Monte Fuji, icono de la espiritualidad japonesa

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Durante más de mil años los devotos escalaron el Monte Fuji con el fin de limpiar sus pecados; en su extenuante camino encontraban los santuarios erigidos por los primeros monjes que visitaron el sitio sagrado.

Envuelto en la rica mitología japonesa, este sitio sagrado está asociado con la meditación y los peregrinajes tradicionales. La diosa Konohanasakuya-Hime, cuyo símbolo es la flor de Sakura, es la deidad de los volcanes y montañas. Cuenta la leyenda que, tras una erupción del volcán en el siglo VIII, ella dio a luz a tres hijos engendrados por el fuego. Por esta razón el Monte Fuji tiene varios santuarios dedicados a la diosa de las flores del cerezo y de la delicada vida terrenal, erigidos con la esperanza de que la diosa contenga las devastadoras erupciones del volcán.

Desde el siglo VIII las sublimes ilustraciones y las leyendas centradas en este místico lugar, y hasta su nombramiento como un Patrimonio de la Humanidad, este sitio se ha establecido como uno de los lugares más conocidos y visitados del mundo. El tradicional ascenso hasta su cumbre está arraigado en la espiritualidad japonesa, una experiencia que busca enaltecer el espíritu humano e inspirar a los sabios.

 

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Los devotos sintoístas y budistas de la antigüedad, iniciaban su peregrinaje portando túnicas, batas y zapatos hechos a mano. Su travesía empezaba al cruzar la entrada del santuario Sintoísta de Fujiyoshida, al pie del monte, en donde un árbol de cientos de años atado con Shimenawa, una cuerda que simboliza pureza y respeto por lo que se encuentra adentro, marca el primer paso hacia la iluminación del Fujisan.

El arduo camino pone a prueba la fuerza de voluntad de los peregrinos quienes deben enfrentar largas caminatas, que hora con hora y paso con paso se vuelven más empinadas. La recompensa, sin embargo, es abundante: la vista del cielo abierto y sin fin que ofrece el Santuario Sintoístas Komitake y la oportunidad de observar el amanecer desde la cumbre del monte más alto de Japón.

Esta inigualable experiencia meditativa pone aprueba el control de la mente sobre el cuerpo, al mismo tiempo que el acto de perderse en la naturaleza encausa un arrebato reflexivo; regresar de dicha meditación conlleva una vida nueva, un ennoblecimiento del espíritu.

 

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