«Antonio Linares no está solo», por Fabricio Capelli

Antonio Linares no está solo

Fabricio Capelli

El cura dice que los muertos no se van. Permanecen en el recuerdo de sus seres queridos. Antonio Linares no lo escucha. Nunca creyó en los curas y ahora no cree en Dios. Mira el ataúd de su esposa. Al entierro no fue nadie, excepto el cura, después de discutir por el precio del servicio religioso. Antonio Linares no tiene amigos, ni parientes ni hijos.

Después del entierro, vuelve a caballo a su rancho, abre la tranquera y espanta las gallinas que le salen al paso. Se toma dos pavas de mate. El silencio de la casa se interrumpe solo una vez, cuando, después de toser, le viene un hipo y un llanto que dura poco. Corta un pedazo de pan, un salame y algo de queso, que come más que por costumbre que por hambre. Para llenar el espacio de tiempo que antes ocupaba la charla con su compañera, agarra un mazo de cartas y empieza a jugar un solitario. Por la mitad del juego, se queda dormido sobre la mesa.

Antonio Linares se despierta y sale bruscamente de la casa, como escapando. Le da agua al caballo. Carga la pala y el azadón. Sale para continuar el trabajo que interrumpió ayer por el entierro. Vuelve a su casa cuando el sol de la siesta pega fuerte. Unas moscas revolotean los restos de salame. Mira el juego de cartas inconcluso de la noche anterior y se sorprende. Sobre la mesa, las cartas están ordenadas en secuencia desde el ancho hasta el rey de bastos. Lo mismo para las espadas, los oros y las copas. Levanta la vista y recorre los rincones de la casa. No escucha nada, no ve a nadie. Pero reconoce un perfume.

En el sermón de la tarde el cura ha dicho que la resurrección de los muertos está cerca. Antonio Linares espera que se dispersen las viejas de la misa y se acerca al cura. Le pregunta si puede ser más preciso cuando habla de «cerca». El cura lo mira a los ojos. Le dice que el tiempo lo dispone Dios. Antonio Linares responde que Dios no debería disponer de tantas cosas. El cura le retruca diciendo que el hombre no debería cuestionar a Dios. Antonio Linares se da vuelta y se sube al caballo. De regreso a su casa, le sale al cruce una procesión. Le clava los talones al caballo y embiste contra la imagen de la virgen.

Antonio Linares no cambia su rutina. Sigue con su trabajo en el campo. Cuando se levanta, después de los mates, poda las viñas. Abre surcos para propiciar el riego. Saca los yuyos que dificultan el desarrollo de las vides. Cerca del mediodía el sol no afloja. Saca de la alforja un pedazo de jamón y dos damascos para el almuerzo. Descansa un rato debajo de un sauce y sigue el trabajo por la tarde. El sudor le corre por la espalda y le moja la camisa. De a ratos se saca el sombrero y se refresca la cabeza con el agua del río. Cuando vuelve al rancho, confirma lo que venía sospechando. Sobre la mesa, no hay restos de las sobras de la cena de la noche anterior. Con un balde saca agua del pozo y se lava las axilas en una palangana. Encuentra una camisa limpia tendida sobre la cama. Presiente que alguien está a sus espaldas. Sin darse vueltas, se pone la camisa limpia y abre la puerta del ropero. La ropa de su mujer todavía está colgada. Ve que falta un vestido. Un perfume conocido lo invade de repente.

Antonio Linares encuentra un bulto tirado a un costado del camino. Se baja del caballo y se acerca. Ve una mujer con sangre en la boca y en una de las orejas. Tiene el pelo sucio y la cara llena de tierra. Se da cuenta de que es una india cautiva que ha escapado de alguno de los ranchos que pululan al otro lado del río. La mujer le pide ayuda. Antonio Linares duda. Nunca tuvo trato con indios y no quiere tenerlos. Lo mismo la levanta y la carga al caballo. Cuando llega a la casa, saca agua del pozo y le da de beber con un cucharón. Le acerca un pedazo de pan y con un tono brusco le dice que si quiere quedarse, puede dormir en el establo del caballo. La mujer soporta el tono y obedece.

Antonio Linares se despierta tarde. Alarga la mano y siente a su lado las sábanas aún tibias. Se levanta y ve el mate preparado sobre la mesa. Presiente la llegada del perfume conocido. Pero en cambio ve a la india lavando los pisos. Sigue con curiosidad los movimientos de la mujer. Cuando la india se inclina para enjuagar el trapo en el balde, la mirada de Antonio Linares se detiene minuciosa en la piel que sube por la rodilla. Un ruido que viene de su habitación lo alarma. Ve que la puerta del ropero se abre y se cierra sola, sin motivo aparente y con mucha violencia.

Antonio Linares demora su regreso al rancho. Se desvía y rumbea con su caballo para la taberna. Pide un vaso de vino. Ve que en la taberna también está el comisario. El uniformado le dice que ahora que es viudo, no lo acecha el peligro de un amor ilícito. Antonio Linares pide otro vaso de vino. El otro le dice que se guarde la prudencia y el silencio para otro día. Antonio Linares no responde. El comisario se le acerca y le dice que está mal no querer desembuchar los amoríos en frente de los amigos. Ve que el comisario pone el revolver sobre la mesa. Antonio Linares dice que ayer compró a una india, pero que todavía no la ha estrenado, por eso no tiene nada que contar. «No pierda tiempo, mi amigo —le dice el comisario—, no vaya a ser que alguien se le adelante».

Antonio Linares no puede precisar el olor, pero sí se imagina un vello crespo y negro. Se baja del caballo. Entra a la casa y ve a la india con un cuchillo pelando unas papas. Se acerca por atrás, le levanta el faldón y la embiste con violencia. La india le huele el aliento a vino y se queda quieta, apretando muy fuerte el cuchillo con la mano hasta que los nudillos se le ponen blancos.

Antonio Linares se despierta tarde. Alarga la mano y siente a su lado las sábanas frías. Se levanta y ve a la esclava sentada en la mesa, chupando de la bombilla. No la mira a los ojos. Ignora el mate que la india le ofrece. Lo irrita esa repentina confianza. No hay ruidos en la casa. Antonio Linares extraña el perfume conocido.

En el sermón de la tarde el cura ha dicho que el diablo tiene mañas traicioneras para llevar al hombre al pecado. Antonio Linares espera que el cura termine la misa. Le pregunta si el diablo es hombre o es mujer. El cura le mira lo ojos vidriosos e ignora la pregunta. Le dice que el diablo no está en la primer botella de vino, sino a partir de la segunda. Antonio Linares entiende el agravio y lo mira en silencio. El cura se envalentona y le dice que la mano que le abre la puerta al pecado es la misma que la cierra. Antonio Linares gira la vista y ve que la puerta de la taberna está abierta.

El comisario le dice que después de probar a una india, la carne se envicia y no para. Antonio Linares bebe con desconsideración. Abre la boca y cuenta el episodio que lo atormenta. El comisario le habla bajito y le dice que vaya a confesarse. Aunque es viudo, es pecado haber probado carne nueva cuando la muerta todavía está tibia.

Antonio Linares llega tambaleando a la casa. Entra al dormitorio y ve el ropero abierto. Los vestidos de su mujer están revueltos sobre la cama. Ve a la india mirándose al espejo con uno de los vestidos puesto. La agarra de los pelos y le da tres veces la cara contra el espejo. Primero nota que se ha cortado la mano. Después nota una heridas en el cuello de la esclava. La arrastra afuera de la casa y agarra una pala. Hace un pozo profundo y la mete adentro. Mira por unos segundos cómo la esclava se desangra. Después la entierra.

Antonio Linares tiene la garganta seca. Se lava la sangre de las manos, el cuello y las axilas. Entra de nuevo a la casa y ve sobre la mesa dos platos para la cena y una botella de vino. Camina hasta el cuarto. Los vestidos no están revueltos sobre la cama. Abre la puerta del ropero y los ve nuevamente colgados. Hunde la cara en los vestidos y lo invade el llanto. Pide perdón, se confiesa, mientras aspira profundo el perfume recuperado. Siente un mano que le acaricia el pelo, que lo calma. Y aunque solo escucha su llanto entrecortado, sabe que hay una voz silenciosa que le dice que se calme, que está perdonado, que todo va a ser como antes, los dos solos de nuevo, para siempre.

Sobre el autor

Fabricio Capelli nació en Mendoza (Argentina) en 1972. Hizo su primera aparición en el campo de la literatura en 2002 participando con poemas y relatos breves en Tierra Mística, una publicación conjunta que reunió a seis escritores. Esta modalidad editorial se sostuvo en sus posteriores publicaciones, propiciadas e inscriptas en la producción del grupo “La Secta Literaria” al cual perteneció. En 2005 publicó La Belleza del Mal donde reunió sus poemas y relatos breves (revisados y corregidos), ya aparecidos en las publicaciones anteriores, junto a un vasto material inédito. Formó parte de la dirección de la revista “Mariposas Negras” (Mendoza) y formó parte del Consejo Editorial de la revista “Álgebra y Fuego” (Buenos Aires). En 2009 fue seleccionado para formar parte de Promiscuos & Promisorios, antología de la poesía en Mendoza para el siglo XXI. En 2013 publicó su segundo libro de poemas Los perros mecánicos. Puedes encontrarle en su sitio web.

© Foto de Rafa Turnes.

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