El país que amó Orson Welles

 Por Antonio Costa Gómez

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Era un país con muchas culturas, pero era una casa para todos. No solo eran eslavos de distintas religiones, también eran judíos, gitanos, húngaros.  Ahora cada uno está encerrado en su casa, y algunos no tienen casa porque tienen sangre mezclada. Les han robado su país, que se  perdió en la memoria y el cine. Yugoslavia era una idea, un modo de vida, un sueño.  Orson Welles amó Yugoslavia.  Rodó “El proceso” en Zagreb,  cenó con Tito en Belgrado, se paseó por el hotel Lev en Liubliana, se escondió en una isla en Montenegro,  asistió en Sarajevo al estreno de “La batalla del río Neretva”.  Orson Welles era expresionista y la cultura yugoslava también lo era. Goran Bregovic, Emir Kusturica, Ivan Mestrovic, Miroslav Krleza, Danilo Kis,  el zenitismo,  mostraron la expresividad de Yugoslavia.  Peter Handke en “Un viaje de invierno”  dice que las pequeñas cosas podrían unir a los yugoslavos.  Unas mujeres audaces en un Sarajevo multicultural inspiraron la fascinante novela “El olor de la lluvia en los Balcanes”  de Gordana Kuic. Un serbio le dice a Brian Hall en “El país imposible”: “Si quieren dividir Yugoslavia que dejen una parte para los que todavía queremos vivir juntos”.   Ivo Andric expresó en “El puente sobre el Drina” la necesidad de esos puentes que ahora se han roto.

 

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En agosto de 2013 nosotros buscamos el aliento de Yugoslavia. En  Zagreb  los cuerpos desnudos del yugoslavo  Iván Mestrovic  de “La fuente de la vida” todavía  se retuercen junto al agua delante del Teatro Nacional sin decir si son croatas, serbios o musulmanes. En la casa donde nació en  la calle Radiceva  recordamos al apasionado  Miroslav Krleza cuyo protagonista dostoyevskinao de “El retorno de Filip Latinovic” buscaba sus orígenes y sus sueños en la Panonia llena de lagos.  En la elegante e incomprendida Belgrado la noche bulle en miles de cafés en la Skadarlija, su entrañable equivalente a Montmartre,   y en  bares en  barcos sobre el Danubio. Y en el Club de los Trotamundos, donde uno encuentra la esencia del mundo entero, se percibe que los serbios no son todos terribles nacionalistas como creemos. En  Novi Sad vuelven los puentes sobre el Danubio que rompió la OTAN y en los sótanos del  castillo  pululan los artistas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn Prístina, Kosovo, las fuerzas de la OTAN recuerdan  por todas partes el protectorado norteamericano, en medio de niños que bailan sobre surtidores de colores, cafés llenos de cómics o los edificios más feos del mundo, como la Biblioteca Universitaria, que parece una malla cubierta de huevos podridos.  Cambiaron a Serbia por Estados Unidos,  que mantiene allí una de las bases más grandes del mundo, veremos como los echan si algún día se cansan. Y mientras tanto las iglesias serbias sirven de urinarios, yacen  dañadas rodeadas de alambres o protegidas por la policía,  como la del sublime monasterio de Gracanica, donde una reina nos mira con ojos visionarios.   El castillo de Prizren, al sur de Kosovo,  vigila minaretes y campanarios  mientras brota un agua mágica por todas partes y las tropas de la OTAN reparten una revista para adolescentes.

En Mostar la animación nocturna vibra en torno al puente mágico que restauraron los españoles y otro puente más escondido que le sirvió de modelo y rincones secretos asomados al río Neretva. . Sarajevo fue un día la capital del sueño multicultural, como expresó Ivo Andric en “Café Titanic” , y ese sueño fue amenazado tanto por los serbios nacionalistas como por los islamistas de Itzebegovic (que defendía un imperio islamista desde Marruecos hasta la India)  apoyados tanto por los yihadistas como por los progres occidentales. Solo conocemos a los francotiradores serbios de tantas películas pero no a los francotiradores bosnios que disparaban sobre los barrios serbios ni a los especuladores que vendían a su propia gente los alimentos que enviaba la ONU ( y que tal vez, según un informe de la ONU, mataron a su propia gente en una cola del pan para forzar la intervención de la OTAN). Sarajevo es una ciudad dividida, los barrios del sur son serbios, pero felizmente aún hay monumentos de todas las religiones y las palomas siguen flotando en la plaza Sebili sin afiliarse a ninguna religión. También descubrí un tiovivo al sur del río, al lado del puente Latino donde un nacionalista acabó con la Kakania de Robert Musil, y eso es buena señal.

 

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En Visegrad  vimos el edificio donde estaba el hotel de  la tía Lotte de “El puente sobre el Drina”, la mujer judía que había venido de Cracovia y sostenía a todos con su coraje hasta que se derrumbó melancólicamente. Ahora mirábamos su fantasma  vagar por  el puente legendario al lado de Ivo Andric, donde sonaban las guitarras, las chicas jóvenes reían con sus ocurrencias, y los poderes de la piedra se aligeraban en el agua.  Y en Travnik, fría en las montañas del centro de Bosnia, con su castillo en lo alto, con sus manantiales del Agua Azul donde cotilleaban los mercaderes de “Crónicas de Travnik” visitamos la casa natal de Ivo Andric y tomamos algo en el Café Cónsul  en el jardín donde el joven bosnio Salko espiaba a la jovencita austriaca Agata , como para demostrar que las fronteras (que ahora se han multiplicado tanto)  no funcionan dentro del corazón.  A no ser que los hombres se conviertan en masas embrutecidas ( según el modelo de Elias Canetti) como ocurrió en las últimas guerras donde volvieron las religiones y las nacionalidades que Tito había puesto a raya. Yo lo saludé en el café Tito en Sarajevo, pero estaba ocupado hablando con Elizabeth Taylor.  Ivo Andric dijo que lo mejor que puede construir el  hombre son los puentes. Y nosotros recorrimos los puentes que recordaban que los abismos y las distancias pueden superarse.

 

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FOTOS: CONSUELO DE ARCO

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