Reflexiones sobre la sociedad digital y la cibercultura III: el freak, el otro y el nosotros

Por Elisabet Roselló

 

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El Otro es un concepto occidental que se opone al “yo”. A las culturas occidentales durante siglos nos han encantado las dicotomías para explicar y entender el mundo que nos rodea, aunque sea un tanto cansino recordarlo: el clásico bueno-malo, blanco-negro, salado-dulce, estás conmigo-contra mí,…

El otro, u otros, es la representación de lo contrario a nuestra identidad o a la comunidad a la que pertenecemos, ya sea un grupo pequeño de personas o la sociedad entera. El otro es diferente, sale de la norma, y se percibe como un opuesto. Incluso puedes sentir reflejado en éste rasgos de tu personalidad más oscura. Es una representación a veces, también, de lo que queda fuera del control social y a veces se pretende domesticar, regularizar o normalizar para que no sea tan otro, eso en el estilo clásico de colonización es un “te hago como yo y entonces es más fácil asimilarte y aceptarte”.

El grupo más clásico del Otro ha solido ser el extranjero y el inmigrante. También lo ha sido la mujer, desde el punto de vista de una sociedad más patriarcal, y el homosexual, como forma disonante de entender la sexualidad, así como al transexual. Y el freak, que a veces parece sinónimo de Otro incomprendido, y que tan bien ilustró Tod Browning en su película The Freaks (La parada de los monstruos) del 1932, que por entonces representaba más bien al discapacitado, a la persona con deformidades físicas o discapacidades mentales y que fueron marginados por la sociedad de forma agresiva y ridiculizados, formando un “otro” ente que asusta, que se quiere evitar porque nos apela a alguna sensación incómoda subconsciente o social.

Resumiendo, el Otro es una entidad diferente a nuestra identidad, a nuestro yo. Han existido muchos discursos que siempre han abordado el tema del Otro como amenaza o incordio, por ejemplo, en la política.

Con las nuevas tecnologías el mundo ha cambiado a diversos niveles, como ya hemos ido anticipando en la primera parte de estas reflexiones ciberculturales , y en la segunda, y con nuestra propia experiencia. La cibercultura puede aportar la sensación de que no existen tantas dicotomías para entender el mundo y la sociedad, y en ello ha intervenido también una evolución del relativismo: no todo es blanco y negro; además de los grises, hay otros colorines, así como hay grados de comprensión sobre otras personas y otros grupos. Ahora bien, la sensación de alienación, de sentirse alejado de uno mismo o alborotado al tratar con el Otro, o incluso lo Otro no es algo exclusivo de un mundo de dicotomías, sucede en otras culturas por lo visto, aunque entendido de diferentes maneras e intensidades. Nosotros, la sociedad en la que estamos, hemos arrastrado mucha sensibilidad con el concepto, y poca tolerancia, que digamos.

La cuestión es que en la gran red han aparecido nuevos otros. En los inicios de Internet, las primeras plataformas de conversación aparecieron con cierta rapidez, y aunque ahora nos parezca normal aparecer con nuestro nombre real, antes de las redes sociales (conocidas como tal) lo normal en internet era navegar y chatear con un nombre de usuario no realista: un pseudónimo o nick.

Tampoco oías la voz de los participantes, como sí ocurría con el teléfono, y entrar en contacto con desconocidos era una práctica algo corriente, muy corriente para según quienes, fuera en chats de forma sincrónica (el IRC famoso) o en tableros de contenidos y los primitivos foros de forma no sincrónica. La primera sensación que uno podía experimentar al tratar con personas cuya identidad real era desconocida de antemano era una sensación un tanto alienante, osea, de inquietud, que costaba identificar si “aquello” era realmente una persona. Desde entonces se gestó una nueva idea de “otro”: el desconocido de la red.

Esto nos pasa incluso estos días ante plataformas de Twitter cuando nos sigue gente desconocida y comenzamos a entablar conversaciones, o en Facebook cuando nos agrega alguien desconocido. Usualmente las personas muestran su nombre real, y aunque veamos una foto realista de esos usuarios, o vemos escritas sus palabras, no es una realidad tangible. Podrían ser bots (programas que generan usuarios falsos para “spammear”, por ejemplo) o podrían ser personas que se hacen pasar por otras, como lo que hemos visto en el programa Catfish: mentiras en la red de la MTV.

Dudamos de las representaciones de las personas en las redes en algún grado, por eso que también construimos nuestras vidas o hacemos “crafting de imagen”.  La interacción con una pantalla y unos cables como intermediarios nos genera de nuevo una sensación de no total acción, de alienación, cosa que tenemos sensación que no nos pasa tanto cuando hablamos con las personas cara a cara en la calle o en un bar. Un nuevo Otro es el desconocido en las redes, como una experiencia más individualista.

¿Qué ocurre pues? Nos sentimos más vulnerables, o generamos cierta coraza contra los ataques que ese otro desconocido pueda hacernos, ante el que desconfiamos, e incluso ante la exposición de emociones personales. La ausencia de lenguaje no verbal, que es muy importante en la comunicación humana, nos hace en ocasiones entender la literalidad de los mensajes: ¿cuántas veces vemos chistes por las redes con respuestas de usuarios en posturas defensivas e incluso agresivas que han leído literalmente lo que era una broma que tenían que tener un rato divertido e incluso reflexivo?

En ese aspecto, con la práctica aprendemos que es bueno y necesario preguntar para aclarar malentendidos, y que una redacción mínimamente pulida es buena para tratar de comunicarse con más eficiencia, y que las redes sociales requieren de un lenguaje propio característico. Esa es una de las bases, por ejemplo, de la Netiqueta .

Existe un Otro del mar de información hiperconectada llamado Troll, en alusión a una técnica de pesca, por eso de morder el anzuelo, aunque también se ha asociado al ser mitológico escandinavo (los de cierta generación recordaremos a los trolls del mundo de David el Gnomo, y sus malicias). Tenemos a veces una noción de que este Troll es un ser irreal, un alter ego, porque la gente normalmente no actúa así en la “vida real” . Si bien, la base del troll es que tras él hay una persona que busca generar polémica, controlar una situación para su beneficio (incluso, dicen, para su propia diversión), o sencillamente molestar, en los espacios virtuales donde se siente desinhibido e incluso algo insensibilizado ante otros usuarios que, tras ellos, hay otras personas.

Los “clásicos otros” pueden representarse en las redes, por supuesto, pero gracias a la uniformización de ese Otro, el desconocido, sentido desde uno mismo individualmente, lo que son el género, la etnia, la condición sexual o la diferencia física cualquiera parece quedar más en un segundo plano, y pasan al primer plano las diferencias culturales, sus gustos, sus inclinaciones, y éticas manifestadas en forma de actos cibernéticos y palabras, o imágenes, ¡incluso vídeos!

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Otro “Otro” nuevo es el analfabeto digital, siento si suena mal (por eso que analfabeto hoy en día es más insulto que una constatación de hecho). Es una expresión un tanto incómoda. Un analfabeto digital es aquella persona que no tiene conocimientos ni práctica en el dominio de las TIC, ya sea un PC, un smartphone, una tableta, o ya sea una red social, un blog o un foro. Suelen ser personas mayores, o personas que por algún motivo no han tenido acceso a estos medios, o incluso han decidido por cuestiones personales no usarlos. Es la persona que se queda a cuadros e impotente ante una pantalla de ordenador que muestra una plataforma social y navega torpemente, preguntando cosas que parecen obvias ante un nativo digital.

Pero esta diferenciación en un otro se nota, por ejemplo, cuando un conocido nos dice que él apenas usa internet, o más allá: ¡que no tiene cuentas en las redes sociales, ni un smartphone! Le hacemos una broma, nos quedamos realmente impresionados porque ya hemos incorporado estos medios como extensiones nuestras y no recordamos una vida antes de que Internet apareciera en nuestras vidas, o le recomendamos que “ya tarda”. Si no estás en las redes, no eres nadie, canta un lema popular. Así, los que no están hiperconectados, son unos freaks, casi.

Pero el auténtico problema del analfabeto digital es que se queda marginado de la lenta pero progresiva migración de información, así como de la burocracia de diversos Estados, en la red. Se queda relativamente incomunicado, pues se espera de él que esté adaptado como el resto a la simultaneidad de la época.

A pesar de todo, la cultura está sufriendo una atomización, proceso arrastrado desde décadas atrás con las subculturas, donde nuevas ideas y visiones o gustos compartidos promueven comunidades heterogéneas y cada vez más inclusivas, y en muchas ocasiones se articulan por las redes, además de manifestarse. Desde la simple comunidad de fans de un escritor, hasta una comunidad de carácter político.

Frente al individualismo exacerbado del que venimos, se conforman esas nuevas comunidades que conforman el ideal del colectivo, también a causa de las circunstancias, la necesidad, y el redescubrimiento de que los humanos funcionamos mejor en grupo por nuestra propia naturaleza. Poco a poco da la sensación que la noción del Otro y la oposición a éste se está suavizando. Pero tiempo al tiempo.

 

 

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