Llorar durante un viaje de avión es común pero ¿por qué ocurre?

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 Solo en un tubo de metal cerrado, a 40 mil pies del suelo y alejado de todos tus conocidos. Rodeado de gente que comparte tu destino pero que no te conoce. Todas las personas que se encuentran cerca prefieren que estés callado y quieto en tu lugar. No tienes ninguna tarea por cumplir, no hay distracciones. Haces mucho esfuerzo psicológico por soportar los límites de tu espacio. Es inaudito que te encuentres en un vehículo suspendido en el aire. Ves las nubes de cerca, las ciudades de muy lejos. La única conversación es entre tú y tus pensamientos.

¿Es tan raro que llores? No hay investigaciones científicas sobre este fenómeno tan común. Sí; no eres el único que llora en un avión.

En 2011, la aerolínea Virgin Atlantic llevó a cabo una encuesta en la que pidió a los clientes describir sus experiencias emocionales en un vuelo. Casi un 55% de viajeros dijeron que habían tenido un despunte emocional mientras viajaban, y un 44% de hombres dijeron haberse tapado con una manta para esconder las lágrimas en su rostro.

Hay muchas teorías acerca de por qué los humanos lloramos. Desde fisiológicas y físicas hasta evolutivas. Una de las hipótesis más convincentes es la de Jeffrey Kottler, quien asegura que a diferencia de otras especies, nosotros tenemos conciencia de que nos quedan años de vida por resolver. Entre más necesitamos empatía de otros con nuestros sentimientos, somos más vulnerables. Sería un defecto evolutivo pedir ayuda únicamente mediante gritos porque eso alertaría los predadores sobre nuestra localización.

“Es el equipo biológico utilizado por los niños para mantener la proximidad con sus cuidadores”, explica Ad Vingerhoets, profesor de ciencias sociales y de comportamiento en la Universidad Tilburg en holanda, y uno de los expertos en llanto más importantes del mundo. Vingerhoets y Kottler creen lo mismo: los humanos lloran en función de mantener lazos.

En los adultos las razones del llanto son más complejas: lloramos por duelo o por el autosacrificio de otros, o por cosas hermosas y sublimes, o solos en nuestras habitaciones o porque necesitamos gritar internamente; todas estas experiencias comparten una raíz común.

Independientemente de las razones por las que existe el llanto es útil considerarlo como “signos externos de abruptos cambios en la neurofisiología” según los investigadores Jay Efran y Mitchell Greene.

Imagina que estás teniendo un  día de trabajo terrible: sin importar qué tan estresante se ponga, es poco probable que llores puesto que tu cuerpo no te lo permitirá. En momentos de estimulación intensa tu sistema nervioso parasimpático comienza a funcionar. Durante estos momentos tu cuerpo no ve la utilidad de llorar, está tenso y estresado, enfocado y funcional. Te dice: “lidia con la situación” y respondes a eso pero eventualmente, cuando llegas a casa y te relajas, en un momento tranquilo, tu sistema nervioso parasimpático entra en acción y comienzas a llorar.

Eso es lo que ocurre cuando te sientas solo en tu lugar del avión: finalmente culminas lo que pudieron ser días de preparación de un viaje, días en el aeropuerto, el fin de una etapa o un motivo que te impulse a dejar una parte de tu vida atrás.

 

 

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