Nadal, ese tenista de oro

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Rafael Nadal, el tenista de quien tanto se habla por estos días con admiración y respeto, es un muchacho muy particular por su manera tan única de jugar. Él mismo lo dice “a mí me mueven la intensidad y la pasión”.
Y eso se ve en la cancha. Cuando juega parece que estuviera enojado y que en cada golpe de raqueta se le fuera la vida. Pelea punto por punto, partido por partido y campeonato por campeonato. Después de salir de una grave lesión y de comenzar de nuevo en campeonatos menores ha vuelto al nivel excepcional de rendimiento que le permite respirar aliviado y pensar que su carrera podrá continuar, a cambio de verse truncada porque su rodilla se lo ordenaba, algo que llegó a pensarse.
¿Cómo lo hizo? Con la ayuda de la ciencia y de un equipo enorme de médicos y terapeutas, con tratamientos muy dolorosos y con una voluntad de hierro. Los meses pasados retirado de las canchas los dedicó a recuperarse y a entrenarse cuando fuera posible.
¿Qué pasa dentro de la cabeza de Nadal, y de todos los otros deportistas que nos asombran y nos emocionan con sus despliegues de técnica, habilidades y belleza?
Los deportistas profesionales de alto rendimiento no sólo muestran una precisión mayor en la ejecución de su deporte específico, sino que tienen un comportamiento superior a nivel de percepción, anticipación y toma de decisiones, si se comparan con el resto de los mortales. Este comportamiento superior es el resultado de entrenamiento intenso y continuo y puede tener algo de habilidades innatas.
Es importante entender cómo el cerebro va cambiando a medida que el proceso de aprendizaje y desarrollo de nuevas técnicas se fijan en diversas áreas cerebrales. Los estudios de la neurobiología están mostrando que se producen cambios no solo a nivel de la fisiología sino cambios estructurales donde participan la corteza motora y la corteza sensorial. Es probable que se produzcan cambios análogos en las cortezas parietal frontal y media.
Las neuronas de los atletas también han sido objeto de estudio y muestran un comportamiento diferente cuando se comparan con personas que no practican deportes. Muestran un grado de afinación mayor, lo que les permite responder con más rapidez y precisión al estímulo externo. Es como si el cerebro del atleta fuera un auto de carreras, en neutro, listo para arrancar.
Y con Nadal ocurre cada vez que le ponen bolas imposibles y él se dispara a tal velocidad que parece volar.
Pero bueno, hemos hablado sólo de que el cerebro afinado por el entrenamiento continuo permite esos logros asombrosos. Como ha dicho Nadal hace poco, “yo no gano los partidos con mi mente sino con mi tenis”. Es su capacidad de mover el cuerpo con fuerza y precisión y producir esos golpes demoledores. Cabeza y músculos que, dependiendo del partido y del contrario entran al comando, la una o el otro.
Cuando no se es especialista ni de lejos del tenis, se ve los partidos con intensidad y pasión y con los nervios alocados. Nadal tiene la virtud de producir esas sensaciones porque él mismo las está viviendo en la cancha y de qué manera:
“Jugar al tenis sin un objetivo…vale. Le doy con una raqueta y paso por encima de la red una pelota. ¿Qué significado tiene? Muy poco. En sí es estúpido. Los deportes en general son estúpidos si uno no los lleva al máximo. Lo máximo es jugar con un objetivo, con una pasión, con una ilusión. Lo he pensado toda la vida. La gente se equivoca muchas veces. Dice: “lo que le encanta es ganar”. A mí lo que me encanta es la competición, el esfuerzo, la concentración de intentar hacerlo lo mejor posible. Evidentemente me gusta ganar, pero lo que me llena es tener la sensación de hacerlo lo mejor que puedo”.

El estudio y el entendimiento de los mecanismos neuronales que diferencian a los atletas del resto de las personas permitirá establecer una base racional para mejorar futuras estrategias de entrenamiento, aunque aparece un interrogante: será esto una cierta forma de dopaje? Quien se entrene con un chip que le permita afinar su cerebro muchísimo más, está o no haciendo trampa. Ya se verá cuando la nanoneurobiología aterrice en los campos de entrenamiento.

 

(Fuente: Cierta Ciencia)

 

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