De cucharillas y hombres

Por Sebastián González Mazas

 

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Mi amigo Julián acostumbra siempre a llevar una cucharilla metálica en algún bolsillo de sus pantalones. Dice que no lo hace siguiendo un sentido práctico, lo hace simplemente porque de esta forma se siente diferente al resto del mundo.

Desde que le conozco, Julián ha tenido una fijación enfermiza por desmarcarse de cualquier comportamiento humano basado en la colectividad. Por eso mismo nunca lo verás en un concierto, en un partido de fútbol o en una sala de cine.

Pese a mis intentos por hacerle entender que participar de vez en cuando en alguna manifestación grupal de más de cinco integrantes no tiene porque ser algo nocivo, el bueno de Julián mantiene su radical rechazo al contacto con las masas.

” ¿No lo entiendes? Soy un individualista radical. No soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer. Deseo ser libre. Odio formar parte de esas congregaciones humanas llenas de ruido y vanidad que lo mismo te montan un escrache que te asaltan el palacio de Invierno. No quiero ser una oveja más de la manada, yo quiero ser un coyote solitario  que sólo pretende ir a su aire” Me explica una y otra vez, tratando de convencerme de sus motivaciones.  “¿Y si te ofrecieran participar en una orgía seguirías mostrándote igual de intolerante?” Le pregunto, tratando de ponerlo en un aprieto. “Todavía no se ha dado el caso, pero por si acaso  ya me he cortado el miembro. Muerto el perro, se acabó la rabia”.

 

Lo que quizá no sepa el lector es que antes de eliminar de su entrepierna el órgano reproductor, Julián tuvo una hija. La hija, que se llama Estefania, tiene ahora quince años. Y estos días está muy triste porque el gobierno estadounidense ha recibido numerosas peticiones para deportar al cantante Justin Bieber de su territorio.

Estefania, reconocida Belieber, llora de rabia. Cree que hay una campaña orquestada para destruir la carrera musical de su adorado Justin. “Lo que pasa es que no soportan que sea tan guapo. Todos le tienen envidia” razona ella mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas adolescentes.

Y mientras el cantante canadiense se debate entre convertirse en un juguete roto o hacerse adulto, Estefania reza para que recapacite y no termine  llevando una cucharilla y un limón en sus bolsillos de forma permanente.

 

 

 

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