El Requiem de Verdi, en el bicentenario de nacimiento del compositor

Los días 1 y 3 de julio a las 20 horas se ofrecerá en el Teatro Real el Requiem de Verdi,
en el bicentenario de nacimiento del compositor

 LA NOVENA NOCHE DEL REAL  

Vuelve al Teatro Real el tenor Jorge de León, que cantará al lado de Lianna Haroutounian (soprano), Violeta Urmana (mezzosoprano) y Ildebrando D’Arcangelo (bajo) 

El Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real estarán dirigidos por Teodor Currentzis 

Después de las tres funciones de la Novena Sinfonía de Beethoven, otra obra maestra coral-sinfónica sonará en el escenario del Teatro Real, la Messa da Requiem de Giuseppe Verdi (1813-1901), que será interpretada por la soprano armenia Lianna Haroutounian, que debuta en el Real, la mezzosoprano Violeta Urmana – que esta temporada encarnó a Lady Macbeth- el gran bajo-barítono italiano  Ildebrando D’Arcangelo y el canario Jorge de León, que cantará la parte de tenor por primera vez.

Compuesta en memoria del escritor Alessandro Manzoni (1785-1873), al que Verdi admiraba hondamente, y estrenada un año después de su fallecimiento, en 1874, la obra concentra en sus páginas toda la expresividad y dramatismo de las mejores óperas verdianas, al servicio de un texto que va de las tinieblas más profundas a la exaltación apocalíptica, genialmente apoyado por una orquestación de gran riqueza tímbrica y sobrecogedores efectos expresivos.

Teodor Currentzis, director griego que ha convertido a la Ópera de Perm en un referente de la vida musical en Rusia, y que fue aclamado por el público del Teatro Real en Iolanta y Perséphone y, recientemente, en el Macbeth de Verdi, dirigirá el estremecedor Requiem al frente del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real.

 

portrait_guiseppe_verdi_1813_hiGiovanni Boldini – Portrait of Guiseppe Verdi (1813-1901)

 

 

El requiem de verdi

 

“Y con él se va la más pura, la más sagrada, la mayor de nuestras glorias. He leído muchos periódicos y ninguno habla  de él como debiera. Muchas palabras pero pocos sentimientos hondos…”. Así se expresaba Giuseppe Verdi en una carta a su amiga la condesa Maffei, a los pocos días de la muerte de Alessandro Manzoni, el escritor y héroe del Risorgimento con el que el compositor se sentía profundamente identificado, no en vano llevaba siempre entre los libros que le acompañaban, además de la Divina Comedia, la Biblia y su I Promessi Sposi. Giuseppe Verdi tomó la iniciativa, como homenaje al que consideraba el mayor poeta de su época, y le planteó al Ayuntamiento de Milán la posibilidad de escribir un Requiem que se estrenara al año de la muerte de Manzoni, en 1874. La idea ya había surgido a la muerte de Rossini, muchos años antes. En aquella ocasión quiso que varios compositores crearan juntos un Requiem, y él escribió el “Libera me”, que luego, cuando el proyecto no llegó a cristalizar, aprovechó, con pocas variaciones, para este Requiem. Por entonces, Verdi contaba sesenta años, se hallaba inmerso en un prolongado silencio musical, después de haber dado a luz Aida, y estaba dedicado sobre todo a los cultivos de su finca de Sant’Agata y a la filantropía. Sin embargo, aún produciría tres obras maestras: el Requiem (1874), Otello (1887) y, finalmente, a sus ochenta años, Falstaff (1893). Bernard Shaw afirmaba que el Requiem sería lo único de Verdi que pasaría a la posteridad. Se equivocó, pero no en la valoración de una obra que es el destilado de la sabiduría musical del maestro de Busseto. Hay quien lo considera incluso “la mejor ópera de Verdi”. Con ecos de Beethoven y el último Haydn, de Mozart y Cherubini, tal vez incluso de Berlioz, el agnóstico Verdi –cuyo dios era Shakespeare y el único santo de su calendario, el patriota Manzoni–, enemigo de la hipocresía, la mediocridad y el clero, escribe una partitura más pensada para la representación concertante que para la liturgia. De hecho, a su estreno en la catedral de Milán se sucedieron tres representaciones en la Scala. En la obra utiliza una plantilla de orquesta igual a la de Don Carlo, de la que llegan ecos al “Lacrimosa”. Las siete piezas que componen el Requiem plasman su preocupación sobre la muerte –la tragedia de la pronta desaparición de su primera esposa y sus dos hijos marcó ya toda su trayectoria tanto vital como artística–, el interrogante que se abre frente a ese misterio y la búsqueda de un sentido sobre la vida que no puede resolver más que a través de las dudas. Y así, esta obra que se abre paso a través de la oscuridad hacia la luz, camina entre la piedad, el terror, el conflicto, la alegría y la incertidumbre manifestando siempre una gran melancolía en la música y, por encima de todo, la defensa de la dignidad humana.

 

 

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