La nausea nuestra de cada día

Por Juanjo Fernández Torres

mascaras en calleHasta que llegó a nivel del cuello y empezó a afectar al sano raciocinio que cualquier hombre debe tener para tomar decisiones que lleven su vida hacia adelante. Hasta que el nivel de putrefacción, y el consecuente cinismo tantas veces necesario para sobrevivir, empezaron a ahogar mi esperanza en un mundo mejor. Si ese mundo mejor sólo existe en mi imaginación, así sea, habrá que vivir en un mundo paralelo donde el disfraz del malo de la historia sí se descubre. Habrá que vivir, entonces, en ese mundo paralelo alejado de la cruda realidad en la que los llamados expertos en el éxito individual hacen de la conciencia limpia una carga incómoda para maniobrar camino a la acumulación estrictamente material que exige la sociedad actual. Escapo con esta declaración del aceitado mecanismo informativo que apaña sistemáticamente a la conducta criminal de cuello blanco y manos enlodadas a la espalda.

Se acaban para mí los noticieros tendenciosos, las imputaciones basadas en medias verdades repetidas como canción de moda, las preguntas complacientes a analistas a sueldo, y las declaraciones políticas hechas con cálculo de resultados al nivel infinitesimal; tan infinitesimal como el interés que todos los anteriores tienen por la búsqueda de la verdad. Se acaban para mí las sesudas investigaciones y elaboradas entradas de blog que muy pocos leen con real interés y compromiso. Se acaban para mí los eternos lamentos sobre desgracias perfectamente evitables de la minería ilegal, de la corrupción a flor de piel, del abierto tráfico de personas, del constante abuso laboral con anuencia estatal, del narcotráfico institucionalizado en toda la red social, de la vista gorda ante la violencia de las calles y los campos, de la protección al mercantilismo sin industrias ni marcas, de la manipulación política de la historia, de tanta y tanta porquería vertida sobre nosotros a ducha abierta y ventilador al máximo.

Rescato sí de la cloaca sellada al caudaloso río donde discurre inexorable la ganancia que produce la mugre de cuyo hedor me alejo, discurre con su alto poder de corrupción indiferente a quién lo creo. Los matices de sucio en el dinero no existen, el color sucio es igualmente funesto; sin importar el crimen que lo parió, causará siempre la misma nausea de cada día. No renuncio a seguir siendo parte del inmenso grupo de ilusos que, balde en mano, seguirá tratando de reducir el caudal de dinero excrementicio que riega este nuestro mundo de hoy.

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