De cómo la virtualidad confirmó nuestra utopía de autoconocimiento

Por Javier Estel Madrid

la foto(1)Cuando uno se pregunta si la literatura ha sido fagocitada por el espacio virtual necesariamente ha de pensarse en la utopía del conócete a ti mismo.

Quizás ya no hay tiempo para poetizar. No es culpa del estropajo, del carrito de la compra o de un sistema económico que, simplemente por sistema, ha de ser coherentemente injusto con quien lo habita colgado de las barras de su ábaco. El ocio nos lo está robando la máquina, la pantalla que nos posee desde el bolsillo o la mesa, como proyección inofensiva de una verdadera Matrix que crece conforme absorbe nuestras deseos y angustias, conforme los vamos vertiendo, con esa facilidad que va de subconsciente a mundo virtual —¿el pensamiento agente de los averroístas?—, a las redes sociales, a whatsapp y a todo lo que tiene un nombre ajeno. Lo absorbe y, una vez hecho suyo, lo retroalimenta supeditándonos.

Son varios años ya en los que trato de conocerme conociendo y no hay mejor medio que estas formas virtuales. Hace poco conocí a una chica que cada semana borra todas las conversaciones de whatsapp en un acto de regeneración anímica, de soplo de viento otoñal. Conozco a otro joven que hace lo mismo pero tan solo con aquellas chicas que no le contestan a los mensajes, en un modo sofisticado de ajusticiar a las mujeres, como si aquella sentencia de silencio por silencio fuese satisfactoria. Hay quien no escribe una línea sobre su novio, pero saca lo mejor de sí, dedicando estados a su amante en ese laberinto de silencio en que solo ellos se entienden. Otros calculan, en claro oficio de algoritmo, las horas exactas, los días, casi la temperatura del ambiente, en que deben publicar sus estados alusivos, sus tweets indirectos, sus fotografías clamorosas, todos sus gritos. Y cómo no, aquellos que como Argos Panoptes dedican su vida a saciar su curiosidad: son telescópicos, son microoscópicos. Cada mañana releen, por falta de prensa, el tablón de sus ex, el muro de sus posibles. Conozco a muchas personas que entran y salen de nuestras vidas sin que lo sepamos. De nuestras casas sin que lo sepamos. De nuestras palabras, de nuestro perfil, sin que lo sepamos; en esa maravilla de invisibilidad en que nos hemos acostumbrado a vivir porque el nuestro es tiempo de marcada intensidad en la apariencia, pero aún más de regodeo en la actuación subrepticia.

Conozco que toda esa gente angustiada, a esos que lanzan sus palabras a lo virtual como el surtidor que trata de alcanzar todas las briznas y aun la misma raíz de las cosas, a eso que tratan de decir sin decir, y observo cómo su palabra aprisionada es un disimulado alarido, mi alarido: conozco es decir me conozco.

Puede que las redes sociales hayan ocupado el puesto de la literatura en ese intento de buscar nuestro sentido como especie, que no es algo intangible sino el mismo acto de comunicarse; pero estas últimas formas, alimentadas de ser y de palabra, representan una monstruosidad viral: su viscosidad no solo llega a todas partes… Vive ya por sí misma. Nos esclaviza. Si la literatura y el arte eran el grito angustioso, la virtualidad comunicativa se ha convertido en el silencioso y múltiple estertor de una agonía, la que quizás anuncie el fin, algún fin —¡quién sabe cuál!

Tras varios años tratando de conocerme conociendo, descubro que todos somos el mismo, restos de la levadura de un gran dios que se descuartiza lanzándose trozo a trozo, esperanza a esperanza, al mundo. Todos son mis proyecciones. Lo sé en y desde lo virtual, cada día, cada me gusta, cada conversación, cada favorito, cada retwiteo, cada expectativa.

Descubrirnos es descubrir nuestro final.

Conocernos no terminar de conocernos.

 

@JaviEstelMadrid

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