Facebook, Twitter y otras redes sociales.

 

 Por Anibal Monasterio Astobiza

 

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Siempre hemos vivido conectados y las redes sociales no las debemos identificar, exclusivamente, con las plataformas en Internet que permiten la difusión entre personas de datos, imágenes, vídeos o textos. Las redes sociales, en su sentido original, hacen referencia a las estructuras sociales compuestas por un numero determinado de personas que van desde los integrantes de la familia nuclear hasta las naciones-estado. Pero, lo que si que es cierto, es que Internet ha acelerado la conectividad entre la gente y expandido nuestras redes sociales originales vía la técnica. Internet y las redes sociales, ésta vez sí en alusión a las plataformas en Internet, han creado una era de cosmopolitanismo digital y ciberutopía aunque no exentas de limitaciones y grandes peligros.

 

Cosmopolitanismo digital porque las redes sociales han incrementado y estrechado los lazos entre las personas espacial y temporalmente. Cuando me levanto por las mañanas y enciendo mi iPad u ordenador portátil y me conecto en Twitter o en Facebook puedo comunicarme no solo con mi red social más cercana, amigos de la infancia, de la universidad… también con gente de la que sólo he visto una vez porque residen en las antípodas o con gente que ni siquiera conozco personalmente, pero que por compartir aficiones e intereses estamos conectados virtualmente. Esta conectividad virtual no solo es digital, también es  real, muy real, es decir, que del hecho de que estemos conectados en redes sociales digitales se puede dar la ocasión de conocernos personalmente. Más de una vez he podido encontrarme en el espacio de “carne y hueso” con gente que inicialmente conocí y me amiste virtualmente. De estas conexiones algunas preexistentes y otras nuevas, me inspiro y se inspiran, o en otras palabras, nos inspiramos mutuamente compartiendo y dando a conocer facetas privadas de nuestras vidas y mucha información, a veces, útil, otras, no tanto. La inmediatez es otro atributo de las redes sociales digitales. Una conexión constante y ubicua hacen que podamos gestionar la comunicación en tiempo real. El mundo gracias a las redes sociales digitales y sus características se hace más pequeño y todo está a un clic o dos de distancia para comunicar, compartir, o incluso, comerciar.

 

La ciberutopía es la otra cara luminosa de las redes sociales. La(s) primavera(s) arabe(s), o los distintos levantamientos populares que se han visto en lugares como Túnez, Libia, Egipto bautizados por Noam Chomsky como “sublevaciones democráticas globales”, fueron en gran parte promovidas a través de las redes sociales digitales. Aunque la revolución no será nunca televisada como nos recordó Gil Scott-Heron, y ni mucho menos tuiteada, si que es cierto que las redes sociales digitales facilitan una conciencia de que es posible cambiar y transformar el mundo para mejor. El nuevo cosmopolitanismo digital realmente permite ser un “ciudadano del universo”. En cuestión de segundos uno puede enterarse de noticias de cualquier parte del mundo en torno a problemas como el cambio climático, la política o la guerra y de esta forma organizarse o actuar en consecuencia, de ahí la ciberutopía. Las acciones cívicas que tienen un impacto en la sociedad son canalizadas gracias a Internet y las redes sociales virtuales son el claro ejemplo de que se puede canalizar la indignación de la gente excepcionalmente.

 

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Sin embargo, tanto el cosmopolitanismo digital como la ciberutopía pueden tener su lado oscuro.  Ser un ciudadano del mundo en la era de Internet es difícil a pesar de las grandes promesas de la tecnología de romper barreras personales y culturales. En realidad, Internet o las redes sociales no conectan verdaderamente, ni permiten entender más y mejor, ni pensar más y mejor, ni saber más y mejor. La tendencia humana de interactuar socialmente se hace sólo con un grupo limitado de personas, unas 150 personas o  número Dunbar (epónimo de Robin Dunbar psicólogo evolucionista de la Universidad de Oxford), y cuando llevamos nuestras verdaderas redes sociales, que son aún menores en cuanto a número, a Internet lo hacemos para fortalecer la identidad del endogrupo frente al exogrupo (o los otros). Podría parecer contradictorio pero las redes sociales aíslan. Las redes sociales no han de ser vistas como facilitadoras de un entendimiento global, ni Internet como un espacio de empatía universal. Tecnólogos y activistas como Evgeny Morozov o Ethan Zuckerman nos avisan de que Internet no nos brinda más libertad y que el aislamiento de las personas existe a pesar de estar en la era de las TIC. Zuckerman en su nuevo libro Rewire cita como “mientras es más fácil que nunca compartir información y perspectivas de distintas partes del mundo,  a menudo nos encontramos una imagen limitada del mundo que en los días menos conectados” En otras palabras, a pesar de Internet estamos más desconectados que nunca.

 

Morozov más pesimista con Internet, si cabe, ha afirmado en más de una ocasión que Internet niega la libertad. La revelación de la existencia de programas de espionaje masivos llevados a cabo por agencias de inteligencia a las comunicaciones digitales de personas y países le dan la razón. Para Morozov la “red de redes” en lugar de conducirnos a un cibercosmopolitanismo digital, una ciberutopía o promover la libertad ayuda a los dictadores y los regímenes totalitarios. Internet puede usarse para impedir los procesos de democratización. Basta un ejemplo. China ha censurado a ciertos buscadores por albergar direcciones de Internet prohibidas como blogs de disidentes políticos etc. Internet se puede usar para la propaganda y la difusión del odio y encolerizar a las masas.

 

Por otra parte, el mundo está más interconectado que nunca y el nuevo modelo de comunicación que ofrecen las redes sociales digitales donde las personas son agentes activos y productoras de la información sin esperar a que nadie se la trasmita complejifíca todo y añade nuevas dificultades y peligros. La gente puede difundir su propia información trivial e inútil, verter difamaciones o mensajes de odio, y hacer de Internet un gran cubo de basura. Dicha basura de Internet  también nos afecta cognitivamente. Para muchos neurocientíficos, como la Dra. Susan Greenfield, el uso de Internet “cambia la mente” de nuestros jóvenes. Hay efectos muy claros del uso de Internet en el cerebro, asevera Greenfield. Aunque las evidencias científicas sobre los efectos de Internet son discutidas, para quienes creen que sí que Internet tiene un impacto negativo en nuestra psicología, redes sociales digitales como Twitter y Facebook reducen nuestra atención, nos hace más narcisistas y adictos a la gratificación instantánea.

 

El adagio inglés “social media, social change” tiene sus limitaciones. El mito cándido de que Internet y la tecnología pueden salvarnos de nuestros males es falso. Pero frente a los tecnofóbicos (o neoluditas) que temen y alertan de los peligros que trae la tecnología o los tecnofílicos que creen que la tecnología nos hace más libres porque sí, creo que hay un espacio intermedio donde se puede seguir creyendo en un mundo de grandes sueños e ideales para hacer del mundo más justo y mejor, y si la tecnología puede ayudar, mejor que mejor.

 

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