De frontera en frontera: la escritura al borde del abismo

Por Santiago Daydí-Tolson

 

de frontera en frontera, 2

 

El escritor es el que rompe fronteras, el que pisa a  y otro lado del territorio escindido, el que hace posible el traspaso de una realidad a otra. La suya es una  de rupturas.

Qué duda puede caber sobre el poder de convocatoria que tiene en estas tierras geográficamente continuas y geopolíticamente fraccionadas la frase “Letras en la frontera”. Nos hermana. Cargada está de sentido, es decir de imágenes mentales, emociones, conceptos y memorias que los ya bastante extendidos estudios fronterizos hacen patentes en su carácter conflictivamente peculiar y distintivo de una región y su esencia cultural. La  frontera define a quienes la habitan y habla de un modo profundo en sus letras.

No es mi tarea, porque soy incapaz de ella, meterme en los recovecos de un asunto tan complicado como el que presenta la realidad socio-cultural de nuestra frontera, ésta que marca —y cómo— dos comarcas en íntimos encuentros y desencuentros, en el teje y desteje del pasar de una a otra, de vivir en ambas. Más apto me siento para discurrir un tanto vagamente sobre el asunto, a modo del que platica entre amigos, interesado no tanto en pronunciar el juicio exacto como en proponer en el divagar tentativo algunas sugerentes, ésas que se inician en la intuición sentida y que, bien entendidas, pueden llevar a un entendimiento cabal, más emotivo que intelectual, de un asunto complicado.

Así, al pensar en este fenómeno inmediato de la frontera y sus letras, sus escritores, me he dejado llevar por la memoria mitológica —la que uno hereda de la inventiva de muchas generaciones— hasta llegar al principio mismo de lo que la frontera implica: la expulsión del padre del Jardín de las Delicias —el Ganedén bíblico—, la creación del primer deslinde y el exilio humano en este Valle de lamentos del destierro que nos hemos repartido y vuelto a repartir a sablazos y patadas.

 

fronteras, 1

 

Grafica esta historia mitológica el que somos los humanos una especie territorial, y no sólo en términos de geografía. Somos territoriales y tribales, dogmáticos y partidistas: nos  rodeamos de líneas divisorias en el afán de definirnos e identificarnos como lo que creemos ser o debemos ser. Nos imponemos nuestros propios límites, establecemos nuestras propias líneas de tensión, los frentes bélicos de enfrentamientos, bordes que no se deben trasponer: nos encerramos. Trazamos en la arena el reto de la línea que divide.

No siente así, me parece, quien se descubre escribiendo, porque escribir no es otra cosa —o debiera ser no otra cosa— que una incursión al otro lado, un salirse de los límites, un borrar líneas, un derribar empalizadas de  . El escritor no necesita delimitaciones preestablecidas para concebir su identidad; todo lo contrario, la define en la transgresión, en el rechazo de lo acotado en favor de lo inclusivo.

Así, no ha de sorprendernos que en la base de nuestra tradición literaria esté el verso escrito en la frontera.

En efecto, si volvemos la mirada mil años atrás a un pasado de orígenes, aquél cuando la lengua —la nuestra, la que podemos nombrar, según se prefiera, español o castellano—daba sus primeros signos de  y balbuceaba apenas los versos inaugurales de nuestra literatura, veremos que lo hacía en el lugar del encuentro de dos territorios: el de la España árabe, mozárabe y hebrea, y el de la cristiandad. Eran tiempos de enfrentamientos culturales en una tierra dual dividida y demarcada por lo que en términos militares se llamó frontera.

 

juglares- mio cid

 

En los versos castrenses del Cantar de mio Cid tiene el término su primer uso documentado:

«a los moros de frontera los han mandado llamar»

canta el juglar, contando cómo el rey moro de Valencia se apresta a enfrentar al cristiano que, desterrado, ha cruzado la frontera:

«a tierra de moros  y deja la de cristianos»

canta otro verso del poema.

Como los estudios filológicos lo han demostrado, digamos científicamente, los primeros textos literarios en nuestra lengua se escribieron y dijeron en esa frontera, la que separó y unió durante ocho siglos el mundo de la España semítica —musulmana y hebrea— con el mundo de la España cristiana.

Son versos que hablan del secreto tejido humano que es la vida fronteriza

¿Qué faré yo
o qué serad de mibi
Habibi
No te tolgas de mibi?

Canta la enamorada en lengua que es mezcla del romance cristiano y el árabe musulmán:

Qué haré yo
O qué será de mí,
Mi amado
No te vayas de mí.

Quien escribió estos versos (fue un poeta judío de renombre) y quienes los recitaban o cantaban en plazas y , eran gente fronteriza, de dos lenguas, dos culturas, dos sangres entrelazadas en el amor y la disputa.

Nuestros primeros versos, los del albor de nuestra literatura —la española y la americana que habla la lengua de España, lengua mestiza como pocas— son poetas bilingües, biculturales como su público, un maravilloso engendro mestizo de dos códigos confundidos.

Cómo no sentir esos versos como propios, como dichos por la voz de alguien que conocemos bien, que tal vez sea nosotros mismos.

Como se sabe, esos breves versos —de los que hay muchos— se los llamaba jarchas, que era una mínima estrofa bilingüe que los poetas árabes y hebreos añadían al final de sus más extensas y bien estructuradas composiciones líricas. No son una rareza sino una manifestación común que documenta la peculiar condición cultural de ese mundo mixto de los territorios fronterizos.

Cabe señalar aquí que no pocos de esas jarchas son el llamado de alguien que sufre de amores por la ausencia de la persona amada, asunto éste plenamente fronterizo que hoy se repite, probablemente no tanto en la literatura como en la realidad de tanta separación, en la  cotidiana de la nostalgia, en el penar por lo de allá, por lo que se sabe cerca y nunca llega.

Gare, ¿sos devina
Y devinas bi-l-haqq?
Garme cuánd me vernad
Mio habibi Yishaq.

Le pide una muchacha a la que si es adivina y adivina de verdad que le diga entonces cuándo vendrá su amado Isaac.

La distancia, la espera, la separación y a veces el goce del encuentro no pueden sino ser el canto lírico de quienes viven en un mundo que es dos mundos a la vez y que ellos quisieran fuese sólo uno.

A estas cancioncillas del período de oro de las letras semitas en España siguen en el tiempo los romances fronterizos dichos ya en la lengua de la reconquista. También el tema es el de las relaciones  de dos jóvenes separados por las líneas que delimitan territorios, culturas, vidas humanas. Modelo de tal decir es el conocidísimo romance de “La mora Moraima”, que habla de un aspecto conflictivo de la vida fronteriza. Leo unos versos:

Yo me era mora Moraima,
morilla de un bel catar;
cristiano vino a mi puerta,
cuitada por me engañar.
Hablóme en algarabía,
como aquel que la bien sabe:
—Ábrasme la puerta, mora,
así Alá te guarde de mal.
—¿Cómo te abriré, mezquina,
que no sé quién te serás?
—Yo soy el moro Mazote
hermano de la tu 

Ya hacia el Renacimiento el Marqués de Santillana, italianizante como era, no ha olvidado el cantar centenario de un país dividido. Conocidísimos son estos veros de su “Serranilla V”, que habla de la región fronteriza de Córdoba:

Moza tan fermosa
Non vi en la frontera
Como la vaquera
De la Finojosa

Las “tres morillas” de García Lorca, “Aixa, Fátima y Marién”, las que lo “enamoran en Jaén” ¿no son acaso una continuidad moderna de estos romances fronterizos? Confirma esta canción, que García Lorca recoge del folklore andaluz, la continuidad cultural de esa frontera que no se ha borrado en el suelo español y que en nuestros territorios americanos tuvo su propia continuidad, tan complicada de memorias, mucho antes de que otros intereses imperialistas establecieran la que ahora conocemos como nuestra —la frontera por antonomasia.

 

Lorca_(1914)

 

Al imponer un límite, la frontera atrae. Atrae a aquél para quien todo límite es un reto, una llamada a trasponerlo. La imagen de la pareja enamorada de la jarcha medieval y de los romances fronterizos atemporales es simbólica tanto del carácter prohibitivo de la frontera como indicación de una diferencia, como también del poder que esta misma prohibición ejerce sobre el espíritu independiente y su voluntad transgresora de lo que el sistema impone.

Esa curiosidad innata en el ser humano, ese deseo de traspasar el límite, esa necesidad de romper lo que ciñe define el espíritu literario. El escritor es el que rompe fronteras, el que pisa a uno y otro lado del territorio escindido, el que hace posible el traspaso de una realidad a otra. La suya es una geografía de rupturas, su residencia el movimiento de un lado al otro, siempre en la búsqueda de lo que está más allá del límite: el que hay que explorar si está en el territorio ajeno, el que se añora si está en el propio que hubo que abandonar en la aventura.

Así entiendo este encuentro de escritores fronterizos, como la continuidad —herencia milenaria— de un proceso de auto-identificación que se remonta al tormentoso y apasionado amor generativo del mestizaje y la lengua que lo expresa. Lo entiendo también como la oportunidad de compartir nuestras artes transgresoras, nuestra capacidad de hacer de toda frontera no un límite sino el dintel de un pórtico abierto a la totalidad de lo posible.

Cabe añadir, como un dato que incluye el bilingüismo de la frontera, que en inglés el término tiene otras formas de entenderse. “Frontier”, por ejemplo, que sería el exacto equivalente de la palabra castellana de origen latino y propiamente mozárabe, implica un territorio de enfrentamiento bélico y también se abre a la  de lo que hay que traspasar en la aventura de alcanzar lo que está más allá. No es, precisamente y con razón, el término que se usa en inglés para referirse al límite entre aquí a allá. Para éste, el inglés prefiere otra palabra, también de base latina, “border”, que en nuestra lengua habla de otra cosa, y sugiere la idea del desborde, de lo que se sale de los límites establecidos. El límite, lo que los romanos llamaban limes, las fronteras de su imperio.

Uno de esos límites era el finisterre, el cabo final de Europa en la Galicia enfrentada al mar océano inmenso que marcó el “Non plus ultra”, el no hay más allá de la Antigüedad que, siglos después, da paso en el impulso renacentista de expansión al “Plus ultra”, el siempre ir más allá que encendió en Colón la imaginación de recobrar el Paraíso Perdido que creyó encontrar —iluso que era— en la boca del dragón de Orinoco. Ese mismo afán de ir más allá de un pueblo que, también iluso, prolongó en nuestras tierras la cruzada de la reconquista y nos legó con su palabra a fuego el afán de romper los límites, trasponer los muros fronterizos, rebasar los bordes: escribir en la frontera. 

Fuente: MediaIsla

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