El sentido de la crítica.

Por Anibal Monasterio Astobiza

MusasWikimedia

 

La crítica, la teoría y la historia son los tres cabos que forman la trenza de la obra de arte. A través de esta expresión tan poética quiero decir que toda obra de arte, creación libre de un artista, necesita de la crítica que es juicio estético o valoración de la obra, de la teoría porque toda crítica se sustenta sobre unos principios desde donde se deducen las distintas interpretaciones, y finalmente, de la historia porque toda obra de arte es hija de su tiempo, fiel reflejo de las condiciones actuales de su producción (económicas, sociales o políticas) e influenciada o en contestación de lo que la precedió.

 

Así, la crítica es una guía para perplejos que contextualiza toda obra de arte en corrientes, tradiciones y metodologías ante la gran pluralidad del mundo contemporáneo lleno de diversas interpretaciones. El sentido de la crítica, es por tanto, revelar las raíces en las que se hunde una obra de arte y dar a conocer sus antecedentes.

 

La crítica tal y como la conocemos actualmente nació en el siglo XVIII con el espíritu ilustrado, la emergencia de nuevas ciencias, técnicas y artes y la necesidad de que el público educado recepcionara obras de arte autónomas, aunque como todo podemos remontarnos a la antigüedad clásica con Aristóteles y Platón y sus discusiones de poesía y arte como actividad teórica. La crítica floreció en Europa durante el siglo XIX en adelante gracias a los nuevos sistemas de impresión y reproducción y la consolidación de fuertes tradiciones críticas en países como Alemania, Suiza, Inglaterra, Italia etc.

 

Alcanzado el siglo XX la crítica se erige como toda una actividad teórica en si misma que requiere de un rigorismo metodológico y analítico que bebe de fuentes filosóficas y científicas y abarca  todas las manifestaciones culturales: pintura, escultura, danza, arquitectura, música, cine, literatura…

 

Son tantas las interpretaciones críticas, los comentarios, los comentaristas que el ensayista, filósofo, novelista, y hasta crítico, George Steiner ha señalado que el actual declive de las humanidades se debe a la “polución de la critica” o la inacabable proliferación de textos sobre textos sin que se vea por ninguna parte el original o la obra de arte. “Vivimos en una época Bizantina o Alejandrina, una época en la que el comentarista o el comentario se sitúan por encima del original” dijo George Steiner en una entrevista para la Paris Review. Steiner prosigue diciendo en la misma entrevista: “Saint-Beuve murió remarcando que nadie construirá una estatua de un crítico, ¡Oh Dios! cuán equivocado estaba” Para Steiner y otros muchos toda obra de arte tiene un valor fundamental y primordial, el comentario, la crítica, tiene un papel secundario y siempre supeditado a la obra de arte.

 

Sin embargo, hoy en día los críticos tienen su propio papel de artistas porque ejercen el arte de la crítica hecho que plantea el problema wildeano sobre la verdadera función de la crítica: ¿es igual o más importante el crítico que la obra de arte? Sea como fuere, el público contemporáneo aclama la lucidez del critico a la par que el talento o el virtuosismo del artista reflejado en la obra. Y lo que es peor los artistas temen a los críticos porque de su juicio depende muchas veces su carrera y esto conduce al culto del crítico.

 

Ante la creciente importancia del papel cultural e históricamente atribuido de la crítica en su tarea de interpretar y desvelar la obra de arte Susan Sontag en Contra la Interpretación (1964) reniega de la hermenéutica y aboga por una erótica del arte. Rechaza la interpretación porque ésta agota la complejidad de la obra de arte al reducirla a categorías perennes y reclama una erótica del arte donde se fomente sentir la obra de arte en lugar de intelectualizarla.

 

El nuevo criticismo o criticismo personal surgido de esa boutade filosófica llamada posmodernismo también decide prescindir de la “clase de los interpretadores” como calificaría Sontag a los críticos, con un movimiento argumentativo muy políticamente correcto de acuerdo a los tiempos que vivimos. El crítico se internaliza en cada uno de nosotros. Según el nuevo criticismo personal cada uno de nosotros tenemos los medios y recursos como para poder juzgar por nosotros mismos, sin necesidad de una valoración externa, la cualidad de una obra de arte. Todos somos interpretadores.

 

Entiendo el rechazo a la crítica tradicional por generar múltiples interpretaciones que hacen que se olvide el original (la obra de arte), con el efecto perverso de que el critico se erija como un nuevo artista, pero la crítica no puede desaparecer confiando como lo hace el nuevo criticismo personal en que cada uno de nosotros seamos capaces de enjuiciar el arte.

 

¿Acaso no incurre el nuevo criticismo personal en el extremo de una infinita lista de interpretaciones al convertirnos a cada uno de nosotros en críticos?

 

El sentido de la crítica sigue siendo guiarnos y contextualizar la obra de arte. Sin la crítica el mundo contemporáneo de la cultura es caótico y desmedido. La solución es sentarse en medio de entre dos mundos posibles, un mundo con una clase o estirpe de críticos que nos guían y un mundo donde cada uno de nosotros nos guiamos solos. Sentarse en el medio de estos dos mundos supone una lógica hegeliana de superación de la contradicción resultante de quedarse con una critica tradicional de múltiples interpretaciones o una critica personal de infinitas interpretaciones. Elijo como siempre la posición intermedia solo que ahora tenemos que ser críticos con la crítica.

 

 

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