Las cosas que volcaron (Relato)

Por Francisco de Paula Pestaña Parras

 

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Lo que hizo aquella época tan buena fue que jamás intentaron ser felices. Nunca se trató de eso, de felicidad. Era otra cosa, era agarrase a estar vivos sin heroísmo, sin intención, con terquedad hambrienta de lobos, con obstinación de metástasis.

Ellos fueron las cosas que volcaron. Desde la primera vez que de tan nerviosos, una lamparita se volcó manchando el dormitorio con las absurdas sombras que forman las luces derribadas. En los siguientes encuentros se volcaban mentiras sin importancia o exageraciones, inseguros de gustarse tal y como se veían. Luego volcarían para continuar fumando muchos ceniceros repletos en largas madrugadas de conversaciones desnudos. Alguna cafetera también acabó volcada por los gestos torpes que conllevan las horas sin dormir. Sin darse apenas cuenta, uno de los dos se encontró una tarde volcando los cajones de sus armarios para reordenarlos y dejar espacio al otro. Cuando hubo periodos en los que no se soportaban, se deslizaban entonces desprecios sutiles, volcándose pequeñas dosis de veneno a las que sus cuerpos de tanto convivir aprendieron mutuamente a segregarse antídoto. Al final pareció que de un manotazo consiguieran volcar los relojes de arena, pues ya no les importaba las horas que pasaban juntos y si se revolcaban no era para correrse, sino para enajenarse.

Sin embargo al poco de haberse encontrado, algo lo sorprendió. Fue en una ocasión que caminaban por una calle cercada con edificios de hormigón. Iban conversando sobre nada en especial hasta que a lo lejos sonaron campanas. A ella eso pareció sugerirle una idea y se la propuso:

 

– Tienes que venir a rezar a mi iglesia.

 

Al momento no respondió, descolocado por lo que acaba de escuchar. Sin conocerla todavía mucho, ni de lejos hubiera pensado que ella fuera creyente, pero la cercanía con la que se había referido al lugar apuntaba a que lo era. Además la chica cambió con brusquedad de dirección tomando la opuesta a la que llevaban. No es que quisiera aprovechar que pasarían de camino, sino que quería que acudieran allí explícitamente. Él intentaba excusarse diciendo que tenía varios asuntos y que mejor dejarlo para otra ocasión, pero le insistía tanto que no tuvo más remedio que seguirla hasta un barrio donde varias casas amenazaban con caer.

La iglesia a la que lo llevó sin ser de las mayores de la ciudad, era bastante grande. También antigua; todo allí indicaba varios siglos: las puertas de madera remachadas con clavos a los que la corrosión sugería ceniza, el idioma para las lápidas, la palidez oscura de los ángeles y el ensañarse de sus crucificados. Estaba plagada de bancos, los había en su nave central, más amplia y también en las laterales, aunque esos eran más pequeños. Fue mientras se movían entre los asientos, cuando él inició una conversación que en verdad le incomodaba mantener:

– Así que ésta es tu iglesia.

– Sí. De pequeña venía con mis padres y ya les decía a los otros niños que era mía.

– ¿Y eso?

– Mi familia, que siempre estuvo vinculada por tradición. Ha donado mucho a ella.

– Es verdad, una vez me dijiste que tus padres eran gente de dinero.

– Mucho. Hasta tengo a un antepasado enterrado en una capilla de éstas, de cuando enterraban muertos aquí dentro.

Se lo dijo dirigiendo la cabeza hacia algún lugar inconcreto, estaba claro que no le daba mayor importancia. Él, fijándose en los grupos de ancianas que rondaban los altares, cayó en la cuenta de algo:

– Entonces, ¿cómo es que no te reconocen? Estas personas llevan viniendo aquí años.

– Nunca lo han hecho, al menos por ahora. He cambiado un montón desde cría y sólo me ha dado por volver a entrar hace poco, siendo ya muy diferente a entonces. Además no trato con nadie; llego, estoy un rato en mis cosas y me largo. Alguna vez acabaré topándome con mis padres, claro, y entonces sí que va a ser un problema. Dejé de creer en estas tonterías hace mucho. Ellos pensaban que era la típica cosa de adolescente y se me pasaría, pero se han acabado resignando. Por eso te digo, a ver cómo les explicó qué hago yo aquí.

– Espera, ¿no decías que veníamos a rezar?

– Así es como yo lo llamo, pero no rezo. Además quería ver la cara que se te ponía. Te acabo de decir que la religión para mí son fantasías. En realidad lo que hago es que entro a recitar para mí sola. Cuando ando por aquí cerca y me apetece, me meto y empiezo a repetirme versos en bajito. Si hay misa estoy de suerte, puedo levantar un poco más la voz cuando todos se ponen a entonar sus sinsentidos. Como algo se me quedó de cuando chica, sé cuándo van a acabar la oración y voy calculando para que coincida su final con lo que me estoy diciendo- confesaba esto último divertida, como si jugara; -antes lo hacía caminando por la calle o sentada en un parque, pero la gente me tomaba por loca, hasta que tuve la idea de hacerlo en esta iglesia.

Sentía alivio ante esa explicación y hasta comenzaba a gustarle la farsa:

– Ya ves, a mí nunca se me había ocurrido lo que me estás diciendo.

– Pues es así. Aquí dentro te dejan farfullar todo lo que quieras. Si lo haces fuera eres una perturbada, pero aquí eres una más. Incluso puedes cerrar los ojos mientras recitas o canturreas y la gente no se asusta. A veces sólo cierro los ojos para recitarme en mi cabeza. Nunca viene nadie a molestarme creyendo que me he dormido, porque es normal que dos o tres viejas estén ya roncando en otros bancos. Una tarde, no recuerdo qué estaba diciendo, me emocioné tanto que sin querer se me escapó una carcajada. Miré alrededor convencida de que la gente estaría asustada o incómoda y no sólo no lo estaban, sino que todos me miraban sonrientes, pensarían que era bonito ver a una mujer tan alegre en su fe que hasta se reía o algo así. No sé, fue grotesco. Lo que suelo hacer casi siempre es sentarme apartada mirando hacia delante sin fijarme realmente en nada, pero es para guardar las formas. Y me recito, lo que más hago es eso: recito los versos que me gustan; a veces también las primeras líneas de algún libro que me llegaron tanto que las aprendí; o canturreo letras de canciones o me repito alguna porquería que me dijeron durante un polvo y que me encantó… En fin, ese tipo de cosas. Si supieran en realidad lo que hago aquí dentro, seguro que ni nos hubieran dejado entrar.

Mientras lo contaba, su compañero llevaba un rato mirando un retablo que imitaba mal el estilo de Memling. En su parte baja, unos diablos castigaban a un grupo de condenados. Al acabar de hablar, él se lo señaló para preguntarle en broma:

– ¿Qué te pasa? ¿Es que no temes que acabemos así?

Con desinterés miró la pintura que conocía de sus visitas anteriores, y le respondió tranquilizándole:

– Ah, eso… No te preocupes por el Infierno, yo haré que nos valga la pena.

Sin más retomó la conversación que mantenían antes en la calle y dejaron atrás el barrio de casas ruinosas bajo el sonido de campanas ya diferentes.

Él garabateaba libretas con sonetos e historias. No eran muy buenos, la verdad, pero le entretenía el proceso de imaginarlos. Ocurría que era todavía nuevo en ello y estaba convencido de que alguna vez conseguiría uno que no le secara por el camino y llegaría al papel tal y como lo concibió. A ella, sin embargo, no le agradaba que escribiera sobre aquella relación. Aunque le gustaba recitar los versos de otros, el que alguien pudiera hacer poemas sobre ella la avergonzaba. Tampoco encontraba lo lírico que los hiciera distintos a los demás, sobre todo en el caso concreto de ambos, apenas dos alimañas más reconociéndose a oscuras. De ahí que dijera que también follan las ratas y sus chillidos no tenían por qué ser menos hermosos que los de ellos. Acabó por inventar una forma para que desistiera de dejar por escrito reflexiones o estrofas acerca de lo que sentían. Sabiendo que no soportaba las faltas de ortografía, cuando descubría entre sus cuadernos alguna alusión a ella, se la boicoteaba salpicándolo todo con la letra hache. La incluía al principio de palabras que no la necesitaban, la intercalaba arbitrariamente deformando sus verbos y también la añadía al final, sobre todo si era un término que acababa con vocales. Eso solía bastar para que fuera él mismo quien tachara sus propios párrafos o arrancara las hojas, molesto de ver esas estúpidas haches distorsionando algo que le había costado mucho escribir.

La clave para estar juntos consistía en tenerlo todo listo para abandonarse. Para eso la casa era alquilada, apareciendo el contrato sólo a nombre de uno de ellos mientras el otro pagaba su mitad sin plantearse figurar en el documento. Sus amistades no es que no les fueran comunes, sino que les resultaban indeseables. Por supuesto, nunca invirtieron en un negocio juntos y sus sueños, aunque se los confesaron, no los compartían. Lo habían planeado todo para que en el momento en que alguien deseara alejarse, no lo reconsiderara temiendo a las deudas o a los compromisos. Así cada vez que uno de ellos volvía del trabajo al apartamento, cada vez que sentían de mañana la presencia del otro, era reválida y demostraba que se debía a la pura apetencia. Por último, al conocer sus sueños sabían que si no se abandonaban para perseguirlos, era porque tenerse al lado les realizaba más que cumpliros. Por raro que pareciera, lo que les mantenía entrelazados era la ausencia de ataduras. En ese ámbito, sólo guardaban el respeto que se debe al frío de las hebillas.

Así agotaban ellos su turno de existir. Al contrario de la mayoría, no sentían otra necesidad de trascendencia que entre sí. Se preocupaban de asuntos sencillos como enajenaciones cómplices, profanar ascensores y de las haches a destiempo.

Hasta que ella supo que se iba a morir por una de esas enfermedades hereditarias. Si al conocerlo no se lo contó, fue porque no era inevitable ya que en ocasiones se saltaba varias generaciones y además, si acaso se presentaba solía hacerlo más adelante. O porque no quería, si al final tenía que suceder, estar juntos con la presencia de la muerte tapizándolo todo. Lo malo es que en su cuerpo se le había manifestado más temprano de lo habitual.

Cuando los síntomas fueron imposibles de ocultar, tuvo que compartirlo y le pidió que lo afrontaran unidos. Él prometió acompañarla, aunque en el fondo le aterraba esa enfermedad. Imaginaba a veces, como hacemos todos, su propia muerte. Entonces se decía que le gustaría morirse como Red Richards, que lo hizo muy viejito y de repente, derrumbándose sobre el piano que tocaba en un club; o si no le quedaba otra, hacerlo al menos como Machado, con un verso en el bolsillo, pero por Dios, no de esa manera de tantísimo sufrimiento.

En el caso de ella fue incluso más cruel el proceso. Era joven y por ello presentó más lucha y ganas de vivir. Pero el dolor acabó ocupando cada espacio de su convivencia tanto que ya no hubo lugar para el cariño o lo íntimo. Todo se enrareció en torno a ellos. Si surgía algún momento de alegría, lo exageraban, sobreactuando para intentar obviar su desgracia hasta que resultaba impostado y al terminarse les dejaba un rastro de amargura y vergüenza insana.

Ninguno pudo soportarlo y aquello terminó por quebrarlos. La chica decidió que no deseaba que los últimos días que compartieran fueran así y creyó conveniente pasar el último tramo junto a su padre y su madre. Se mudó regresando a su hogar primero, aunque él la visitaba para seguir al tanto de cómo se iba desarrollando todo.

De esta manera se enteraría de que después de morir, los padres decidieron que el cuerpo se trasladara a su iglesia, pues como le contó, su familia tenía desde generaciones influencia en el templo. Explicaron a la diócesis que pese a su vida llena de pecado, tras su agonía querían que descansara allí. Al principio rechazaron la idea, nadie quería ahí dentro los restos de una pervertida semejante. Hasta que un sacerdote creyó recordar a la joven que a menudo aparecía durante las misas y algunas feligresas lo corroboraron. Tomaron, en efecto, el mascullar de entonces por rezos verdaderos. En consecuencia pensaban que la chica, aunque descarriada, entraba allí a menudo y comenzaba a orar apartada del resto porque se sabía indigna de estar junto a gente buena. Les gustaba creer que aún durante su época más indecente, no dejaba de acudir a buscar perdón y fuerza contra las tentaciones. Se decían que eso demostraba la lucha constante de una mujer frente al mal que tan desgraciada debió de hacerla. En fin, la típica historia de tormentos y culpa que atiborran los santorales.

Semejante cuento, junto a algunas donaciones y lo valioso de su apellido, consiguieron que quedara allí. Poco a poco, la versión de una parroquia que era a la vez tumba de alguien como ella hizo incluso que los devotos le rezaran. Muchos, sobre todo los que habían cedido al deseo, recordaban su historia y asistían a orar para que intercediera por ellos y fueran perdonados.

Mientas, a él las noticias que llegaban de la santidad que la atribuían le parecían ridículas. En ocasiones, ella le hablaba de un soldado que se estuvo tirando algunos meses y de cómo le explicó que las balas que oyes silbando son las que no te alcanzan. A esas no se las teme. Por eso, decía, lo que él la escuchaba no era silbar; que no confundiera silbidos con siseos; que unos lo hacen quienes caminan y lo otro lo que se arrastra. Recordando esas cosas era incapaz de concebir quién podía, a una mujer que vivió tan a ras de tierra, creerla así de cercana al Cielo.

La devoción fue creciendo hasta que al final a petición de los fieles, el cura decidió abrir al menos unos días en semana el camarín que la albergaba para que la gente pudiera orar hacia ella.

Como no podía comprender la situación que se había organizado en torno a la persona que conoció tan opuesta a esa farsa, no tuvo más remedio que acercarse a comprobarlo.

No había vuelto al edificio desde que estaban juntos. Procuró consultar las horas en que se organizaba la adoración para presentarse cuando se estuviera celebrando una. Encontró el templo lleno. La capilla que una vez le dijo que guardaba un antepasado suyo estaba abierta, ya que había sido también la que le destinaron a ella. Conforme se acercaba, el ajedrezado del piso desaparecía bajo los zapatos de los fieles. Hombres y mujeres se arrodillaban en los reclinatorios. Ella estaba algo apartada, junto a un micrófono desde el que dirigía el rezo del rosario con su voz inundando las naves.

Esa enfermedad hereditaria que le quitó la vida fue la religión. Surgió de forma muy débil, algún deseo -en absoluta certeza-, de que algo velara porque las cosas les continuarán yendo bien; un recuerdo de su niñez relacionado con un domingo o una idea que irrumpe, como una nota mal afinada, durante una reflexión. Poco a poco la dolencia se fue intensificando. Ella intentaba racionalizar y llegaba a la conclusión, tras analizarlos, de que esos pensamientos no tenían ni pies ni cabeza, pero no cesaban y cada vez la asaltaban con más frecuencia. Se dio cuenta que le aquejaba la malformación común en su familia y que era irreversible. Siguió combatiendo contra ella en secreto hasta que su comportamiento comenzó a traicionarla y decidió contárselo. Entonces todo fue a peor. Él tampoco era capaz de comprender las causas, las conversaciones que mantenían para convencerla no servían para nada y lo frustraban derivándose en enfrentamientos. La chica cada vez sufría más. Por mucho que lo pensara se daba cuenta de que iba perdiendo la batalla. Renunció a pensarlo, porque era precisamente entonces cuando más dolía, así que optó por rendirse y dejarse llevar. Se trasladó a la casa de sus padres que estuvieron encantados de recibirla y que la comprendían, pues ellos padecían lo mismo. Aunque le dijo que deseaba seguir viéndolo, al poco tiempo él dejó de aparecer a visitarla. Por fin, se convirtió por completo y renunció a seguir viva.

Ahora ya como devota, siempre madrugaba para estar en la iglesia a primera hora, cuando menos personas habían. Entraba a la capilla de su familia y allí pasaba unas horas. Pero cuando los asiduos comenzaron a preguntarse por esa mujer que aparecía cada día, alguien contó la historia con la que convencieron a los curas. El bulo se extendió por otras parroquias y cada vez acudía más gente a conocerla. El cepillo se iba llenando y el sacerdote acabó proponiéndole que estuviera más tiempo, que se dejara acompañar por los otros fieles y que dirigiera los rezos o portara la cesta de las limosnas. Desde el principio aseguró la verdad de la historia sobre ella, temiendo que no la dejaran formar parte de la iglesia tras su pasado. Por eso cuando se comenzó a conocer, no se atrevió a desdecirse, y no tuvo más remedio que aceptar esas propuestas.

Incluso imprimieron unas estampas con su foto y esa misma vida apócrifa que se vendían por un donativo muy razonable, por supuesto obligatorio, pero razonable.

Leyendo esas mentiras, él deseó gritarles a todos la verdad, decirles que hubo una época en que esa mujer estuvo viva realmente y que además lo estuvo junto a él. Quería que supieran que era falso que ella se sintiera culpable y que luchara contra los remordimientos durante ese tiempo. Nunca se encontraron pecadores por la sencilla razón de que no creían en sus valores. Les guiaba la misma inocencia que ves en los chavales que juegan libres en la calle y sabes que, cuanto más sucios, más se divierten. No dijo nada de eso. Sobre esos asuntos ya hablaron durante su distanciamiento y no sirvieron para sanarla, así que sabía que en esa ocasión tampoco sería diferente.

Al salir encontró que afuera hacía un día maravilloso y totalmente despejado. La luz del sol lo bañaba todo vivificando cada forma, cada color. Alzó los ojos y allí estaba el cieno azul de siempre, embarrándole la mirada.

Había una especie de ceremonia en aquel lugar. Tras el rosario, los devotos escribían cómo se llamaban en un pequeño papel o al envés de una de esas estampitas religiosas y alguien se la hacía llegar. Entonces la miraba, leía el nombre de la persona junto al favor que pedía y rezaba para que se cumpliera. Lo usual eran una o dos letanías, luego le pasaban otra petición y así sucesivamente. Una vez, durante un día espléndido, leyó uno de los papelitos que le entregó quien la asistía. De forma apenas perceptible, se detuvo en esa nota un poco más que de costumbre y la volvió a dejar con las otras. Empezó a rezar, pero en este caso fue diferente. Los minutos que por norma solía conceder a cada intercesión se fueron prolongando más de la cuenta. Otras veces pasaba, por ejemplo cuando la solicitud era para que se curara un enfermo grave o cosas así, pero hasta para eso parecía que en este caso se estaba distrayendo demasiado. No se detenía, continuaba. Las personas a su alrededor comenzaban a extrañarse, quienes esperaban el turno de su súplica se impacientaban, pero ella ignoraba cuanto la rodeaba y seguía. Por si todo aquello no era lo bastante insólito, ocurrió que los situados más próximos eran incapaces de identificar lo que rezaba. De tanto escucharla orar, con el tiempo se acostumbraron a la tonalidad y salmodia de sus plegarias hasta reconocer cuál fragmento de un avemaría o un padrenuestro murmuraba, pero ahora eran incapaces. No sólo porque recitaba algo más bajo de lo habitual haciéndolo indescifrable, sino porque respondía a una cadencia distinta. Hubo quién apostó que aquello no se parecía a oraciones que hubiera escuchado susurrar antes a nadie, sonaba como poesía.

El suceso se prolongó varias horas más. La gente poco a poco fue abandonando el edificio mientras ella no cesó hasta que comenzaba oscurecer.

A la mañana siguiente de nuevo abrieron sus puertas y los fieles volvieron a la iglesia. Regresaron asustados, temían que sin ser era todavía tan mayor, lo que vieron la jornada pasada pudiera delatar un principio de senilidad, aunque temprana. Al llegar la encontraron totalmente normal, continuaba como siempre, a lo mejor algo más silenciosa y ensimismada, pero fueron pocos los que lo advirtieron y ella siguió con la costumbre de interceder por los nombres que le entregaban.

El incidente nunca volvería a ocurrir, aunque había sido en verdad muy extraño. Tanto que, en un momento mientras transcurría, mientras ella se encontraba inmersa en sus extravagantes plegarias, la encargada de darle las peticiones recogió con intriga el papel causante de todo y lo desdobló para leerlo. Ya apenas si lo hacía pues la tarea de acercarle los encargos se le había convertido en algo mecánico, pero en esa ocasión quiso comprender qué estaba pasando. Lo que leyó no le aclaró nada, al contrario, sólo sirvió para aumentar su confusión. Se dijo que de haberlo revisado antes, nunca se lo hubiera entregado y no porque en él apareciera un insulto o una blasfemia, en absoluto. Sencillamente no tenía ningún sentido lo allí escrito, para colmo, con falta de ortografía:

De esos años, todo lo que no tocaste ya se ha roto, quherida.

 

 

 

 

 

FIN

 

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