Mutis, El Gaviero de las letras hispanoamericanas

Por Manuel García Verdecia

 

alvaro mutis

 

Álvaro, ese gigante con pies de Niño Dios, al decir de su amigo Gabo, no es sólo niño de pies sino en la inocencia íntegra y soñadora de su ser, en su constante humor y juego con la , en su honrada manera de querer el bien.

Los narradores colombianos de la segunda mitad del siglo XX han tenido que imponerse a la fatalidad de haber nacido en los mismos lindes espacio-temporales que Gabriel García Márquez. La obra del autor de Cien años de soledad ha ejercido una gigantesca fuerza gravitacional que ha conseguido doblar el espacio de la crítica y ha ocultado por tanto otros nombres cuyas obras resultan también tremendamente aportadoras. Tal es el caso de su coterráneo y entrañable amigo Álvaro Mutis.

Ahora, acaba de morir a sus noventa años en México y se le recuerda y celebra justamente. Mutis no ha sido solo un  singular y un amigo de los que arriesga la piel por aquellos que quiere, sino también de los escritores más completos y singulares de las letras hispánicas. Su obra, sin dejar de enraizarse en el tórrido ambiente de esta región americana se dilata hacia unos márgenes que la hacen perfectamente cosmopolita. En  cuanto ha hecho se mezclan la historia, diversos paisajes, la imprecisable correspondencia entre hombre y naturaleza, los objetos cotidianos que acompañan al hombre, así como esa desesperada tentativa de escapar a los cataclismos que nos condenan, como el desamor y la derrota.

Mutis, hay que decirlo, es (de los creadores no se puede hablar más que en presente pues su obra se rehace con cada lector)  ante todo un poeta. Lo es no porque en sus versos se halle lo más logrado de su escritura, sino porque en cualquier  de escrito en que se exprese está la percepción descubridora, apasionada, intensa y recuperadora del poeta. Ya en unos poemas que denominara «Programa para una poesía» dejaba ver lo que para él era este arte:

«Del fondo más profundo de la noche surge este sonido planetario y rugiente que arranca de lo más hondo del alma las palpitantes raíces de pasiones olvidadas.»

De modo que la poesía viene desde lo más insondable y se manifiesta con voz planetaria para hacer revivir lo preterido. Para esto se hace necesaria una actitud que nos reconcilie con nuestros orígenes. Declara:

«Busquemos las palabras más antiguas, las más frescas y pulidas formas del lenguaje, con ellas debe decirse el último acto. Con ellas diremos el adiós a un mundo que se hunde en el caos definitivo y extraño del futuro».

Así sus poemas no solo destacan por el burilado  de las palabras, siempre con una prestancia regia, sino con ese tono de nostalgia de quien se despide. El sujeto lírico recuerda y siente pena por un devenir que anula toda  conseguida. En sus poemas no solo están rincones amables y presencias queridas, sino, sobre todo, un mundo que se deshace.

Sin embargo lo poético no está únicamente en sus versos. Entre sus narraciones y sus poemas crece un entramado muy coherente. Constantemente se trasvasan citas y motivos de uno a otro modo escritural. Lo poético está en la exactitud meticulosa y bellísima del lenguaje que entrevé, mientras lo narrativo está en el recuento de una circunstancia que se desmorona. Así los inefables personajes de sus novelas que resumen nervaduras del ser, como el Capitán de La del Almirante que, en un ámbito que no lo complace, avanza como un bote irremisiblemente condenado a desbarrancarse por los rápidos de la vida, o la bella Ilona, que llega con la , ayuda en la solución de las más inenarrables complicaciones, se deja amar sin llegar a ser poseída y no se aparta del alma aun sin la esperanza de una reconciliación, o el libanés Abdul Bahur, soñador de navíos,  con toda su habilidad de negociante emprendedor sin dejar de ser amigo bueno e inclaudicable, o ese viejo vapor, Alción, toda una prosopopeya que vaga como alma en pena, entre Estocolmo y el trópico, con su asmática maquinaria, un emblema de lo que actúa más por voluntad que por posibilidad, son todos esferas de una poesía del extravío y la ironía de la existencia.

Mientras tanto, sus poemas frecuentemente gozan del carácter narrativo al ponernos ante una singular. No es fortuito que su protagonista más deslumbrante y reconocido haya surgido en sus poemas, pues ya en Los  del desastre, de 1953, presentaba su rostro enigmático pero cordial Maqroll el Gaviero. La palabra «desastre» es clave para entender la producción literaria de Mutis, pues sus personajes, temas y tonos parecen siempre bordear, sortear o atravesar acontecimientos calamitosos. Es como si el hombre solo llegara a conocer quién es y a descubrir sus mejores cualidades cuando lo rige el desastre.

Él mismo ha confiado ser un pesimista sin remedio. Cree que quien se considere optimista es aquel al que «le faltan los datos». De modo que conocer es obtener la información de que nos hallamos indefectiblemente condenados a la pérdida. Esta por lo general suele ser de dos tipos, bien el descalabro en lo afectivo o en lo efectivo, e incluso a veces en los dos aspectos concurrentemente. Tal vez un apunte del diario del Gaviero en la novela La nieve del Almirante nos resuma mejor esta óptica de pérdidas y nostalgias. Allí describe sus «fantasmas ya rancios» que reiterada y persistentemente lo acosan:

«… el vivir en un tiempo por completo extraño a mis intereses y a mis gustos, la familiaridad con el irse muriendo como oficio esencial de cada , la condición que tiene para mí el universo de lo erótico siempre implícito en dicho oficio, un continuo desplazarme hacia el pasado, procurando el momento y el lugar adecuados en donde hubiera cobrado sentido mi vida y una muy peculiar costumbre de consultar constantemente la naturaleza, sus presencia, sus transformaciones, sus trampas, sus ocultas voces a las que, sin embargo, confío plenamente la decisión de mis perplejidades, el veredicto sobre mis actos, tan gratuitos, en apariencia, pero siempre tan obedientes a esos llamados.»

He aquí una sinopsis de lo que podría llamarse el universo expresivo de Mutis, tanto en su poesía como en su narrativa.

No resulta extraño entonces que, al recibir la noticia de su designación para el Premio Cervantes 2001, confesara que, por venir de España y tener ese nombre, el lauro alcanzaba una significación profunda yentrañable. Según él, desde niño ha tenido una especial devoción por don Miguel, fundamentalmente por el ser humano que pasó por una vida tan encontrada y dolorosa y difícil. Lógicamente que la ardua y excepcional vida del escritor español y del contenido de su obra suprema deben resultar tremendamente atractivas para un autor cuyos personajes e historias infaliblemente padecen existencias encontradas, dolorosas y difíciles.

Álvaro Mutis, quien ha dejado constancia explícita de su pertenencia al ámbito cervantino, no puede entenderse desligado de sus desusados personajes. Los grandes de la literatura se destacan precisamente por enriquecer el universo literario con esos seres que necesitamos en la vida para comprenderla, para explicarla, para no estar tan solos, para ayudarnos a fundar un sentido. Homero nos dejó a Odiseo, Cervantes nos dio a Quijote y Sancho, Tirso nos legó el Burlador de Sevilla, Don Juan, Fernando de Rojas aportó la alcahueta universal, la Celestina, etc. A esta lista de los insuperables en el siglo XX hay que incorporar al Pedro Páramo de Rulfo, o los Buendía de García Márquez e, inobjetablemente, al Gaviero, a Ilona, a Abdul, paridos por Mutis, todos de una consistencia y una complejidad apasionantemente humanas.

Por supuesto, no toda la literatura de Mutis se reduce al Gaviero. No obstante, el mismo resulta paradigmático, porque este ser extraño y entrañable resume mucho de nuestra conflictiva humanidad. El personaje, que no es como decía Flaubert, c’est moi, porque es Mutis y más, apareció desde los inicios del escritor en la literatura. Surgió en su segundo poema, precisamente una plegaria, la Oración de Maqroll el Gaviero. En ella dialoga con el Creador de todas las cosas y entre otros pedidos le ruega, «Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro». Tal vez para escapar a esas leyes de la manada es que Maqroll se hizo navegante. Él es en esencia un marinero, un ser que existe no en un lugar sino desde un lugar. Cuando está a la vez ya va partiendo. Es un devenir, ser que deriva constantemente hacia lo otro, como si una urgencia existencial lo impulsara a no estarse quieto. Incluso su oficio de gaviero, en lo más alto de un mástil, lo lleva a buscar en lontananza. Va en la nave pero preanunciando lo que se avista. No se siente cómodo en el espacio presente, tal vez de aquí esa infatigable búsqueda tratando de encontrar lo que ya fue. Es así que sus lecturas sean textos remotos, inusuales, básicamente memorias, de Chateaubriand, el cardenal Retz, el príncipe de Ligne… Entre lo que fue y lo que vendrá navega este hombre con destino de ola. Esto hace de Maqroll un hombre de desencuentros y amores frustrados. Nada tiene que esperar quien siempre parte. El que espera es porque tiene esperanza de revivir donde es. Quien desespera parte. Maqroll se anima por una peculiar filosofía. En su tenducho en las montañas colombianas escribía en las paredes estas súmulas, como diría Lezama, de su particular modo de ver. En una se lee, «Soy el desordenado hacedor de las más escondidas rutas, de los más secretos atracaderos. De su inutilidad y de su ignota ubicación se nutren mis días». Evidentemente, el Gaviero no es un pragmático. No tiene el concepto de utilidad, ni el de alcanzar una meta. Su destino es ser. Ser que es navegar. Pocos personajes ejercen en los lectores el poderoso influjo que Maqroll. Quien lo encuentra, quien lee de él, cree haberlo conocido y, una vez conocido, no podrá privarse de su presencia.

Mutis posee el don del lenguaje. En él la prosa es cristalina, nunca apela a rebuscamientos ni oscuridades. Claridad del cristal pero, como este, con el poderoso trasfondo de su enigmática belleza. Es autor de raza clásica, esos donde el lenguaje se hace legible para poder ocultar sus secretos. Más que para evidenciar estos, para conducirnos, hechizados, por sus senderos magníficos e inusitados. Su mundo narrativo tiene que ver con la extrañeza de sus personajes, con ese universo de búsquedas, viajes, encuentros y desesperanza, en un tráfago donde late el hombre intemporal. Su prosa nunca ha abandonado la poesía. Su poesía jamás se ha apartado del narrar. El mundo es un relato que hay que contar. En este la realidad va de la mano de la imaginación, porque ¿qué es la imaginación sino «la forma de las cosas que vendrán»? ¿No es esta la parte oculta de esa luna que brilla delante nuestro cada día, la realidad? Ya lo dice él, «inventar, pero dentro de una verdad literaria».

Por último, hay que destacar en el autor su existencia coherente. Álvaro, ese gigante con pies de Niño Dios, al decir de su amigo Gabo, no es sólo niño de pies sino en la inocencia íntegra y soñadora de su ser, en su constante humor y juego con la vida, en su honrada manera de querer el bien. El mundo cervantino lo acoge con plenitud de dignidad. Don Quijote y Sancho tienen un compañero afirmado en esos afanes de restituir la belleza y el bien. Desde su gavia, en lo alto, Mutis, es decir, Maqroll, les marcó, les seguirá marcando una nueva aventura. A pesar de todo, la imaginación no ha sido derrotada aún. 

 

Fuente: MediaIsla

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