Hermann Hesse, una vuelta a los clásicos

Por José Antonio Ricondo

Cuando ya poco puede esperarse que nos pueda estimular o provocar un sentimiento o alguna pasión, cuando malos tiempos son para la música, o la lírica como cantaban Golpes Bajos, nuestro compromiso con la alegría de la literatura de siempre nos hará reubicarnos con más vida y poder en la exhumación de los textos de siempre, en aquellos tantas veces olvidados, que un día nos dijeron lo suficiente para seguir viviendo, luchando y amando.

 

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El alemán, de nacionalidad suiza, Hermann Hesse (Württemberg 02.07.1877. – Montagnola  09.08.1962.)

 

En la serenidad de una jubilación, sin el tiempo medido para poder respirar y con el poder de seguir tus propios pasos, normalmente uno va recuperando de la biblioteca autores en su tiempo seleccionados y que, ahora redivivos, nos traen al tintero de la memoria no solo aquellas situaciones en que los descubriste, sino -además del recorrido de tu vida desde entonces- un aprendizaje siempre nuevo, con sus matices diferentes, con giros que no supiste ver en aquel momento y que, ahora, mediante la retrospectiva, se hace posible.
25898072Es el caso del Premio Nobel (1946) Hermann Hesse. Escritor, pintor y novelista de moda hace cuatro décadas por nuestro comienzo de las críticas a los métodos educativos imperantes en nuestra pasada dictadura, llegó a ser el icono precisamente por su novela Bajo la rueda, publicada en 1906. El retardo en haberla podido leer antes aquí en nuestro país, callándolo, está dicho y bien explicado. Los vagidos en los albores de los 70 en los últimos estertores del ocaso del régimen vehicularon la lectura de escritores malditos.

Y en cambio, para mi generación, su lectura fue una de las primeras tendencias, en las que habiéndonos apoyado una vez, fue en esta última década nuestra y lo será por siempre, a través de nuestra descendencia. Cómo pudiera olvidarse sus confortantes y alentadores razonamientos que se asomaron a través de la aflicción natural y humana, y de las convicciones que vienen reconocidas cuando se ve más cercano el fin, además de en el momento que traslada consigo los juicios filosóficos y las ideas.

 

Maulbronn_3530Convento cisterciense de Maulbronn, en donde el protagonista, el muchacho Hans Giebenrath ingresa para estudiar Teología. Foto: Wikimedia

 

Bajo la rueda es el segundo título en sus novelas, y quizás no tiene la reputación o el éxito de las demás. Su estilo y lenguaje es ciertamente algo más joven y alegre, por la edad, y -pese a su dramatismo- por los lectores a los que iba encaminado con más deseo y anhelo.
Históricamente, H. Hesse  debe ser encuadrado tal vez como el postrer romántico; según Hugo Ball -un creador del dadaísmo-, el último caballero del fulgurante cortejo del romanticismo
En general, Hesse siempre fue conservador en cuanto a la literatura, según sus propias palabras:

«con pocas excepciones , me he contentado con una forma heredada, con un procedimiento accesible, con un esquema: nunca me ha interesado aportar algo formalmente nuevo, ni ser vanguardista ni preparador de caminos.»

A su vez, André Gide dijo sobre él:

«En Hesse lo acertado no es el movimiento de ánimo ni el pensamiento, sino solo la expresión; y lo que hace acertada la expresión en el sentido exquisito de la adecuación, de al reserva, de la armonía, y -en relación al cosmos- de la mutua dependencia de las cosas; una ironía contenida de la que, creo yo, solo son capaces muy pocos alemanes y cuya absoluta ausencia me echa a perder tan a menudo las obras de muchos de sus autores, que se toman a sí mismos tan terriblemente en serio.»

Para mí, literariamente, es un muy importante prosista poético eterno. También, un pedagogo y educador íntegro y honesto. Pero tampoco fue un novelista ‘de la colectividad’, ‘marxista’, con ideas clave, admisibles o no, verosímiles o no, para el desarrollo social:

«Predico sentido propio, no subversión. ¿Cómo iba yo a desear revolución? La revolución no es otra cosa que guerra; es exactamente como esta, una “continuación de la política con otros medios (…)».

Su vida fue interesante, y también controvertida. Es esta última faceta la que más nos puede atraer en este momento. Es posible que declinase participar en la 1ª Gran Guerra, aunque sí se afanó por los presos de guerra teutones. Y en 1914 denuncia en un periódico suizo un escrito, cuyo título presenta el Himno a la alegría  de Schiller: O Freunde, nicht diese Töne!, ‘¡Oh amigos, esos tonos no!’.
Negaba entonces el fervor militarista y guerrero de muchos escritores alemanes. Así, Hesse se convierte en un condenado y un desertor, lo que cumple él mismo de una manera oficial haciéndose, en 1923, ciudadano suizo. También en la 2ª Guerra fue de nuevo un renegado, por repudiar y negar el nazismo, lo que le allanó y posibilitó el Premio Nobel en 1946.
¿Qué tiene que ver su vida con Bajo la rueda? Hijo de predicadores luteranos, esta su segunda novela fue la transformación y afirmación imaginarias de su posible dirección hacia los estudios teológicos. Como en otras obras suyas, ya deja percibir una de sus constantes: el desenvolvimiento del ser humano particular, la insubordinación frente a una humanidad mancomunada.

A los catorce años, el protagonista del libro, el adolescente Hans Giebenrath ingresa en un monasterio cisterciense para estudiar los estudios de Teología, arramblándosele los valores más respetados y valiosos de nuestras breves vidas: la niñez y la adolescencia. Hans, huérfano de madre, vive con un padre muy convencional en un medio rural, alejado del confort urbano de aquel momento y con sus aspiraciones e imaginación más precoces, bañándose en el río o ausentándose de la realidad pescando, cuando le era autorizado.

Aconsejado por el párroco del pueblo, el rector, los maestros, los condiscípulos y los vecinos, su padre le va a hacerle renunciar de un modo opresivo, angustioso y sofocante todos y cada uno de sus aficiones y pasatiempos. Allí, en el seminario tratará con otro compañero que va a simbolizar completamente una antítesis y una revisión en su existencia, en sus ideas y seguridades, bien que su amistad con él será espiada y observada constantemente por el éforo, una especie de Padre Prefecto en los seminarios católicos.

Las continuas amonestaciones, quejas y censuras por parte de este hipócrita y cínico pastor, cuyos ojos no alumbraban bondad ni virtud, ni expresiones confortantes y alentadoras para toda aflicción y sufrimiento le llevarán a su terminante expulsión del seminario, a una enfermedad y a su eliminación moral. A su vuelta al pueblo, va a sentir todo lo contrario a cuando salió de él. Una grave decepción. Quizás Hans era aquel que pudiera haber llenado de orgullo a aquella comunidad asfixiante que, demasiado cerrada, había puesto sus ojos en él, símbolo de lo opuesto a lo que era ella.
El único que le entiende desde siempre en el pueblo es el zapatero, un hombre sabio que siempre ha criticado el sistema pedagógico y educativo, y que muestra con nombres y apellidos, sin rodeos ni disimulos a los verdaderos autores de tamaño desaguisado.

Como canta otro romántico, el inglés William Wordsworth, al final de su Oda a la inmortalidad,

«Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores; la flor más humilde, al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.»

 

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