José Asunción Silva en París

Por: Antonio Costa Gómez

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERACasa de José Asunción Silva

 

Llegamos al número 7 de la rue Pigalle. Allí vivió el poeta colombiano de talla mundial José Asunción Silva, inolvidable autor de  “Nocturno”,  de diciembre de 1884 a noviembre de 1885. Qué decepción. Ninguna placa lo indica, no hay ningún recuerdo de aquello. Solo una luz amarillenta detrás de las cortinas del piso donde vivió crea una atmósfera simbolista. Nos preguntamos por qué no hay nada. Pensamos que seguramente no depende del ayuntamiento de París sino de los admiradores de Silva, los admiradores  son los que propician las placas de los poetas. Por ejemplo, un poco más arriba,  la placa en el Hotel de los Artistas que indica donde murió a los 23 años el poeta simbolista portugués Mario de Sa Carneiro, que decía: “Yo no soy yo ni soy otro,/soy cualquier cosa intermedia”.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERATaller de Gustave Moreau

 

Pero muy cerca de allí vivía un amigo de Silva, cuya casa visitaba con mucha frecuencia: el pintor simbolista Gustave Moreau, en la rue de La Rochefoucauld. Ya por fuera la casa muestra su elegancia y su empaque. Por dentro se divide en dos partes: el taller y la vivienda. En el taller hay dos niveles, y al nivel de arriba lleva una escalera de caracol abierta que parece de un cuadro prerrafaelista. Subir por ella es como subir a niveles misteriosos de conocimiento. Está prohibido fotografiarla, pero el vigilante le da un permiso clandestino a Consuelo por su sonrisa colombiana. En los dos niveles se acumulan sin dejar ni un hueco cientos de las creaciones exuberantes y misteriosas de Moreau: sus cuadros sobre Salomé, sobre las sirenas, sobre las esfinges, sobre Orfeo. Todos los mitos misteriosos clásicos y de otras mitologías están recreados como una tierra de sueños.

El barrio donde viven Moreau y Silva se llama Nueva Atenas. Pero Moreau extrae la magia de lo clásico. Y curiosamente la protagonista de la novela de Silva “De sobremesa” se llama Helena. Como la del segundo Fausto de Goethe. Es el ideal de la belleza absoluta, y mezcla en su concepción lo clásico y lo cristiano. La calle que comunica las viviendas de los dos creadores se llama la Torre de las Damas y está llena de palacios hermosos.  En el número 3 de esa calle,  Victor Hugo  (el genio que Silva admiraba y traducía) asistía a las tertulias de Madame  Duchesnoy. Seguro que Silva se sentía deslumbrado, como nos sentimos nosotros, cuando iba hacia la casa de su amigo. Parece que había escogido bien su ambiente. ¿O es una serie de coincidencias misteriosas?

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERACasa de Ary Scheffer

 

Unos años antes , muy cerca de allí, en la rue Chaptal, el pintor protosimbolista Ary Schefer recibía a George Sand y a Chopin, autor de otros “Nocturnos” inolvidables. Y al lado, en la rue Frochot,  ya en el popular Montmartre, dormía en un arcón el poeta Tristán Corbiére,  por cuya delgadez le llamaban “el ángel de la muerte”, un joven venido de Bretaña con sus sueños marinos de los cuales se burlaba al  tiempo que los amaba, del mismo modo que jugaba con sus propios sentimientos de soledad y nostalgia pero  los exponía con desgarramiento. Era una especie de dandy valleinclanesco antes de tiempo. ¿Alguien le hablaría de él? Silva era de una familia aristocrática pero llevaba dentro el mismo desgarramiento e insatisfacción.

Como evoca García Márquez en un prólogo a las obras de Silva publicado recientemente, los meses de Silva en París fueron muy fructíferos. Paseó por París, conoció los adelantos científicos,  escuchó las conferencias psiquiátricas de Charcot (que también vivió en la Torre de las Damas) , visitó otras capitales europeas. Conoció a otros poetas simbolistas, incluso Mallarmé.  Llevó una vida de dandy, aunque ya lo era un poco en Bogotá y sus conocidos se molestaban por eso. Y se inspiró en la religión del arte que leyó en “Al revés”, de Joris Karl Huysmans.  Y seguro que acudió al Templo de la Sibila, en el parque Buttes Chaumont , donde se reunían esoteristas y místicos a fines del siglo XIX, y años después iban Breton y los surrealistas a evocar los espíritus.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERATemplo de la Sibila

 

Y  en París concibió una fantasía simbolista de base biográfica que se titula “De sobremesa”.  La novela tiene una estructuración muy bien pensada, consiste en una charla después de cenar, ya en Colombia, del protagonista José Fernández con sus amigos mientras les lee trozos de un diario.  Una noche en un restaurante de Ginebra ve fugazmente a una muchacha de quince años que viaja con su padre. Distingue su silueta tras la ventana de su hotel y le arroja un ramo de rosas. Ella se las devuelve sin decir nada.  Descubre que es la condesa Helena de Scilly. Nunca la vuelve a ver pero emprende una búsqueda de esa visión por toda Europa, sin reparar en gastos ni en enormidades. Su médico le descubre que la imagen que ama es la de una Anunciación de Fra Angelico que se expuso años antes en Londres y se confunde con la de la joven condesa. Mucho tiempo después por fin la encuentra, pero solo es un  nombre en una lápida del cementerio Pere Lachaise.

 

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Mientras sueña con esa búsqueda, con esa visión platónica y mística, José Fernández lleva una vida de relaciones eróticas envuelta en lujos y en decadentismos. Quiere probarlo todo y estar al tanto de todo. Silva demuestra en la novela estar al tanto de la cultura europea del momento. Encuentra por un lado el positivismo pero por otro la filosofía irracionalista de Nietzsche y Schopenhauer o las locuras de Maupassant o los sueños del prerrafaelismo. Admira las ansias de vida sin fin de la rusa Maria Bashkirssef, que moriría a los 23 años.  E imagina que con grandes gastos y maniobras políticas alucinantes  Fernández se convertiría en un caudillo nietzscheano de Colombia. García Márquez dice que a la novela le falta a veces la sensación de realidad y que el nombre del protagonista no resulta muy evocador. Pero la idea de un poeta que persigue una visión, una imagen del absoluto,  por toda Europa y acaba encontrándola ya fuera de su alcance resulta en muchos momentos fascinante.

La novela es como una visión de sobremesa, algo que se concibe después de cenar, con los personajes ya metidos en la noche. El protagonista se queja de que no puede escribir más y un amigo le riñe constantemente por no intentarlo. Pero al hablar de ello el propio Silva está concibiendo una de sus creaciones más evocadoras. Como otros grandes autores, Silva crea algo al hablar de sus problemas para crear.  Y era una obsesión en su cabeza, como lo fueron otras obras para Bécquer o Malcolm Lowry, porque la obra se perdió en un barco en el que regresaba desde Venezuela y tuvo que reescribirla. Y tiempo después se pegó un tiro. Tal vez porque no conseguía la obra absoluta que quería, tal vez porque no alcanzaba esa visión definitiva que soñó en París.

 

 

Fotos: Consuelo de Arco

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