Malos tiempos para la lírica y la memoria

Por Javier Vayá

Articulo-015-715x1024A muchos se nos amargaban los turrones y el Cava al conocer en plena Nochebuena el fallecimiento del músico Germán Coppini, mítico cantante de los primeros Siniestro Total y de Golpes Bajos. En mi caso, a la tristeza ante la pérdida de tal referente cultural y artífice de una gran parte de mi más temprana banda sonora, tuve que sumarle el estupor de tratar de explicar a cualquier persona menor de 35 años quién fue Coppini y qué grupos eran esos, encontrándome ante un desconocimiento total y absoluto. El mismo estupor que me asoló unos meses antes cuando en un concurso televisivo una chica de aspecto moderno afirmaba sin pudor alguno no saber quiénes eran los hermanos Marx alegando en su defensa tener 25 años y ser demasiado joven para tener que saberlo.

Comprendo que no es más que una excusa tras la que escudarse, pero es una excusa que he escuchado en demasiadas ocasiones y que no deja de indignarme ya que por esa misma regla de tres a estas alturas nadie debería saber quién demonios fueron Beethoven, Shakespeare o Leonardo Da vinci o muy poca gente conocería a Lorca, Dalí o Buñuel por poner unos ejemplos más cercanos en el tiempo y el espacio. Cuando yo era niño y Germán Coppini cantaba aquello de Malos tiempos para la lírica y cuando más tarde fui adolescente, todos (cualquiera) conocíamos  a Elvis, a John Ford o a García Berlanga pero también a Antonio Machín o Juanita Reina y no hablo de niños listillos o con poses precoces de intelectuales, se trataba de algo lógico, de eso llamado cultura general.

No se equivoquen, esto no es una batallita de alguien que ya no puede llamarse joven, no es el típico  y odioso “cualquier tiempo pasado fue mejor”, de hecho soy el primero que cree en la necesaria e inherente insolencia de la juventud, de lo nuevo sustituyendo a lo viejo. Sin embargo lo cortés no quita lo valiente y resulta inconcebible dar ese paso al frente de lo moderno sin tener conocimiento alguno de lo que nos precede. Es una percepción personal pero estoy convencido de que cuando Syd Vicious se mofaba y hacía su versión Punk del My way de Frank Sinatra había más respeto del que parecía a simple vista. O quizá no, pero al menos lo conocía, algo que ya sería mucho en estos tiempos nuestros.

 

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Resulta paradójico que en plena supuesta era de la información en la que para contrastar un dato o un nombre solo hay que teclearlo en un buscador exista tal desconocimiento de nuestra cultura e historia, incluso de la más reciente. Nos encontramos en una época devorada por la inmediatez y la prisa en la que lo que hace dos días era válido hoy resulta obsoleto. Una sociedad en la que si algo triunfa no se tarda en atacarlo con un afán terrible e incomprensible de desmitificación y en la que se tiende a olvidar demasiado pronto a quien fue culpable de nuestro deleite durante un tiempo, a quien formó parte de nuestra cultura en mayor o menor medida. En un país en el que se nos muere Paco Umbral y solo parece recordarse su anecdótica frase en un programa de televisión o en la que se intenta borrar con nocturnidad y alevosía el nombre de Fernando Fernán Gómez de un teatro, en el que actores, escritores, artistas o cantantes que fueron ilustres se ven arrojados a la indigencia y el olvido institucional no resulta tan insólito que los jóvenes hagan gala de una ignorancia casi obligada.

Puede no parecer muy importante pero conocer quienes fueron cualquiera de los nombres en negrita de este artículo, ejemplos al azar la mayoría, saber qué hicieron, por qué  y en qué contexto, significa también tener memoria histórica. Ese término que quienes nos gobiernan se empeñan en enterrar con la única intención de devolvernos a un pasado cuyo desconocimiento por medio de olvidar la cultura les abona peligrosamente el camino.

 

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