Adriano vagando en Tívoli

 

                                                      « Pobre alma mía, errabunda, triste

                                                       ¿adónde irás ahora?»

                                                                     Emperador Adriano

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   Nos acercamos a la Villa Adriana y pasamos el día entero alucinados.  El lugar me impulsó a hablar a mi amiga china  sin parar. Le dije que Europa en realidad era un sueño, o el conjunto de sueños que había tenido, que su Historia era una sucesión de brutalidades y miserias, de cadáveres sobre cadáveres como había dicho Walter Benjamín, que en realidad a ella no le gustaría vivir en las sucesivas épocas de fanatismo y crueldad y rabia. Pero que  aquí habían surgido una serie de sueños seductores y el más fascinantes de todos era el de Adriano. No le importaba el poder ni la guerra ni la política ni la burocracia, lo que le importaba por encima de todo era el arte y la belleza, y quería llevarla a su situación más sublime, quería recorrer elementos de todas partes del Imperio sin mezquindad y fusionarlos todos, era tan nostálgico de una vivencia imposible como se veía en la mirada de Antinoo, por eso se había enamorado de él. Y en la Villa Adriana había desatado su fantasía y su dinamismo, había hecho lo que había querido,  se había adelantado al Barroco y al Romanticismo, había concebido edificios de plantas curvas y movidas, círculos mezclados con cuadrados, cúpulas sobre cúpulas , reflejos sobre el agua, columnatas de aire, todas las fantasías y todas las originalidades,  para salirse de todas las limitaciones y vivir en una plenitud que solo estaba en su cabeza.

 

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    La Villa Adriana era su sueño manifestado y solo se sentía a  gusto en él, no hacía caso de Roma, era la síntesis de todas sus vivencias, era Grecia pero era también Oriente y era la fantasía y era su interior, era la sublimidad sin barreras, era su espiritualidad recién descubierta, era su interior expresado, era su pobre alma vagabunda  soltando todo lo que llevaba dentro, y con el alma quería vivir completamente y amar sin límites e inventarlo todo y superarlo todo.  Su me miraba pasmada cuando yo hablaba así, y mientras tanto recorríamos el Patio de los Filósofos,  pasábamos por los espacios enormes de la Plaza de Oro,  imaginábamos las termas y las casas de los trabajadores, mirábamos el Teatro Marítimo a donde él se retiraba cuando estaba melancólico, rodeado de agua por todas partes, como escapando de la vida real. Había reunido allí a todos los filósofos y los poetas y los pintores y los escultores y quería sacar  sin límites todo lo que pudiera extraer sin sujetarse a convenciones ni a limites ni a la gravedad romana ni a las tradiciones ni a las sujeciones de la religión. Porque hasta la religión la quiso hacer sublime, misteriosa e interior. El soñó con un Imperio que era Grecia sobrepasada y rediviva, que era una idea donde se olvidaba de todo.

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        Con un pacifismo apasionado quiso mejorar la vida de los súbditos, recorrió todo el imperio de Escocia a Asia para conocerlo, firmó la paz con los persas, entregó tierras a cambio de conseguir paz y dedicarse a la belleza. Solo se mostró intolerante con los judíos y les metió un dios ajeno en su templo más sagrado. Todos los grandes hombres tienen sus enigmas. Cuando llegamos al Cánope nuestro asombro llegó al límite y  Su pareció perder el aliento y andábamos como de puntillas. Había una especie de muro hecho de columnas delicadísimas casi inexistentes, y en los huecos unos cuerpos desnudos en posturas variadas, que expresaban toda la belleza del cuerpo humano,  y el estanque era como un huevo alargado donde las aguas latían, y las estatuas se reflejaban temblando sin cesar en el agua y transformándose sin fin. Los dos quedamos fascinados mirando las estatuas reflejadas en el agua y  Su  permaneció callada mucho rato, y por lo que me contó después, al mirar como todas las formas se intercambiaban igual que en un sueño,  pensaba en todas las fantasías de su vida, en todas las posibilidades que se le habían ofrecido, en todo lo que podía haber hecho y no hizo, y sus recuerdos ofrecían variantes de lo que realmente había pasado, y toda su vida se le apareció llena de riqueza y de nostalgia.

 

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     Y pensó , me dijo más tarde, que yo tenia razón, que Europa era eso, intentar reunir todos los sueños en un estanque, todas las ideas y los heroísmos en una obra de arte, los europeos siempre teníamos esa tensión que llevaba las cosas al límite, que convertía una casa en una reunión de todo el universo, una pintura en una síntesis de toda la naturaleza, un templo en una reunión de todo lo divino. Yo le insistí en que Adriano había sido el primer gran europeo, el primero que había visto esa síntesis superior, el primero que se lo había saltado todo para expresar su pasión y su nostalgia. Le dije que eso se notaba sobre todo en dos novelas “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar que daba una visión serena y clásica y “La calma apasionada” de Antonio Costa que daba una imagen más romántica y visionaria. Pero en las dos destacaba sobre todo la melancolía y la idea de encontrar algo que no se podía encontrar. Es decir, la tragedia, me dijo ella, lo esencial de los europeos es la tragedia.

 

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     Nos acercamos al fondo del Cánope, donde había estado la reproducción de un templo egipcio copiado de Alejandría (que a su vez se había inspirado en la Grecia europea, Europa siempre había sido un juego de espejos, Europa era sobre todo una idea y un sueño)  dedicado al dios Serapis, donde a veces Adriano cenaba con sus invitados. Encontramos una silla y una mujer mirando al agua. Hablamos con ella y nos dijo que era Rani,  una princesa india que desde hacía muchos años estaba enamorada de Europa,   se había instalado en Tívoli encima de la casa natal de Garibaldi e iba todas las tardes a pasar unas horas mirando el Cánope. Y al observar el agua soñaba con imperios y con obras de teatro y con músicas de los mejores músicos europeos. Se había quitado el velo y sus cabellos destacaban de una forma alucinante en medio de la luz de la tarde, parecían de una seda sobrenatural o de una materia que superase la vista. Un poco más lejos estaba un sirviente fornido que  cuidaba de que nadie la molestase. Hablaba con voz afónica y se explayó sobre Europa : Me habían dicho de niña que los europeos eran prepotentes y brutales, que solo querían apoderarse de todo y convertir a todo el mundo a sus modos, que pretendían evangelizar a todos y siempre hablaban por encima del hombro, pero he comprendido en algunos sitios que vivían con pasión y que solo querían coger vivencias apasionadas en todas partes,  y trataban de destilar  para sus deseos lo que viesen en cualquier lugar del mundo. Y aquí veo como fue este emperador lleno de pasión y de sueños, que quiso estar vivo para siempre y llevar el amor hasta los límites de lo divino, y convirtió a su amante en un dios,  como debe hacer todo el que ama.

 

ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTOS: CONSUELO DE ARCO

 

 

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