Inventario etc. etc.

Por Lilián Pallares

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Sin desorden aparente.

 

 

¿Qué sucede cuando se mezcla una mañana lluviosa con la pre-regla y música introspectiva?

 

Desconozco la hora exacta en que caí en ese estado de existencialismo, no se si el hecho de ser mujer con todos sus misterios estimuló a que mis hormonas hicieran blu blu blu y se desencadenara ese derecho al delirio que tanto exalta Eduardo Galeano. De repente mi mundo se convirtió en una inmensa bola de nieve que rodaba y rodaba cuesta abajo, noté el vértigo, me sentí borrada del paisaje, como muerta.

 

Morir es estar quietos, sordos,

ciegos, mudos, desaparecidos,

desconectados de todos y de todo,

de nosotros también;

no regresar a casa nunca más.

No emitir ya señales, recibirlas tampoco.

Morir es no volver.

Del poema “Morir” de Ángel Guinda.

 

 

Es duro y contradictorio hallar el origen de esta sensación.

El miedo apareció como un intermitente en una larga y oscura carretera, sólo

estábamos mi sombra y yo. Surgieron interrogantes a borbotones, me cuestioné el sentido de aquella tristeza, ese vacío sin vacío, mi manera de ser y de percibir lo que me rodea. Y esas canciones melancólicas sonaban en la radio y los cristales empañados y lo único que realmente necesitaba era comprender la lírica oculta bajo mi almohada.

 

¿Qué me gustaría hacer antes de morir si me quedase poco tiempo de vida? seguro que semejante deadline me lanzaría de manera radical al disfrute, y lo confieso, soy una hedonista a jornada completa. No obstante, sentí que las opciones me llevaban a lugares comunes: saltar de un paracaídas, comer pizzas hasta que mi estómago reviente, tener una colección de amantes ó un matrimonio corporativo, viajar al lugar más exótico del planeta, compartir con mi familia y amigos, plantar un árbol, escribir nuevos poemas, bailar desnuda sobre los tejados una canción de Robi Draco Rosa, etc. etc. etc.…

 

 ilustracion-inventario-charles-olsenCharles Olsen

 

Entonces me aburrí de tanto cliché y quise dar una vuelta de tuerca a mi planteamiento inicial, apostar por lo sencillo. ¿Qué desearía hacer después de muerta ya habiendo gozado de la materia? La idea no me pareció descabellada, todo es posible en el mundo, desde las políticas machistas contra la libertad de la mujer, monarquías decadentes y nada fiables en pleno siglo XXI, guerras en nombre de la paz, niños saltando charcos de sangre en África, un robot chino fallecido en la luna, fontaneros incumplidos, hasta lo que uno menos se imagina, vida después de la muerte, ¿y por qué no? vida siguiendo a la vida. Advierto, mi intención no es crear polémicas ni ser una excéntrica new age.

 

Para responder con sinceridad a esta inusual pregunta es imprescindible hacerse el muerto. Así que cerré las ventanas, me tiré en la cama con las piernas y brazos abiertos, justo como me gustaría morir, y en una especie de viaje al pasado recordé que durante mi existencia hice todo lo posible para ser yo misma, que luché por ser libre y feliz, que unas veces lo conseguí y otras no, que traté de aprender de las experiencias, de los errores cometidos y de las personas que me acompañaron en este largo tránsito, pero ante todo quise experimentar el amor y no se si lo logré (porque es más divino que humano), pero el hecho de desearlo con tanta fuerza me acercó más a la vida, a la poesía, a ti.

 

Después de hacer el inventario de mi vida, poseída por un delirio supremo, caí en la cuenta de que lo único que quería hacer después de muerta era estar en paz. ¡Qué casualidad! es lo mismo que los vivos deseamos.

 

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