El ritmo de la tierra. Paisaje holandés del siglo XVII y americano del siglo XIX

24 de septiembre 2013 – 6 de enero 2014
Acceso gratuito

 

El Museo Thyssen‐Bornemisza presenta a partir del 24 de septiembre la séptima entrega de la serie <miradas cruzadas>, dedicada a la representación del paisaje en dos épocas y lugares diferentes. Bajo el título El ritmo de la tierra. Paisaje holandés del siglo XVII y americano del siglo XIX, la muestra reúne una selección de diez obras del Siglo de Oro holandés y de pintura norteamericana del siglo XIX, escuelas, ambas, que cuentan con una presencia destacada en las colecciones permanentes del Museo. Será, como siempre, en el balcón mirador de la primera planta y con acceso directo y gratuito desde el hall central.
Esta nueva instalación muestra la influencia que el paisaje holandés tuvo sobre el americano, un tema que ya apuntó en 1980 la historiadora del Arte Barbara Novak en uno de sus libros más conocidos, dedicado a la pintura norteamericana de paisaje entre 1825 y 1875, cuando en Estados Unidos se pudieron contemplar obras de grandes paisajistas holandeses. Ambas escuelas, con diferentes estilos y lenguajes artísticos, eligieron el paisaje como género pictórico fundamental de sus obras, convirtiéndolo los primeros en un género independiente y los segundos en un medio de expresión de profundos sentimientos.
Organizada en torno a cuatro apartados ‐La tierra sin límites, Naturaleza rural, En el camino y Rincones de bosque‐, la muestra descubre analogías y divergencias en la interpretación que del paisaje hicieron los artistas holandeses Philips Koninck, Jan Josephsz. van Goyen, Jan Jansz van der Heyden, Aert van de Neer y Meindert Hobbema y los americanos William Louis Sonntag, George Henry Durrie, Albert Bierstadt, Asher B. Durand y John Frederick Kensett.

 

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Philips Koninck. Vista panoramica con ciudad al fondo, 1655.

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William Louis Sonntag. Pescadores en los Adirondacks, c. 1860‐1870.

La tierra sin límites
Dos grandes lienzos abren la instalación con panorámicas de horizontes infinitos, un formato de paisaje que interesó a numerosos artistas: Vista panorámica con ciudad al fondo (1655), de Philips Koninck, y Pescadores en los Adirondacks (c. 1860‐1870), de William Louis Sonntag.

Separadas por dos siglos, ambas pinturas comparten una perspectiva elevada e introducen elementos que dejan entrever la presencia humana: los campesinos, las casas y el atisbo de una ciudad en el paisaje holandés de Koninck y los pescadores y la cabaña en las montañas estadounidenses reflejadas por Sonntag. En ambos casos, además, al difuminar los últimos planos consiguen que las vistas parezcan infinitas, fundiendo el cielo y la tierra en la lejanía o empleando la niebla como recurso.

Jan van Goyen. Paisaje de dunas con cabaña y figuras, 1629.

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George Henry Durrie. Otoño en Nueva Inglaterra, la elaboración de la sidra, 1863.

Naturaleza rural
Las obras de Jan van Goyen y George Henry Durrie retratan la vida en el campo aunque desde distintos puntos de vista. Las nubes grises, el azote del viento y la casa semiderruida de la pintura de Van Goyen reflejan una dureza que contrasta con la luz, el orden y la tranquilidad que transmite la escena campesina de Durrie. La escasez frente a la abundancia en dos interpretaciones del mundo rural.

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Jan Jansz van der Heyden. Cruce de caminos en un bosque.

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Albert Bierstadt. Calle en Nassau, c. 1877‐1880.

En el camino
Los senderos transitados fueron también fuente de inspiración para los artistas holandeses y norteamericanos. Jan Jansz van der Heyden eligió una sinuosa vereda para plasmarla en su obra, mientras que Albert Bierstadt se centró en una amplia avenida de las islas Bahamas para la suya. Coinciden, sin embargo, a la hora de situar a varios transeúntes recorriendo sus caminos y en el empleo de la luz para destacar estassendas. En el caso de Van der Heyden, quedan iluminados el cruce y la arboleda. Bierstadt, por su parte, deja que el sol penetre entre las copas de los árboles para destacar una vía que se pierde a lo lejos, germen de las carreteras que se convertirán años después en un tema genuinamente norteamericano.

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Izda. Asher B.Durand. Un arroyo en el bosque, 1865.
Dcha. John Frederick Kensett. Pescador de truchas, 1852.

Rincones del bosque

El último apartado de la instalación remite a la variada naturaleza presente en los bosques. Los dos lienzos norteamericanos, de Asher B. Durand y de John Frederick Kensett, cuentan con un formato vertical en el que los artistas dan todo el protagonismo del paisaje a altos árboles de bosques cerrados, que ocupan el lienzo de arriba abajo.

Las obras holandesas de Aert van der Neer y de Meindert Hobbema son, por el contrario, horizontales, lo que permite que la arboleda sea más abierta y se vea una mayor porción de cielo y nubes, que comparten protagonismo con la vegetación. El elemento común en estos cuatro paisajes es la presencia del agua, con menor superficie en el caso de las pinturas norteamericanas que en las holandesas, en las que se funde con la tierra.

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Meindert Lubbertsz Hobbema. Bosque pantanoso, c.1660‐1663.

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Aert van derNeer. Bosque con un rio, c. 1645.

Source: http://www.museothyssen.org

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