Izquierda, derecha, y dignidad

Por Javier Vayá

 

Articulo-015-715x1024Cuando a uno le dejan un espacio como este en el que verter sus opiniones, dando por hecho que le puedan interesar a alguien, este intenta mantener el mayor grado de objetividad posible pese a, como es mi caso, no ocultar mis inclinaciones políticas o ideológicas que considero tan respetables como las contrarias. Sin embargo queda claro que esa objetividad es una utopía casi imposible de alcanzar, inherente a dicha tendencia del que escribe. Desde hace varios años y desde algunos sectores se está lanzando el mensaje (interesado por supuesto) de que no existen ya izquierdas y derechas, se ha intentado (y conseguido en gran medida) que cale en la sociedad y la opinión pública que estos dos conceptos son rancios, obsoletos y gastados.

Este mensaje tan falso como intencionado ha sido un bombardeo constante precisamente desde la derecha de este país, una planificada estrategia en la que decían colocarse al centro para lavar su imagen y fingir desprenderse de los vestigios del franquismo. Todo para tras la primera fase iniciada por el gobierno de Aznar, llegar al punto en el que estamos ahora mismo bajo el gobierno de Rajoy; un proceso de restauración de la derecha más reaccionaria, un estado fascista que solo encuentra parangón en los años de dictadura de Franco.

Los que creyeron aquella gran mentira se rinden hoy ante la evidencia de que la derecha más pura tan solo esperaba el momento adecuado (una crisis nada casual) para imponerse y de que la izquierda existe aunque fraccionada en distintas disputas internas, pese a que el partido más mayoritario que dice representarla sea una farsa mediocre que nada tiene que ver con ella. Siempre han existido y siempre existirán estos dos bandos enfrentados e irreconciliables, porque siempre existirán los de arriba y los de abajo. Y desgraciadamente es difícil que alguna vez se llegue al deseado punto de diálogo o de lugar común. Hablo por supuesto de gobiernos, partidos y países, no de personas entre las que es mucho más sencillo y normal hallar entendimiento, alejarse de los temidos extremismos que inevitablemente terminan por tocarse.

Sin embargo y pese a todo lo anteriormente expuesto el gobierno del PP está inmerso en una política tan despiadada, taimada y ruin que rebasa cualquier ideología política. En unos pocos días, por poner ejemplos recientes y no alargarme a la infinidad de desmanes, abusos y tropelías cometidas durante su mandato, el ministro de cultura desprecia socarrona y vilmente al cine, a la propia cultura, han aprobado la ley más retrógrada que se recuerda sobre el aborto, dejando para la historia la indecente imagen de las mujeres del partido aplaudiendo eufóricas el pisoteo y tirada al vertedero de la lucha necesaria de sus congéneres, humillando su condición de mujer frente a las directrices del partido, sabiendo, eso sí, que sus privilegios de clase no les harán pasar por los sufrimientos impuestos al resto de ciudadanas en caso de embarazo no deseado.

El mismo día han desintegrado el concepto de justicia universal, lo que significa que si a usted o a algún familiar o ser querido le ocurre algo en el extranjero, por injusto y diáfano que sea el crimen sus autores no serán perseguidos. De la misma forma que si un criminal buscado en todo el mundo decide instalarse en nuestro país y pese a ser reconocido o localizado no se podrá hacer nada contra él, por no hablar de juzgar genocidios o crímenes de lesa humanidad. En los mismos días en que se echaba a la calle a dos octogenarios con hijos dependientes se negaba también la dación en pago, se niegan y recortan las ayudas a la dependencia (en Valencia se han quitado hasta las ayudas a los niños con Cáncer) mientras los Bancos rescatados gracias a nuestros bolsillos obtienen beneficios millonarios pero siguen negándose a dar créditos. Beneficios como los que obtiene una gran multinacional como Coca-Cola a la vez que hace un ERE echando a miles de familias a la calle.

 Por el camino la ministra de sanidad falsea los terroríficos datos de pobreza infantil, se continua intentando desmantelar la sanidad pública y mueren quince inmigrantes por el grave delito de querer llegar a este primer mundo, que pese a todo, es mucho mejor que el suyo, en un truculento y oscuro episodio en el que parece que como siempre no hay responsable alguno y del que el ministro del interior ha dado tres versiones distintas mintiendo descaradamente. Las tramas Gürtel y Bárcenas siguen escupiendo datos indignantes como de costumbre. Con todo seguro que me olvido de algo.

Todo esto es solo el rosario de barbaridades cometidas en el plazo de dos semanas por el gobierno y el partido del PP. Dos son los años que llevan acometiendo esta política salvaje, este ataque contra las libertades y derechos de los españoles, dos años en los que se podrían ir añadiendo infamias y vilezas hasta engordar una lista kilométrica. Y lo peor es que no han hecho más que empezar. Votar al PP, defenderles o apoyarles, ha dejado de ser una cuestión ideológica, una opción de derechas o izquierdas, para convertirse en cuestión de dignidad. Refrendar su política es, más allá de una ignorancia que cada vez sirve menos como excusa, ser cómplice, secuaz y compinche de los mayores atentados contra la justica y la libertad, ser parte interesada en agrandar cada vez más la brutal grieta entre ricos y pobres sin un mínimo de conciencia, vergüenza o piedad. Estar en contra del PP hoy en día no es una cuestión de tendencia o convicción política hacia un lado u otro, es un necesario acto de dignidad moral, de decencia y de defensa propia.

 

 

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