Del sentimiento melancólico de la vida

Javier Estel Madrid

 

la foto(1)Solo la soledad resuena larga decía un verso de José Ángel Valente. Resuena porque la soledad es callada, porque su silencio es paisaje en donde se recorta nuestra verdad: lo que hay, lo que somos. Frente a ella, frente a ese tensión delicada y casi infinita de los sucesos que tienen lugar en los espacios solitarios —la habitación o el bosque— en el ruido de nuestras vidas occidentales y posmodernas todo es fugaz. Y no un silencio solo audible, no un movimiento solo observable, sino algo más… Cuando el hombre se encuentra solo el suficiente tiempo ha de creer por fuerza en lo sobrenatural y lo trascendente porque lo necesita. La otra opción, el descubrimiento de la nada, no se la recomiendo.

La soledad es tan larga como la melancolía. También aquí es imposible saber si fue antes la gallina o el huevo. Pero cómo se gustan, cómo cohabitan y se reproducen ante nuestra permisividad, ante nuestro regodeo en ese mal de los genios que Occidente ha disfrutado de maneras diversas. Desde la tradición platónico-aristotélica, el melancólico, el solitario, es, por taciturno, un hombre con don cuyo decir puede alcanzar cotas poéticas a medio camino entre los hombres y los dioses, cuando no mensajero de estos últimos. Y así lo recuperan los renacentistas, sobre todo el no tan conocido —pero importantísimo en la historia de Occidente— filósofo italiano Marsilio Ficino. Tras un periodo medieval en donde la acedia es el origen de todos los pecados, como consecuencia de un amor irregular descrito como enfermedad en los tratados médicos, los renacentistas italianos recuperan el valor melancólico del poeta, la necesidad de esa bilis negra que nos hunde no sabemos en qué pozos, quizás invertidos, para la creación artística.

Y Occidente aprendió estas ideas y de ellas fue nutriendo a cada nueva generación de hombres, con especial ahínco en los años del Romanticismo, en donde la soledad melancólica era una obligación moral del poeta, marginado y repudiado por la sociedad y el destino. De aquel extremo, consecuencia del llamado mal del siglo, cuyo mayor ejemplo es Werther, se ha pasado tras muchos avatares a nuestros días… De aquel extremo en el que los hombres buscaban hundirse en la nostalgia a una sociedad en la que se evita a toda costa, cuya invisible ideología imperante resuena con consejos chuscos: «Tú vive el momento. No te rayes…». Y a un paso tienen, en Facebook, en whatsapp, en los centros comerciales, en los malos consejeros… todas las opciones del mundo para hacer efímera esa otra parte importante del hombre, a veces incluso autoengañándose a sí mismos, pasando demasiado rápido páginas de su propia historia que más tarde leerán mal.

¿Quién hoy es curioso o valiente de permitir a la melancolía invadirlo todo en su amplia soledad? ¿Quién se atreve a descubrir esa otra parte del hombre también necesaria de conocer? ¿Quién confía en que descender al infierno puede ser la catarsis para hacernos más fuertes cuando la vida nos golpee de verdad frente a esos hombrecillos, jóvenes sobre todo, a los que se les ha malenseñado que hay  que rehuir cualquier dolor? ¿Quién lee, ahora mismo, a altas horas de la noche, un poema de nuestros días, que no es sino la proclamación de la voz de la melancolía que se verbaliza, que llega al mundo comunalmente, bajo una sola forma, a través de los versos de esos últimos hombres?

Desde mi nueva soledad, en la ciudad de Unamuno —el que al decir Del sentimiento trágico de la vida, no dijo menos Del sentimiento melancólico pienso que hoy, en estos instantes, todos los hombres que degustamos la soledad con todos sus descubrimientos, nos hallamos unidos íntimamente. Somos el mismo.

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 @JaviEstelMadrid

 

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