AGAMIA (I): “queridos Reyes Magos, quiero relaciones sentimentales alternativas.”

Por Israel Sánchez

 

tres reyes magos

 

Como ya tengo todos los juguetes, he tenido que pensar bien lo qué les pedía a los Reyes Magos.

Iba a pedir trabajo, prosperidad, salud, bienestar, pero he recordado que, según las previsiones oficiales, 2014 los trae de serie porque, siguiendo su tradición, el partido que nos gobierna “tenía un problema y lo ha solucionado”. No os imagináis lo contento que estoy de entrar en este año en el que, por fin, todo vuelve a la normalidad, exactamente allí donde estábamos en el 2007.

Casi había decidido dejarles un breve texto en el que les comunicaba que cumplir deseos era una función obsoleta, que pensaran en reciclarse aprovechando las oportunidades que están a punto de aflorar en esta renacida y más prometedora que nunca economía neoliberal, cuando recordé que, ni siquiera en el 2007 nuestra felicidad era completa. Sufríamos por entonces generalizado mal de amores, que hemos arrastrado, lógicamente, en tiempos de vacas flacas. Supuse que el plan de mejora estaría ya recogido en los últimos presupuestos. Algo de decepción debo reconocer que sufrí al correr a las e-emerotecas y comprobar que, para este desajuste, el gobierno no había previsto sanador recorte alguno.

Así que me puse de inmediato a redactar mi carta a los Reyes Magos, cuyos términos resultaban apropiadamente empalagosos, pero que, por respeto al plebeyo lector, sintetizo así:

«Queridos Reyes Magos:

Es de universal consenso la idea de que el amor da problemas, y no pocos, y no pequeños, pero que no hay modo de evitarlo y a él nos debemos, caiga quien caiga, arrimar.

Os pido, si os fuera posible, y dado que todo os es posible, dentro del respeto al contradictorio lugar jerárquico que ostentáis en el culto navideño, una solución que reúna las sencillas características siguientes (utilicé el término “sencillas” como técnica de motivación para sus lejanas majestades, pues en vista del percal, intuía yo que los ponía en un aprieto que sólo podrían superar con mucho ánimo. La sorpresa que me esperaba, como comprobaréis, era digna de un 6 de enero):

-que, por tener una relación, no sea necesario convertir las demás en forraje, rancho, ganga, o cualquier otro término que se desee utilizar para la designación metafórica de lo que no vale nada, o apenas vale, o sirve de soporte a lo que vale de verdad y ahí acaba su función.

-que dicha relación no empiece ya, como entrada triunfal, con un conflicto irresoluble entre las personas que la establecen, conflicto que se conoce popularmente como “guerra de sexos”, y que algunas corrientes ideológicas, con evidente irreverencia hacia la tradición, denominan “opresión patriarcal”.

-que de esta relación puedan beneficiarse todos, o al menos todos los que no merezcan la suerte de encontrarse solos en el mundo (acompañados, como mucho, de gangas, ranchos y forrajes). Que no se convierta en un artículo de lujo, o de fortuna, o de superdotación, o de dedicación obsesiva, sino que se pueda tener por el simple hecho de ser persona viva de esta vida breve, sin más merecimiento que el de ser decente.

-que, por el hecho de tener esa relación, no quede uno frenado en su crecimiento, representando el papel de un familiar y decorativo bonsái, obligado a satisfacer a los demás brindándoles lo más frondoso de su atrofia. Que tener una relación no te reduzca a un arbusto venenoso, pronto a podar cualquier brote que, en otros, te parezca poseer un desvergonzado follaje.

-que esas relaciones no se formen atendiendo a razones propias del juego de la oca (“porque me toca”, “porque me lleva la corriente”, “porque he caído en una posada”…)  o por otras tan inconfesables e impropias de lo que se dice que es una relación que, de plasmarlas aquí, escandalizaría el noble ánimo de Sus Altezas Reales.

-por último, y si ello fuera posible (aquí ya sabía yo que empezaba a abusar de la difícil condición en que se encuentra quien debe satisfacer un deseo y no dispone ante sí de la persona que lo solicita, y a quien poder explicarle por qué esto se ha podido, por qué esto no, y pedirle a ver si pudiera arreglarse con algo menos), quisiera que estas relaciones no me tengan perpetuamente hablando de mí mismo, ni de las personas con las que las mantengo, ni de las propias relaciones, sino que me permitan entregarme con dedicación también al resto de las cosas, que son muchas, y demandan mucho esfuerzo. Evitaría este punto, Majestades, que, por tener una relación, tuviera yo que sentirme, parecer, y tal vez ser, un perfecto gilipollas.

Con mucho cariño: Israel.»

 

Dejé la carta en la mesa, la sujeté con tres polvorones, cuidándome de que no se diera la incómoda coincidencia de que uno fuera de coco, otro de canela y otro de chocolate, y me metí en la cama con la conciencia satisfecha y absolutamente ninguna esperanza.

Y, sin embargo, ¡ay! ¿Qué diríais que encontré a la mañana siguiente?

Que Los Reyes habían pasado por allí era evidente porque las envolturas de los polvorones estaban convenientemente vacías y desperdigadas al azar por la habitación, generando una sensación de desorden mediante tres simples papeles que sólo podía calificar de mágica e, incluso, oriental. Sobre la mesa, mi carta se apoyaba firmemente, sin necesidad de confites, como postrada ante La Majestad que había tenido el honor de presenciar. En realidad, había sido como sellada allí por el peso solemne y rotundo de una mano real, que atendía a las peticiones en ella expresadas con unos pocos trazos de lo que, sin ningún género de dudas, era un rotulador carioca verde musgo.

Bajo mi firma aparecía la palabra “AGAMIA”.

Y, debajo de ella, esta url:

http://www.contraelamor.com/2014/01/agamia.html

Me he metido en ella, y todavía estoy flipando.

 

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