Los beneficios de la lectura

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Por Sebastián González Mazas

Es posible que llamarse Eufrasio Martínez te condicione de por vida y te impida el ejercicio de algunas actividades para las que se precisa de un nombre con más glamour. Y si, además de tener un nombre así, se te ocurre acompañarlo con un físico que no se ajusta al canon occidental de belleza actual y careces de cuentas corrientes en las islas Caimán: Apaga y vámonos.  No te quedará más remedio que agachar la cabeza, ponerte a trabajar de sol a sol y aprender a programar la lavadora.

Por suerte, Eufrasio tenía una esposa que lo quería tal como era: un hombre honrado que jamás se olvidaría de su fecha de cumpleaños.

Y como cualquier matrimonio feliz, Eufrasio y su señora apenas se veían durante la semana y aprovechaban los fines de semana para organizar veladas con sus amigos y visitar a sus respectivos progenitores. De vez en cuando iban al cine y se permitían el lujo de cenar en algún centro comercial que no les cogiera muy a desmano.

Sus días eran anodinos y redundantes. Se aburrían tanto el uno del otro que ya ni necesitaban hablarse. La rutina les había comido las ilusiones.

Pero llegó un día en que todo cambió. Eufrasio, siempre tan detallista, le regaló a su esposa un libro por su cumpleaños. El libro se titulaba “50 sombras de Grey”.

Entonces, ella se transformó. De repente dejó de ser aquella esposa gris que cenaba en el Burguer King y empezó a hacerle a su marido extrañas peticiones. Aquella novela le había abierto las puertas de un nuevo mundo.

 

–       Eufri, quiero que me esposes a la cama y que me des unos azotes- decía ella

–       ¿Pero qué dices? ¿Cómo te voy a hacer eso con lo que te quiero?

–       Por eso mismo. Demuéstrame que me quieres de verdad.

 

Como el amor que sentía Eufrasio por su mujer era más puro que un Montecristo, al final accedió a complacer cada uno de sus deseos.

 

–       ¿Para qué quieres que llame al carnicero de la esquina? Si sabes que no me cae nada bien- le preguntaba inocentemente.

 

Y después de las 50 sombras vinieron otras más oscuras y luego otras liberadas. Y de tanto leer, a la mujer se le secó el cerebro y empezó a tirarse a todo lo que encontraba a su paso, ya fueran gigantes o molinos de viento.

Incapaz de aguantar el ritmo, Eufrasio la abandonó y empezó a cuestionarse muy seriamente si realmente eso de leer era tan bueno como decían.

 

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