¿Por qué confundimos diversión con felicidad?

Es más fácil definir diversión que felicidad; es mucho más sencillo, incluso, confundirlas.

 

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El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek ha dicho que el mensaje fundamental del psicoanálisis hoy en día es permitirle a la gente “no disfrutar”: en sus inicios, el psicoanálisis fue una herramienta que sirvió para ayudar a la gente a superar sus inhibiciones (especialmente con relación a su cuerpo y su sexualidad) y miedos, de modo que pudieran disfrutar de la vida – ese disfrute que es una de las coordenadas para entender el siglo XX.

Basta recordar uno de los eslóganes más famosos y efectivos de todos los tiempos: Coca-Cola se volvió sinónimo de enjoy (“disfruta”).

Como si se tratara de una orden dentro del programa de nuestra cultura, la palabra “disfruta” parece flotar por encima de todos nuestros actos, de todas nuestras interacciones sociales y de socialización en el “mundo exterior”. Lo más peligroso de esta orden de disfrutar es que implica en sí misma su propio castigo: la culpa de no estar disfrutando, o no estar disfrutando lo suficiente.

Tal vez sea por eso que una de las plagas más difundidas hoy en día es el aburrimiento. El miedo a estar aburrido hace que compremos cosas que no necesitamos o de que salgamos a lugares que no nos parecen estimulantes.

Este estado de cosas ha hecho que confundamos muchas veces felicidad con diversión, como si el estar pasándolo bien nos eximiera de la difícil pregunta por la felicidad personal. Y es que es más sencillo divertirse que ser feliz: tal vez una de las escenas que definen nuestros días sea la de una persona mirando a su smartphone en la calle o el transporte público, sintiéndose completamente sola y aburrida en medio de millones de extraños.

Tal vez esa hipotética persona se siente tan sola como aquella que pretende estarse divirtiendo en una fiesta, en una ebriedad que ya no es ritual y evolutiva sino mecánica y casi burocrática.

Todas las coordenadas de la diversión y la felicidad se pueden confundir fácilmente en la fiesta. Como irrupción del tiempo sagrado en el tiempo de la vida cotidiana, la fiesta sirvió a los pueblos antiguos no sólo para llevar la cuenta del tiempo, sino para vivir el tiempo en comunidad, consigo mismos y con los dioses. El antropólogo italiano Piercarlo Grimaldi considera que «la fiesta, los ritos y las entidades folclóricas son parte integrante del renacimien­to de una comunidad, entendida co­mo ámbito donde la memoria colectiva es todavía una práctica compartida y un medio para construir la identidad, la representación del pueblo.»

¿Pero siguen siendo las fiestas una forma de llevar el paso del tiempo colectivo, como los cumpleaños o las celebraciones religiosas, o son cada vez más un imperativo de nuestra sociedad consumista, donde simulamos divertirnos frente a nuestra incapacidad para ser felices, o para buscar otras respuestas a la felicidad? La euforia, la camaradería, incluso la música, el baile y el alcohol pueden servir como escenario para la puesta en escena de una diversión ficticia, sobreactuada, que puebla las escenas de la clase media en cualquier ciudad del mundo. No es que las fiestas sean algo a evitar en todo caso, sino que muchas veces buscamos en ellas un espacio para fingir una empatía, y una disponibilidad para tratar con el otro que ya hemos olvidado cómo sentir. El diálogo ha quedado en un segundo plano para conocer a alguien: la música de los altoparlantes en los clubes de moda vuelve la charla un arte en decadencia. Entramos así en el imperio del look a través de la ostentación económica perpetuada por la moda: ser es apariencia.

¿Se trata entonces de hacer un llamado a favor de la tristeza o la melancolía, a dejar de asistir a fiestas? No necesariamente. Se trata de reflexionar en nuestras motivaciones para obedecer la orden de nuestra era: disfruta. ¿Hay alguna especie de crimen o pecado si no disfrutamos? ¿Cómo definimos para nosotros mismos lo que implica disfrutar? ¿Podemos disfrutar sin consumir, es decir, sin comprar ese disfrute que se supone que anhelamos? ¿Puede haber una felicidad sin disfrute? Como dijimos, lo importante es que cada acto en nuestra vida esté motivado por una necesidad profunda y consciente, incluso las ocasiones de fiesta. Sólo de esa forma podremos diferenciar lo que disfrutamos de todo aquello que se nos vende diariamente como “disfrute” empacado.

 

[Faena]

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