«No renuncies a la noche: Dante, San Juan de la Cruz, Batman o nosotros»

Por Javier Estel Madrid

 

la foto(1)«¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos», Batman Begins.

 

Difícil es hablar con pretensión de ejemplo sobre aquello que tantas implicaciones supone para nuestra vida, pues significa, en última instancia, descubrir la raíz que nos explica como seres. Porque al ser cimiento, no podemos desenterrarlo totalmente, no vaya a ser que toda nuestra ser se desplome. Aquello que más somos nunca podremos explicarlo bien —aunque, ciertamente, sea lo único que debamos explicar. Eso me sucede al acercarme a esta posibilidad de decir el descensus ad inferos o la noche oscura del alma. Remite el primero, en los albores de la civilización, a ese acto simbólico por el cual un personaje mitológico descendía al averno. Se refiere el segundo a ese estado agónico (de agonía, ‘lucha’) del hombre místico, en un vacío de sentido, en una distancia de soledad, que definiera san Juan de la Cruz en su poema «Noche oscura del alma».

Si bien son realidades simbólicas con su propia historia y sus exclusivos matices significativos, no es menos cierto que quien las ha vivido no entiende de distinciones entre ellas. Sin que esto sea una llamada a la simplificación constante en nuestro modo de ver el mundo, una invocación a la detestable frase «La vida es muy sencilla», al tratar de describir la realidad el lenguaje nos enseña la sencillez de los factores que la crean, las matemáticas la formulan reduciendo el infinito. Al fin y al cabo, si Dante bajó a los infiernos o si san Juan de la Cruz atravesó la oscura planicie del silencio fue, en ambos casos, en busca del premio de la luz.

¿Para qué desenterrar ahora el símbolo del descenso anímico en la noche de la vida? Se ha pretendido, en estos humildes artículos, hacer, en la medida de lo posible, literatura aplicada; es decir, revelar —o desvelar— el ejemplo que nos ofrece la literatura para asirlo como instrumento, como antídoto, e incluso como modus vivendi. Recordar la fenomenal empresa de Dante, así como el humilde paso iniciático de aceptación de Zambrano en Claros del bosque, no es más que remitir a tantos recuerdos personales, a aquellas circunstancias de nuestra particular historia en las que vivimos el infierno: pues en la vida se muere uno muchas veces.

La existencia pesa. El dolor recubre la piel y el pensamiento. No hay mañana. Hemos sufrido la muerte de un ser querido. Hemos perdido el trabajo y nos acosa el futuro con un portazo. O bien, se ha ido, sin dejar de estar en el mundo se ha ido para siempre, sin morir ya es una ausencia, se ha desmembrado de nuestro corazón quien antaño quisiera coserse a nosotros desde una mirada, dejando ahora un rastro de silencio desde la hemorragia que borbota deseparación. O tantos otros ejemplos, tan íntimos en cada uno de nosotros, de tan difícil respuesta.

Ahí tenemos el ejemplo de Dante o, si se quiere en términos más actuales, el del caballero oscuro noliano, del que no renuncia a enfrentarse a ese infierno impuesto cuando a gritos hubiera preferido amor, y no más ausencia, no más literatura, no más ficción detrás de una máscara o una acción poética. Al contrario que lo que ocurre con muchos placeres, ninguna asunción del dolor sobra: no se ha de despachar con las frases y los entretenimientos de nuestro tiempo lo que el recuerdo merece; decidimos vivir la melancolía, habitar la desesperación, porque sabemos que solo desde esta experiencia el alma se enriquece, que la vida no es plena hasta que el sufrimiento no se acepta, se afronta, se vence, pues solo el dolor funde un nuevo hombre, como si de un largo viaje regresara, más grande, más sabio, superviviente, premiado por su justicia de memoria y constancia.

Un buen día le volvemos a ver y entendemos: «No sufre menos el diamante».

 

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