El nacimiento de la tragedia. Nochevieja universitaria

Por Javier Estel Madrid

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«¡Cuánto tuvo que sufrir este pueblo para poder llegar a ser tan bello!»

Nietzsche, El Nacimiento de la Tragedia, (XXV).

 

 

I.

La gran plaza es un naufragio. Las ambulancias chillan.

Las comadrejas rastrean cada palmo de terreno porque a veces, bajo los desperdicios, los cientos de vasos y cotillones maltratados con la impunidad del tropiezo, se encuentran no solo refrescos sino aun botellas de alcohol sin acabar. Los buitres acaban de llegar disfrazados de hombres, posiblemente sin criterio en su búsqueda, sino con la estrategia simple del perezoso: la elegida es siempre cualquiera que pase cerca. Solo las urracas atrevidas, con su particular don de la ebriedad, acechan a las presas fáciles, las muchachitas bebidas, las muchachitas drogadas, agarrándolas por el pico. A veces cruzan zombies zigzagueantes con la cara desencajada de pastillas. De repente un cortejo pseudodionisíaco —y uso pseudo porque aquí nada es auténtico, porque conservo el respeto debido a los dioses antiguos— irrumpe como un grupo de panzers sin límite de acción, pateando los pecios olvidados, la hojarasca anual y miserable que ha de aguantar impotente la piedra salamantina —color de alcurnia— y en sus borrachos disparos saltan por los aires plásticos, restos de vidrio, de comida, de líquido nauseabundo de pisadas. A punto de ser alcanzado por la metralla, alguien comienza a tirarme del brazo; un rostro inquieto me inquiere, me pregunta no sé qué… otro rostro… le tira… pero ella… vuelve a mí… «sei italiano?», y otra vez ¿el novio? ¿amante casual? insiste, ¿la quiere?, le abraza, le come la boca, ¡Ni por esas…! Me mira, voluptuosa como una vestal, me sigue mirando, segura, me saluda su mano, seducción, trance.

«O me voy o me matan, por una cosa o por otra». Pienso. Me voy.

Pero antes de abandonarla contemplé la plaza una última vez para retener una última idea: pensé en España y me escuché decir «Esta es la generación más preparada de la historia». Pensé en el hombre, en mi especie, y temblé: «Esta es mi plaga».

 

II.

Todo había empezado hacía una hora. Sobre la fachada principal de la rebosante Plaza Mayor. El logotipo de cierta marca de ron. Proyectado en lo alto. A sus pies, elevado sobre una plataforma, un profeta. Un enviado jaleando a los fieles:

«¡Tenéis que ser felices! ¡Tenéis que ser felices!»

Alaridos. La música electrónica completa el tejido de araña. Felices Alaridos.

 

Pero también silencios: de quien faltó a la cita porque aquella, según los salmantinos y los estudiantes de otros años, «es la peor noche para salir». Silencios que se preguntan qué coño sabe un picapleitos de retórica barata como ése nada sobre la felicidad y dónde queda, subido al púlpito improvisado, su autoridad moral, sabiendo que allí abajo, muchos de los frenéticos bacantes, muchos de los adoradores de los nuevos becerros —becerros de ron—, acabarán en unas horas  vomitando de felicidad o colmados etílicamente en una ambulancia.

III.

El autobús me trae de vuelta y bajo los efectos del ritmo de Rap God, de Eminem —buena canción para reconstruir las visiones dantescas que nos ofrecen las macrofiestas de la hipermodernidad—, me pregunto por qué alguna vez he oído que espectáculos como el de la Nochevieja Universitaria son la consecución definitiva del proyecto vitalista nietzscheano.

Yo, humildemente, les contradigo, porque la nuestra no es precisamente una generación que haya escuchado lo suficiente a nuestros abuelos, mucho menos entendido, como para reivindicarnos ahora nietos del filósofo alemán. Para referirse a los griegos en El nacimiento de la tragedia, ciertamente usó los términos de «belleza» y «salud», pues se trataba de un pueblo que intentó gestionar ese impulso dionisíaco insoslayable al hombre desde su genoma a través de la tragedia y otros rituales religiosos. ¿Qué había de aquello en lo contemplado hacía unos minutos? Nuestra catarsis no tiene un fin último, es éxtasis por éxtasis, droga por droga, así que no purga el espíritu, no sirve como depurador social. Nuestros dioses son chabacanos, no divinidades simbólicas procedentes del origen de la especie, no formas tan telúricas como nuestras pasiones, sino productos vacíos —aunque luminosos—, efímeros —aunque potentes—, impuestos desde arriba —no hay quien los mate. Ni siquiera nuestro ritmo…, pues nuestros rituales no acabarán nunca en un museo, no son estéticamente bellos, no son ni siquiera las flores del mal, sino la consecuencia última de esta despersonalización y banalización que la ideología del «vive el presente», «del carpe diem» nos fumiga a través de multitud de signos visuales. Perdemos el control bajo el encantamiento de las palabras dejarse llevar, pero ¡ay! ¿Quién está detrás de esas palabras? ¿Quién quiere que perdamos el control? Más que nunca somos un cometa lanzado despreocupadamente: nos hemos convertido en un objeto de producción en cadena cuya única función es ocupar, en determinados momentos, un determinado hueco. A eso se va reduciendo nuestra existencia cuando no hay solución de continuidad entre un rostro y otro, cuando no quedan nombres, sino solo igualdad.

Las masas debían apilarse, debían beber, llenar las discotecas, comprar cajas de preservativos, ser, en última instancia, el eslabón que permite hacer fluir los mercados económicos y no menos los de la droga. Pero nadie pensó que aquel día se podrían haber evitado muchas ambulancias. Pero nadie piensa, en este país perdido en debates equivocados, que en plena crisis es momento de preguntarse si no se ha de pensar también la manera de divertirnos que tenemos los jóvenes —pues la vertiente lúdica dice mucho lo que es una sociedad y los objetivos que puede cumplir; sí, esos mismos jóvenes que se creen indignadísimos por salir a una plaza a twittear consignas desde sus smartphones, están sosteniendo lo peor del sistema con sus otras acciones cotidianas, de perfecta esclavitud, que conforman final e irremediablmente El nacimiento de nuestra tragedia.

 

IV.

A la mañana siguiente no había ni rastro de degradación sobre las grandes baldosas. En la madrugada, recuerdo haber dejado la plaza inundada de basura y de piratas. Ahora no. Nada. Ni rastro de los antifaces. Ni rastro del ron vulgar.

Del detritus ha nacido un Belén. En el centro mismo. Enorme. Como compinchado, llama al olvido. Así de fuertes son los contrastes en Salamandra.

Pero ojo. Que nadie crea que no ha pasado nada. Ya está bien de perder.

 

PD: Para comprender con música, mejor que con estas palabras, recomiendo la canción —sin traducir— «Rap God» de Eminem. Solo su ritmo, su desfase.  

 

@JaviEstelMadrid

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