo de la vida en función del comienzo de esas situaciones o cualidades. Cualquiera de ellas determinará una fecha tan avanzada en el momento de asunción de la condición humana, que emplear como puesto fronterizo el momento del nacimiento constituirá un acto de prudencia más que sobrada frente a la posibilidad de error. Es decir, que es más que probable que, sea cual sea la definición, el embrión vaya a quedar fuera de ella. Y esto deberá ser, también, con todas las consecuencias.

Concretada esta idea, no podremos aferrarnos a neutralismos sensibleros que traten el aborto como una tragedia necesaria, y como un seguro trauma. Deberá ser, insisto, con todas las consecuencias, una cirugía a realizarse con la mayor responsabilidad profesional y la menor carga de culpa posible, al menos en lo tocante a la maternidad.

                  Los antiabortistas ponen en manos de su dios la determinación del origen de la vida humana. El hombre ilustrado aspira a decidir desde la madurez emancipada, desde la condición de culminación de la razón y la responsabilidad, las materias más graves, y ésta como privilegiada entre ellas. Ellos apelan a su dios, y él les responde con el concepto de “alma”. Nosotros apelamos al “hombre”, y éste devuelve la apelación al remitente: tú eres “el hombre”; tú decides.

                  Más allá del alma cristiana, nuestra cultura no reconoce vida humana en el embrión. Nuestra cultura llega a reconocer, eso sí, como hacían griegos y romanos, que es importante aquello que es importante para el nacido, y en la medida de dicha importancia. Que el embrión por el que los padres conciben ilusión o proyectos vale tanto como esa ilusión y esos proyectos, y que lejos de constituir un conflicto entre nacido y no nacido, el embarazo adquiere ya entidad humana en esa armonía, en ese primer acto de socialización que es relacionarse el no nacido con quienes le esperan.

                  Nuestra cultura entiende que un animal libre tiene un valor diferente del que tiene una mascota, porque al valor de su vida se le añade el valor afectivo que el animal tiene para su dueño. Por eso, en nada se parece disparar sobre la pizpireta codorniz que sobre la Milana Bonita, con cuya muerte se mata un poco su dueño.

                  Esto es lo que nos ha enseñado Delibes con toda claridad, afirme lo que afirme el bizarro ministro.

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